viernes, 22 de mayo de 2015

Labios de Jacqueline

Indagar en las causas que originaron la destrucción carece de sentido. Sería como descubrir un cuerpo carcomido por el cáncer e intentar dictaminar la fecha exacta del primer brote. El cielo se ha empantanado con una lumbre verde y mohosa, el viento cala los ojos; es difícil respirar. Cada paso que damos nos devuelve al principio, a los ríos abundantes de tierra, a los valles despellejados de gente, a los secos pozos, a las iglesias profanadas con ofensas caligrafiadas angustiosamente, y que serán la única herencia literaria para quienes pasen por ahí. Nada puede hacerse ya: el mundo está muerto.
                Los horizontes adornados con hongos radioactivos confunden cualquier brújula, por eso es que andamos en círculos. Mi compañero, el que ha estado siguiéndome desde la primera explosión, habla con veneno; la meta de sus palabras es invalidar mi ánimo, corromperlo hasta extinguirlo; verme caer le haría tanto bien. Pero yo sigo con paso firme hacia adelante, allá donde mi instinto me señala que la pudrición pierde su potestad, pasando la ciudad en ruinas. Camino y camino, y cuando el cansancio me exige un alto camino mucho más. Atravieso por lugares que no vale la pena nombrar, pues su memoria se ha convertido en arena, y sobre sus dunas brillan carbones encendidos, como si todos los relojes del mundo hubieran agrietado sus cristales para dejar salir el tiempo, porque los hombres debemos prescindir de él.
                Mi compañero me flagela con insultos, grande e incansable es su intención de paralizarme. Me dice estás solo, me dice más allá de esa montaña de tierra hay más montañas, y detrás de ellas la primera montaña, de la que nunca debiste salir, en la que debiste haber muerto. Yo camino. Cuesta admitirlo, pero mi cerebro tiene hambre. A veces me detengo, pero solo para escribir en el lodo. Con el índice escribo frases que serán rasgadas por los colmillos del viento; si no son frases entonces escribo un nombre.
                Estúpido ingenuo, le escucho decir. Mezclas las palabras como alquimista ciego. Pronto morirás. Descubro bajo una roca una cucaracha y la devoro. Tengo miedo. Quizá lo mejor sea permanecer sentado y dejar que el polvo de lumbre me calcine. Eso, me dice. Finalmente la sensatez. Entonces me pongo nuevamente de pie y camino con rumbo al lugar cuyo nombre es antónimo de oscuridad.
                Estúpido, vuelve a decirme. Todavía piensas que un bautismo puede limpiarte, que existe un paraje que fue perdonado de la destrucción, que en un bosque alimentado por ríos cristalinos yace una urna con tu nombre y que a su lado podrás mencionar la palabra saciedad. Sólo te lastimas dirigiéndote hacia allá. De aquí en adelante lo único que encontrarás serán raíces secas y columnas vencidas. Primero sentirás la sed en tus pies y luego en el alma; el regocijo se reservó para los muertos, pero tú decidiste seguir. Para ti ya no hay lugar. Mejor siéntate aquí, déjame verte desaparecer.

                Yo continúo mi camino. Para ti ya no hay lugar, insiste detrás de mí. Prefiero dejar de escucharlo. Sobre todo cuando en mis huesos intuyo lo contrario.

miércoles, 28 de enero de 2015

La Dama y el Ladrillo

Para @ivanecia y @scientek , 
con cariño.

Sé lo que están pensando. Son tan transparentes que sus gestos delatan sus juicios sobre mí. Pero es tan fácil tildarme de loco, especialmente para quienes no conocen la historia, o más bien, el funesto hecho que la desató y que es lo que me tiene pendiente de las paredes de este hospital. Si prestaran atención, en lugar de ver a un desquiciado apreciarían al alma atormentada, al hombre deshecho. No estoy loco. Y estoy dispuesto a apostar las pocas posesiones que me quedan a que ustedes, de haber presenciado lo que yo, actuarían de la misma manera. ¿Acaso no es ya una leyenda de horror en el pueblo? ¿No han parodiado hasta el absurdo lo que aconteció en la casa del viejo, el penoso dilema de la dama, el infierno que debió vivir y que la mantiene en el delirio? Si en las siguientes líneas intento explicar el terror sobrenatural que experimenté, el crimen que debía ser esclarecido, es en parte para granjearme un poco de su compasión; pero sobretodo, para convencerme a mí mismo. Sí, ojalá.
                Aquel domingo una lluvia helada golpeaba con toda su fuerza las ventanas de la comisaría. Sólo el sargento y yo ocupábamos el primer piso del edificio. Debo mencionar que, sin importar la hora del día, aquel edificio de tres pisos con sus muebles empolvados, sus rincones húmedos y oscuros, y sus oficinas fantasmagóricas inundadas de chillidos indeliberados, siempre me ha provocado escalofríos. Sin duda yo trabajaba en el edificio más espeluznante del pueblo, que si bien cuenta con la usual casa embrujada y sus inexplicables apariciones en el cementerio de las afueras, ninguno se compara con la comisaría y su colección de incómodas vibraciones que, sin importar la hora del día, ponen a cualquiera en un continuo estado de paroxismo. Baste recordar el curioso caso de Albert Duncan, el antiguo sargento de McCook. Fue mucho antes de mi tiempo, pero la historia aún permea en las conversaciones de los sábados en Donna’s, así como en el patio de la escuela primaria. Duncan era un tipo callado y sereno que había logrado mantener el orden durante los últimos quince años. Todos los pleitos se resolvían gracias a él de manera local, sin la necesidad de recurrir a la alcaldía de Mission. Se dice que en esos quince años nadie nunca lo vio desenfundar su arma, excepto una vez. Fue un domingo como éste, misma lluvia, misma soledad. Después de asistir a misa en Saint Mary, entró a la comisaría para atender a unos querellantes que no lograban ponerse de acuerdo sobre un tema por demás irrelevante. Entonces, Duncan sugirió una pausa. Ofreció café a los implicados, pero al darse cuenta de que no había agua en el enfriador, rompió a llorar. Quiero decir, el hombre literalmente se deshizo en llanto, cayendo de cuclillas y escupiendo moco por todas partes. Asustados ante la terrible escena, nadie acertaba a preguntarle el motivo de su dolor. De pronto, poniéndose nuevamente de pie, sacó su arma y se disparó en la cabeza, rociando la pared con sus propios sesos. De esto ya pasó un tiempo; aún así, la oficina donde Duncan se mató sigue vacía. Incluso, algunos aseguran que por las noches todavía puede escucharse el eco de la detonación. Por mi parte, al ser oriundo de McAllen, descartaba esa y otras historias lóbregas tildándolas de supersticiones provincianas. Después de todo, qué es un pueblo de 97 habitantes sin un par de leyendas que les den identidad.
                Tampoco voy a negar que las veces que me correspondió hacer guardia nocturna, ciertas visiones me perturbaran, hombres colgados por el cuello o niños sin ojos, mismas que se esfumaban apenas enfocaba la mirada sobre ellas. ¿Que por qué  nunca mencioné nada de esto? ¿Lo habrían hecho ustedes? ¿Volverían a confiar su tranquilidad a un oficial de la ley que asegura ser perseguido por alucinaciones? Como ven, locura no es lo que me afecta, sino un extremo sentido de la prudencia.
                De cualquier manera, aquel domingo todo parecía indicar que el día se iría quieto, hasta que la puerta se abrió con un estruendo.
                El primero en reaccionar fue el sargento, quien de un respingo se puso de pie tirando por el suelo su café tibio. Al ver al anciano, pálido como la cal, con la piel transparente y la mirada confinada por el terror, gritando por ayuda al interior de las oficinas vacías, permaneció de pie, en silencio, intentando decidir si el hombre se hallaba en auténtico peligro o si se trataba de un extraño caso de rabiosa locura. Yo me mantuve en calma, aunque debo de confesar que llevé mi mano a la chistera cuando vi al viejo correr hacia mi escritorio.
- ¡Está demoliendo mi casa! – gritaba el viejo Flagg, aturdido.
- ¿Quién? – pregunté. En el cuello de la camisa noté manchas de sangre frescas.
- ¡La señora! ¡Está loca! ¡Tienen que ayudarme!
                Sin levantarme de mi asiento, le pedí al viejo que se tranquilizara y me explicara racionalmente los hechos a los que se refería con tanto ímpetu. Su piel albanene me recordaba el capullo putrefacto de una oruga y no pude evitar sentir un espasmo de asco. Sus dientes amarillentos, las desagradables cuencas alrededor de los pómulos protuberantes, la escasa cabellera ceniza que brotaba del cráneo: aquel hombre encarnaba al heraldo de las pesadillas. Deseé que se marchara. En vez de eso, con terrible precisión narró aquello que lo tenía en estado de perturbación. Sus gesticulaciones y aspavientos comenzaron a aturdirme. Debió darse cuenta, pues justo a la mitad de su asombrosa narración, más enfadado que atormentado dijo: - Le exijo que me acompañe. Esa mujer está destruyendo mi casa.
                De reojo vi al sargento asentir; era obvio que no vendría conmigo.

                La casa del viejo Flagg estaba hasta el otro lado del pueblo, así que tuve que subir a mi patrulla y seguirlo. Él manejaba su horrible y destartalada F-150, la cual era la burla del pueblo. Arriba, en el cielo, las nubes no daban señal de querer marcharse, lo que explicaba la parcial luminosidad a pesar de ser mediodía. Hacía varios días que no veía a Flagg. A veces pasaba por Donna´s para desayunar, o a Ed´s Tool and Supplies  para comprar herramientas de jardinería, pero de eso habían pasado muchos días. No siempre fue un hombre extraño; lo cierto es que su vida cambió a partir de la extraña desaparición de su esposa. Cinco años atrás, la Sra. Flagg se había esfumado de la faz de la Tierra rodeada de circunstancias misteriosas. Nadie en el pueblo volvió a saber de ella. Por su parte, cuando llegó la policía, el Sr. Flagg, reveló en pleno ataque de histeria una de las historias más extrañas. Aparentemente, el señor y la señora Flagg habían reñido aquella mañana. Harto de amenazas e insultos, él salió de la casa con la intención de tomar unas cervezas con Big Foot Smith, quien vive en la granja detrás de la iglesia. Se encontraba a punto de tomar el camino principal cuando descubrió que había olvidado su billetera. Al regresar a su casa, encontró a su esposa llorando amargamente en la sala. Ignorándola, entró a su recámara, tomó su billetera, y tras corroborar que tenía suficiente plata para llevar la juerga hasta la madrugada regresó a la sala. Para su sorpresa, ella ya no estaba ahí. La buscó en la cocina, en el baño y en el sótano. Preocupado porque se hubiera llevado la camioneta, salió apresuradamente de la casa, pero la Ford seguía estacionada en su lugar. Buscó entonces en los alrededores, sin suerte: la mujer sencillamente se había volatilizado. Presa del nerviosismo, regresó a su casa para llamar a la policía. Ahí fue donde la escuchó. Cuando descolgó el teléfono, en lugar de la línea escuchó una estática robótica e intermitente, un sonido parecido al que puede escucharse en la BC cuando hay interferencia. El viejo palideció de horror cuando escuchó debajo de aquel ruido infernal la voz de su esposa suplicando que la sacara de ahí. El cuerpo jamás fue encontrado y el caso se archivó como PD (Persona Desaparecida). Aún así, todos en McCook aseguran que fue el mismo Sr. Flagg quien finalmente la había asesinado.
                Es un severo caso de senilidad, me dije mientras doblaba por el camino que subía a su propiedad. Al llegar, nada parecía estar fuera de lo normal. Fue al acercarme a la puerta que escuché un martilleo frenético y constante. Con mano temblorosa, Flagg sacó las llaves y abrió la puerta. La casa, una construcción de un piso con sótano, estaba hundida en la penumbra. Intentamos el interruptor, pero nada se encendió.
- Es la señora – explicó Flagg. – Ya alcanzó la instalación eléctrica.
                Los insoportables martilleos llegaban del sótano, al que se accedía por una puerta de madera. Una fumarola de polvo blanco y cemento me golpeó la cara apenas la abrí, y tardé varios minutos en calmar el ataque de tos. No cabía duda de que alguien estaba muy ocupado demoliendo los cimientos del inmueble.
- ¿Quién es? – pregunté.
- Una señora – respondió Flagg – La encontré ayer en la carretera, dijo que iba de paso. Me pidió refugio para pasar la noche.
- ¿Cuándo empezó con los martillazos?
- Hace dos horas.
                Cautelosamente bajé los escalones. Sin embargo, nada me hubiera podido prevenir acerca de la dantesca escena que me esperaba al llegar al sótano. Una vez que mis ojos se adaptaron a la oscuridad, vi que el sembradío de siluetas desintegradas eran muebles puestos de cabeza, arrumbados contra las paredes, víctimas de un huracán humano. Una de las paredes estaba completamente despedazada, mordida literalmente, sus restos desperdigados por la pequeña estancia. Por los huecos, haces de luz se esforzaban por penetrar la densa polvareda, asignándole a cada objetos un aura tétrica. Al fondo, un televisor hecho añicos yacía al lado de un minibar.
- ¡No, no, no! – lloraba el Sr. Flagg ante la destrucción.
                Los cansados gemidos que habíamos escuchado cuando llegamos provenían de más allá. A tientas, me aproximé, tropezando con sillas, mesas y vajilla.
- ¡Ahí! – señaló el viejo con voz entrecortada.
                Delante de mí, una mujer de mediana edad golpeaba la pared que daba al oeste con un poderoso mazo. Su blusa estaba rota de los puños, y de las yagas de sus dedos escurría sangre. Obleas toscas colgaban de su cabello, cual si hubiera recibido un baño de polvo y yeso. Sus movimientos eran salvajes, casi inhumanos. Los chillidos que salían de su boca semejaban a los que uno imagina cuando lee relatos de ficción, en los que una bestia diabólica termina encadenada al fondo de un abismo.
- ¡Policía! – grité intentando contener un nuevo ataque de tos - ¡Deténgase!
                Si me escuchó o no poco le importó; la mujer continuó con su frenética actividad como si de ello dependiera su supervivencia. Acercándome un poco más, la jalé del hombro para que detuviera la destrucción. Intempestivamente, ella giró la cabeza de tal forma que pude ver en sus ojos una mirada desubicada, no la de una mujer iracunda o llena de remordimiento, sino la de una criatura hecha para un solo propósito. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y por un segundo tuve la certeza de que se echaría sobre mí con el mazo en la mano.
- Soy policía – repetí sin convicción.
                Sorpresivamente, se detuvo en seco levantando en el aire su mano libre, poniendo atención a una voz que sólo ella podía escuchar. Nosotros nos callamos, intentando escuchar lo que fuera que la tenía en vilo. Sin embargo, el único sonido era el de la lluvia que había arreciado en el exterior y el de los relámpagos que caían haciendo la tierra retumbar. Activada nuevamente por su propósito, la mujer arremetió contra la pared con frenesí, taladrando agujeros de los que brotaban arcilla y cemento. Los ladrillos comenzaron a caer como lingotes anaranjados contagiados por la lepra.
- No tengas miedo, Celina – decía – Mamá te sacará de ahí.
- Por última vez, señora. Deténgase o tendré que recurrir a la fuerza.
- ¡Ella está ahí! ¡Debo salvarla!
- ¿A quién?
- Mi hija. La casa se la tragó.
                De reojo advertí la expresión del Sr. Flagg que se constreñía presa de un terror que jamás se había ido.
                Saqué entonces las esposas y me lancé hacia la mujer con el fin de someterla, pero fui recibido por un mazazo que me golpeó directamente en la cabeza, derribándome. Tardé unos instantes en recuperar el sentido, y cuando finalmente logré ponerme de pie me encontré frente a una carriola azul con la capucha desplegada. Una cobija de colores cubría un colchón de plástico. Encima, una sonaja en forma de avecilla emitía su infantil sonido con cada costra de argamasa que caía del techo.
- ¿Por qué no me dijo que había una niña? – pregunté al Sr. Flagg acusatoriamente, al tiempo que señalaba la carriola - ¿Dónde está la niña?
                Pero él sólo negaba con la cabeza. La visibilidad en el sótano se había vuelto casi nula, y las punzadas de dolor en mi quijada iban en aumento. Sabía que pronto sufriría otro desmayo. Por todo lo demás, el aire se acababa, sofocándonos, así que pronto moriríamos asfixiados. Perturbado, estaba por lanzarme sobre la mujer cuando de pronto volvió a detenerse sin motivo aparente. Levantó la mano solicitando nuevamente nuestro silencio, pero con excepción de los fragmentos de ladrillo, plafón y tablaroca que caían indiscriminadamente, no se escuchó nada, ni un chillido, ni un lloriqueo, nada. Pensé en aprovechar su desconcierto para tumbarla, pero corrió desesperada hacia la pared norte. No pude evitar sentir lástima al verla pegando la oreja en diferentes alturas de la pared. Luego, saltó esquivando un librero que había caído y fue a buscar latidos en el interior de una columna de madera. La tolvanera era insoportable y calculé que nos quedaban unos segundos para escapar. Desenfundé mi pistola y apunté hacia ella, quien para entonces sólo repetía Celina, Celina, Celina como una invocación druídica.
- Esta es su última advertencia – dije sintiendo todavía palpitaciones de dolor en la cabeza.
- Celina, Celina, Cel…
                               
                Entonces el infierno cayó del cielo. Una de las vigas que sostenía el techo cedió ante el vapuleo de las paredes bombardeadas cayendo encima de mí y haciéndome soltar el arma. Acto seguido, una segunda viga cedió también, provocando un diluvio de alambre, yeso y concreto que nos enterró momentáneamente, al mismo tiempo que una explosión de polvo nos cegaba por completo.
- ¡Salga de aquí! – grité al Sr. Flagg.
                Yo me abalancé sobre la mujer, arrastrándola hacia las escaleras. Histérica, mordió mi brazo hasta arrancar un pedazo de carne. No podía dejarla ahí, con la casa entera cayéndose a pedazos sobre nosotros. Liberando mi brazo, la tomé por las caderas y la arrastré escaleras arriba, hacia la superficie.
- ¡Suélteme! ¡Mi hija está allá abajo! ¡Suélteme!
                Afuera, la tormenta había convertido el terreno en un lodazal. A unos metros pude ver al viejo Flagg hincado, implorando con amargura mientras la casa en la que había vivido toda su vida se colapsaba.
                Soltándose de mi abrazo, la señora regresó gateando a la casa, pero la cantidad de escombro que se había formado le impidió abrirse paso. Ante nuestros ojos, la casa fue tragada por la tierra. Mientras viva, jamás olvidaré aquel cuerpo postrado, como tampoco olvidaré su llanto que aún resuena como arañazos en el alma.
- Perdóname Celina… perdóname, mi amor.

                En la comisaría, la mujer, cuyo nombre prefiero no revelar, declaró que aquel domingo en la mañana, habiendo terminado de alimentar a su hija de un año de edad, entró al baño para lavar el biberón, labor que tomó menos de un minuto. Cuando salió, la niña había desaparecido de la carriola. Desesperada, comenzó a buscarla por todas partes; incluso, subió despavorida temiendo que su benefactor hubiera podido sustraerla con el fin de lastimarla. Pero el viejo dormía, y la puerta de la casa estaba cerrada por dentro. Así que ni él ni nadie pudieron habérsela llevado.  Estaba por salir a la calle y pedir ayuda, cuando comenzó a escuchar el llanto de su hija proveniente del interior de las paredes.
                Por su parte, en su testimonio, el Sr. Flagg aseguró que la señora a la que dio asilo por una noche había llegado sola, sin la bebé que supuestamente fue engullida por la casa. Lo que llamó la atención fue el hecho de que negara haber visto la carriola azul que yo le había señalado.
- Ahí estaba, sargento – dije – Lo juro. El viejo está mintiendo.
                Nadie me creyó. Ni el sargento, ni mis compañeros. Mucho menos las demás personas que fueron llamadas en calidad de testigos. Para ellos, la mujer estaba en un sitio más allá de la locura. Y de no haber sido lo que vi más tarde, seguramente yo me habría convencido de lo mismo. ¡Hay tanto loco deambulando por los caminos!
                Las indagatorias se prolongaron hasta muy tarde. Se decidió entonces que la mujer permanecería en la celda hasta el día siguiente que sería trasladada al manicomio de Big Spring.
- ¿Cómo pudiste permitir que esto ocurriera? – preguntó el sargento. Yo sabía lo que él y los otros pensaban de mí. Era la desgracia del pueblo - ¿Dónde está tu arma?

                Por la noche, subí a la patrulla y regresé a casa del Sr. Flagg para recuperar mi pistola. Sería una labor difícil de realizar, pues se encontraba sepultada bajo una tonelada de escombro. El terror que había sentido aquella mañana volvió a apoderarse de mí cuando, al subir por el camino que llevaba a la casa vi la pequeña carriola azul avanzando hacia mí. No sé explicar si simplemente se deslizaba o si era empujada por alguna mano invisible: lo que fuera, ahí estaba, sus llantitas de plástico girando sobre el lodo, dejando huellas que provenían desde el lugar donde antes hubo una casa.
                Al bajar de mi patrulla me abrí paso entre polines despedazados y muros cercenados. Alambres y clavos rasguñaban mi piel. Encontrar la pistola sería imposible. En el cielo, un potente relámpago anunció el regreso de la lluvia. Lo mejor sería esperar a que los bulldozers levantaran el cascajo en la mañana. Decidí volver al camino y subir la carriola a la cajuela, de esta forma habría una prueba de la posible existencia de Celina. Entonces la escuché. Primero como un hilo quejumbroso que fue creciendo hasta convertirse en el maullido de un gato moribundo. Era el inconfundible gemido de un bebé. Su llanto agudo y filoso me encrespó los vellos, paralizándome momentáneamente. Con una angustia que no había sentido jamás comencé a apartar los materiales y el escombro, gritando su nombre para tranquilizarla. Pero a medida que arrojaba un tubo o la puerta de un closet, el llanto acrecentaba en ritmo y volumen hasta ser insufrible.
- ¡Celina! ¡Celina!
                Removí lo más que me permitieron mis propias fuerzas. Tendría que pedir ayuda. Así me dispuse a hacerlo hasta que descubrí que el llanto no venía ya de la casa, sino cerca de mi auto. Busqué afanosamente por todas partes, pero no hallé rastro alguno de Celina. Agachándome por última vez, divisé parte del escombro que había arrojado anteriormente. Casi a punto de perder la cordura, tomé los materiales y regresé a la comisaría. Durante el trayecto, los estridente aullidos de la niña me desquiciaban al tal grado que quise estrellar la patrulla en la casa abandonada que está en la intersección.
- ¡Déjame pasar! – dije al joven policía encargado de la guardia nocturna, quien se extrañó al verme llegar con una bolsa llena de papeles, ladrillos, tubos y varilla.
- El sargento ordenó que nadie entrara en la celda.
- ¡Apártate!
                La exasperación que para entonces controlaba mis reacciones y movimientos me hizo temer que sería capaz de matarlo si no se hacía a un lado. El muchacho debió adivinar mis pensamientos, pues sin dudarlo desenfundó su arma apuntándola hacia mí.
- ¡Imbécil! – grité.
                Salí a la calle y rodeé el edificio hasta llegar a la ventana enrejada donde se encontraba apresada la señora.
- ¡Haz que se calle! – supliqué soltando la bolsa sobre el suelo. La ventana se alzaba a unos dos metros, por lo que me era imposible verla. Pero sabía que podía escucharme. Los gritos de Celina ya estaban en mi cabeza, obligándome a tomar una de las varillas para clavarla en mis muñecas.
- ¡Por favor! ¡No puedo más!

                Debajo de mis propios alaridos, un canto maternal se inició en la noche; una voz melodiosa y tierna que venía de la celda y que poco a poco apaciguó a la niña atrapada en la bolsa. Rompí a llorar, mis nervios deshechos por la larga jornada. Lloré sin parar bajo la lluvia eterna, así como lloré irremediablemente a la salida del sol. Así me encontraron los hombres de la ambulancia, acurrucado como un feto, estrujando contra mi pecho la bolsa en la que Celina dormía apaciblemente. No tuve fuerzas para impedir que la arrancaran de mí, ni para preguntar quién cuidaría de ella. Sólo espero que en donde esté pueda escuchar el dulce canto de su madre. Yo lo escucho todos los días.

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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Date a Girl who Reads

"You should date a girl who reads. Date a girl who reads. Date a girl who spends her money on books instead of clothes, who has problems with closet space because she has too many books. Date a girl who has a list of books she wants to read, who has had a library card since she was twelve.

Find a girl who reads. You’ll know that she does because she will always have an unread book in her bag. She’s the one lovingly looking over the shelves in the bookstore, the one who quietly cries out when she has found the book she wants. You see that weird chick sniffing the pages of an old book in a secondhand book shop? That’s the reader. They can never resist smelling the pages, especially when they are yellow and worn.

She’s the girl reading while waiting in that coffee shop down the street. If you take a peek at her mug, the non-dairy creamer is floating on top because she’s kind of engrossed already. Lost in a world of the author’s making. Sit down. She might give you a glare, as most girls who read do not like to be interrupted. Ask her if she likes the book.

Buy her another cup of coffee.

Let her know what you really think of Murakami. See if she got through the first chapter of Fellowship. Understand that if she says she understood James Joyce’s Ulysses she’s just saying that to sound intelligent. Ask her if she loves Alice or she would like to be Alice.

It’s easy to date a girl who reads. Give her books for her birthday, for Christmas, for anniversaries. Give her the gift of words, in poetry and in song. Give her Neruda, Pound, Sexton, Cummings. Let her know that you understand that words are love. Understand that she knows the difference between books and reality but by god, she’s going to try to make her life a little like her favorite book. It will never be your fault if she does.

She has to give it a shot somehow.

Lie to her. If she understands syntax, she will understand your need to lie. Behind words are other things: motivation, value, nuance, dialogue. It will not be the end of the world.

Fail her. Because a girl who reads knows that failure always leads up to the climax. Because girls who read understand that all things must come to end, but that you can always write a sequel. That you can begin again and again and still be the hero. That life is meant to have a villain or two.

Why be frightened of everything that you are not? Girls who read understand that people, like characters, develop. Except in the Twilight series.

If you find a girl who reads, keep her close. When you find her up at 2 AM clutching a book to her chest and weeping, make her a cup of tea and hold her. You may lose her for a couple of hours but she will always come back to you. She’ll talk as if the characters in the book are real, because for a while, they always are.

You will propose on a hot air balloon. Or during a rock concert. Or very casually next time she’s sick. Over Skype.

You will smile so hard you will wonder why your heart hasn’t burst and bled out all over your chest yet. You will write the story of your lives, have kids with strange names and even stranger tastes. She will introduce your children to the Cat in the Hat and Aslan, maybe in the same day. You will walk the winters of your old age together and she will recite Keats under her breath while you shake the snow off your boots.

Date a girl who reads because you deserve it. You deserve a girl who can give you the most colorful life imaginable. If you can only give her monotony, and stale hours and half-baked proposals, then you’re better off alone. If you want the world and the worlds beyond it, date a girl who reads.

Or better yet, date a girl who writes."

               
Rosemarie Urquico

domingo, 5 de octubre de 2014

Demasiado íntimo

Para Juan Carlos Montiel,
en recuerdo de las sesiones en la Torre Stark.
 
Su antipatía hacia el cuento había durado varias horas y no parecía desvanecerse con el paso del reloj. La trama aún daba vueltas en su cabeza y no se decidía a dar una opinión. Una voz en el traspatio de su mente le decía que el verdadero significado se hallaba oculto en medio de las palabras, un mensaje que aguardaba ser interpretado por un alma sensible. Pero Javier era un hombre práctico. A sus treinta y seis años, catorce de ellos dedicados a cuidar la contabilidad de una empresa minera, la conclusión que apaciguaba su mente era que si dos más dos no sumaban cuatro el proceso debía repetirse. Una columna para las sumas, otra para las restas. Dos más dos construían puentes, dos más dos sostenían edificios, dos más dos colocaron a un hombre en la luna. El mundo podría girar feliz sin el arte, sin las sensiblerías ociosas de pintores y poetas, y por supuesto, sin la aburrida e intrascendente danza contemporánea. Pero sin ingenieros, arquitectos o matemáticos, la humanidad viviría en la oscuridad, cincelando su evolución en las guanosas paredes de una cueva. Esta discusión generaba siempre controversia con Ana, distanciándolos al extremo de la ridiculez. Ahora, sin embargo, un saber esotérico e inaccesible se escondía del otro lado de las matemáticas. ¿Cuál era la trama del cuento? Javier removió los binóculos de sus ojos cansados, y levantándose de su escritorio contempló en silencio las gotas de agua sucia que caían por las tuberías del techo. Su lugar de trabajo era un umbrío cuchitril ubicado en el rincón más olvidado de las catacumbas. Así le llamaban quienes trabajaban en la superficie, en los pisos superiores del edificio inteligente, los ejecutivos de trajes impecables que ocupaban oficinas con vista a los jardines. Javier prefería trabajar en el sótano, donde sus defectos quedaran lejos de los juicios de la gente perfecta. Miró unos instantes las aspas del ventilador, intranquilo. Por absurdo que pareciera se sintió observado. Pero en las catacumbas no había un alma, tan solo la cucaracha de costumbre y el moribundo bonzai. Las letras que acababa de leer lo habían dejado inquieto. Maldito cuento, maldita Ana. La noche en que la conoció había estado intentando desprenderse del caos cotidiano, observando la belleza matemática de la Torre Godard. Resultaba pasmosa la sencillez con la que ½ ∫Hx ƒ2(x)dx – cte.(H – x) = ∫Hx xw(x)ƒ(x)dx sostenía el armazón contra la presión del viento. Había salido temprano de su oficina y recorrió la arbolada avenida que subía el monte. No había nubes ni luna y el clima era templado. Al llegar a la cima, la vio. La Torre brillaba como una aguja templaria hermosa e impoluta que rasguñaba el cielo invernal. Ensamblada con milimétrica precisión, era un monumento al ingenio humano, y al mirarla con detenimiento Javier rescataba la esperanza de que en medio de la entropía existiera un orden: su alma resentida se reconciliaba con el universo. Permanecería toda la noche delante de ella, suspirando. Desgraciadamente, su plan se vino abajo cuando una mujer rubia y menuda apareció sentada en su banca predilecta. Con penosa amabilidad, él le pidió que se moviera, más abajo había otras bancas desocupadas; por toda respuesta, ella abrió su termo y le ofreció té de anís. Su nombre era Ana y estudiaba semiótica. Y no, no encontraba como él placer en las barras de hierro unidas con tornillos de cobre, sino en imaginar las vidas de los hombres que la construyeron. Ella creía en mito y magia, en las invisibles respiraciones del arcano, en que el universo languidecía en incomprensibles planos superpuestos que sólo el Gran Arquitecto podía discernir. Necesito sentarme en esa banca. No te la cederé, pero si quieres podemos compartir el césped. De eso habían transcurrido ya cinco meses. Fue ella quien lo incitó a leer el cuento. Si estás preparado para cambiar tu concepción de cuanto te rodea, justo cuando termines de leerlo repite tres veces la pregunta que más inquieta a tu alma. Te dirá lo que debes saber. Ahora Javier miraba el ventilador. Alguien me está observando, murmuró registrando una grieta en el techo. ¿Y si ella tenía razón en asegurar que dos más dos no siempre producían un cuatro? ¿Habrá algo más de lo que hay? Regresó a su escritorio. Miró las páginas escritas con tinta negra y, más por morbosa curiosidad que por otra cosa, negando con la cabeza hizo la pregunta una vez, y luego dos, y finalmente tres. Cuando Javier se percató de lo que estaba sucediendo ya era demasiado tarde.
                Primero fueron las plumas, las bisagras y todos los objetos de metal; después fueron las teclas de su computadora que, separándose del tablero, volaron como proyectiles disparados hacia la puerta. Les siguieron los objetos de cristal: ceniceros, placas y el bulbo de la lámpara, todos temblando por un intenso movimiento telúrico que ocurría sólo en el sótano. Apenas pudo Javier esquivar la balacera de objetos, pues él mismo fue víctima de una atracción que ignoraba las imperantes reglas de la gravedad. Se sujetó cuanto pudo de la perilla de la puerta; sin embargo, la poderosa fuerza invisible lo levantó del suelo arrastrándolo hacia la superficie por los filosos escalones de concreto. Atravesando sin control el lobby del moderno edificio, Javier fue succionado hacia el vacío de la noche. Presa de una angustia indescriptible, voló contra su voluntad sobre casas, automóviles, parques y la torre metálica que tanto amaba. Finalmente se detuvo en la zona vieja de la ciudad, sobre una bellísima explanada pavimentada con piedras grises de río. Ante el asombro de transeúntes y automovilistas que se detenían a preguntarle qué hacía allá arriba, Javier flotaba. No es normal, argumentó una pareja de ancianos, quienes temieron que pudiera tratarse del inicio de una nueva epidemia. Bajo un farol, un perro ladró. Javier decidió concentrarse en encontrar una explicación lógica al problema que le aquejaba. Estuvo a punto de darse por vencido, cuando observó un cuerpo volando rápidamente hacia él. Era Ana. Terminé el cuento, confesó Javier sintiéndose obvio. No entendí algunas partes. Entendiste lo suficiente, dijo ella sonrojándose mientras se mecía junto a él encima de cientos de cabezas incrédulas. ¿Ahora qué sigue? No lo sé. Un oficial de policía les ordenó bajar, pues estaban conmocionando el tráfico. Pero ni Ana ni Javier supieron cómo. Así que flotaron y flotaron durante horas, las piernas de ambos pataleando por miedo a caer si no lo hacían. Los ancianos preguntaron cómo se habían metido en ese lío, y Javier contó a partir del momento en el que abrió el cuaderno y había comenzado a leer, lo estúpido que se había sentido al formular la pregunta, y el penoso instante en que ahora se encontraban, sin encontrar la causa para aquella singular levitación. ¿Ya intentaste besarla?, preguntó un taxista a todas luces molesto por el tráfico. De su chamarra de pana, el hombre sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno. ¡Bésala!, gritaron varios. A Javier de los nervios se le erizó el corazón. Sintió la mirada tierna de Ana acariciándole los labios, de los que tímidamente manaron las palabras dos más dos. Aceptando lo que pudiera ocurrir, la besó. O se besaron, da igual. Lo que Javier sintió fue lo opuesto a lo que hubiera podido esperar: una pesadez en los muslos y en los huesos, como si de sus tobillos colgara un yunque infame que lo jalara hacia abajo. Hombre y mujer se desplomaron hacia el suelo, estrellándose contra el pavimento. En un segundo, las nubes perdieron su aureola de fuego y la vida recuperó su curso ordinario. ¿Qué pasó? Todavía adolorido por el golpe, Javier ayudó a Ana a levantarse. Ella se sacudió el polvo de la ropa, remarcó el contorno de sus labios con labial rojo, y exclamó pensé que tú serías el indicado. Sin darle a Javier tiempo para razonar, dio la media vuelta y se marchó perdiéndose en el tráfico. Aturdido y estupefacto, Javier no alcanzaba a darle a las variables de la ecuación los valores correctos para obtener el resultado justo. Esto es absurdo, se repetía una y otra vez. No tiene sentido. Levantó los ojos y se encontró con la fachada de un restaurante que a esas horas de la mañana abría sus puertas. En el letrero, la figura de un pez. Javier entró y pidió un café. Permaneció sentado en la barra con la mirada anclada a una mancha líquida de color extraño. El ambiente presagiaba un funeral celta, el fin de todas las primaveras. Tú eres el de las noticias, dijo la mesera colocando la taza frente a él. ¿Qué se siente volar por amor? Era una criatura castaña, de profundos ojos marrones y nariz regular. Javier dio un sorbo y reclamó este café está frío. Fue como si ella anticipara aquella reacción, pues mecánicamente lo tomó de la mano, y mirándolo con ojos de bienvenida le sonrió. Inesperadamente, introdujo el dedo en la bebida, y Javier observó un efluvio transparente que ascendía hacia la lámpara, seguido inmediatamente por decenas de burbujas que explotaban en la superficie del café. Oye, dijo ella acercándose a su oído, no tiene que ser exacto para que sea perfecto. ¿Por qué?, preguntó él. ¿Todo esto, qué significa? Ella retiró el dedo hirviente de la taza y acarició su mejilla con él. La excitación que había sentido mientras volaba en el aire de nuevo estaba ahí, y por primera vez en su vida Javier tuvo la certeza de estar en el lugar correcto. Dejó que la inercia del momento disipara sus dudas y, decidido a sujetarse del momento como haría un náufrago, inclinó su rostro hacia adelante. Sin embargo, cuando estuvo a punto de besarla, la mesera colocó una mano entre ambos. ¿Qué suce…? ¡Shhh! Un silencio ominoso contaminó el lugar. Permanecieron inmóviles por muchos segundos, mirando alrededor repetidas veces. La castaña cabellera de la mesera se meneaba al tiempo que su cabeza se movía frenéticamente, buscando, y en su paranoia Javier notó un miedo que no debía estar ahí. Ella miró debajo de las mesas, en el techo, en el espejo. No puedo continuar, murmuró entonces, alarmada. Es peligroso. ¡Pero necesito saber!, suplicó Javier. No, no hasta que dejen de observarnos. Debe de tratarse de un error, pensó Ibrahim deslizando obsesivamente su dedo sobre la pantalla de la tablet. Los renglones subían y bajaban, pero no había nada que hacer. El cuento terminaba así, abruptamente, sin ofrecer mayor evidencia acerca de lo que había importunado a los dos amantes. Era cierto que la ficción no le atraía (personalmente ni siquiera le gustaba leer), pero esa historia se había ido introduciendo en su mente de una manera oscura y perversa, como si las palabras fueran exclusivamente para él y nadie más. A medida que avanzaba en su lectura, las frases habían ido anidándose en ese hueco que desde hacía años había hecho de su corazón un hogar. Desde abajo llegaban las risas infantiles de la fiesta, pero decidiendo ignorarlas, Ibrahim dio vueltas por su recámara intentando dar con la explicación al cómo era posible que un simple cuento inconcluso pudiera tan exitosamente poner en relieve aquella terrible soledad. Sácame de aquí, dijo a la misma de siempre, a nadie. ¿Cómo sigues con tu vida cuando la vida ya no quiere seguir contigo? Alguien llamó a la puerta. Eréndira le dijo que el mago había llegado y que a Jorgito le encantaría que estuviera con él. Voy, dijo Ibrahim. Salió de la recámara y bajó las escaleras hacia el monótono mundo de costumbre.
                En el patio, Jorgito, su sobrino, lo abrazó. Gracias, tío Ibra, es la mejor fiesta del mundo. Aunque no aprobaba su modo de ganarse la vida, Eréndira se mostraba bastante indulgente al momento de pedirle dinero, especialmente cuando se trataba de su hijo. Va a ser el cumpleaños de Jorgito, y pues ya sabes cuánto te quiere tu sobrino. Haz la fiesta en mi casa, yo me encargo de todo. El dinero que recibía Ibrahim por las entregas que realizaba cada mes era suficiente para mantener su caro nivel de vida, y el de su hermana. Justo aquella noche debía realizar una más. Era un asunto peligroso, pero vivir en la clandestinidad era para él una violenta adicción. Un día de estos te van a matar, le dijo Eréndira alguna vez, o peor aún, vas a vivir más que nosotros, pero solo. No mientras tenga dinero, pensó Ibrahim viendo a los papás de los niños disfrutar de la comida y del alcohol que tan generosamente había dispuesto para la fiesta. En el centro de un semicírculo formado por niños gritones, el mago y su asistente armaron su equipo de trabajo. Un atril, una caja de madera pintada de negro con estrellas fosforescentes, un aro. Los trucos de previstos. Figuras con globos, la paloma en el sombrero, exclamaciones de asombro, dulces. A Ibrahim de pronto se le ocurrió la loca idea de que el responsable de que los amantes del cuento no hubieran podido besarse había sido él y que, al apagar la tablet, finalmente habían encontrado la manera de concluir el beso. Estúpido, pensó. Aplausos de los niños cuando el mago adivinó que la carta en la mente de Jorgito era el as de espadas. Los personajes ficticios no continúan con sus vidas una vez que se cierra el libro. Estuvo a punto de regresar a su recámara cuando atisbó, recargada en la puerta de la cocina, a una mujer pelirroja de ojos verdes. Era hermosa. Entonces se reclinó contra la pared y contempló su inusual belleza por largos minutos. El espectáculo proseguía con aburrida linealidad, hasta que el mago pidió a su divina asistente que entrara dentro de la caja de madera. Por supuesto, la escuálida mujer desaparecería y aparecería ante el encanto de los molestos infantes. Mientras tanto, la pelirroja sorbía de un vaso de plástico transparente mientras observaba, divertida, al mago cretino cerrando la puerta de la caja. El hombre pidió silencio, luego, tras recitar unas curiosas palabras mágicas, instruyó a los niños en el arte de reproducir con la boca un redoble de tambores. El mago abrió la caja, y ante el asombro de los presentes, la asistente no únicamente había desaparecido, sino que había sido sustituida por un desconocido. Debió de tratarse de un error monumental, pues al mago del susto se le cayó la quijada. Era un niño pequeño, de aproximadamente seis años de edad, con la mirada más tierna y desamparada que Ibrahim había visto. Por unos segundos se vio perdido. De pronto, al reconocer a una mujer entre la concurrencia, la esperanza iluminó su pequeño rostro. ¿Quién eres?, demandó el mago perdiendo de pronto su acento macedónico. ¿Quién osa burlarse de Manua El Grande? Sin atender al reclamo, el niño se aventuró entre las sillas ocupadas por mirones hasta llegar al rincón que ocupaba la mujer de pelo rojo. No lo hagas, dijo con su voz infantil. No te vayas a casar. Nerviosa, la mujer lo miró. El resto comenzó a reír. Qué mala broma, respondió ella recriminándole al mago la mala pasada. No, escucha, no te cases. Te lo suplico. Para Ibrahim, sin embargo, aquello tenía un dejo de macabra familiaridad. El niño manoteaba incesantemente, con miedo. Yo te conozco. La silbatina del público no se hizo esperar; abucheaban a Manua El Grande responsabilizándolo del pesado y aburrido truco. Los niños se pararon y comenzaron a perseguirse entre ellos, unos preguntando a qué hora partirían la piñata. Me contaste que aquí lo conociste, en la fiesta de Jorgito, mi primo. Dijiste que te invitó a salir y que seis meses después te casaste con él. Niño, basta. ¡Escucha! Tu nombre es Renata, tienes veintidós años y tienes un lunar en forma de media luna en la espalda. Tú eres mi mamá. Dijiste que te sentías sola y que él te conquistó. Te llevaba serenatas y regalos carísimos. Alquiló un yate y te propuso matrimonio en mar abierto. Me dijiste que esa fue la última vez que lloraste de felicidad. Nada de eso ha pasado, me confundes. Va a pasar. Por unos cortos meses serás feliz. Pero la policía no va a detener los golpes porque la policía trabaja para él. Y tú no vas a saber cómo protegerme. Sus ojos se humedecieron, y ella, Renata, tuvo miedo. ¿A quién te dije que conocí en esta fiesta? Temblando de pánico, el niño señaló a Ibrahim. Por favor, ya no dejes que se me acerque. Instintivamente, Renata lo abrazó contra su pecho. Te juro por mi vida que nadie volverá a lastimarte. Desprendiéndose, el niño regresó lentamente hacia la caja de madera. Cuando la asistente de Manua reapareció, el niño se había desvanecido. Sin decir absolutamente nada, Renata tomó su bolso y salió de la casa de Ibrahim.
                La fiesta terminó antes de lo previsto dejando en los invitados un agrio sabor en la boca. Las familias fueron despidiéndose de Eréndira, que avergonzada repartía bolsas de dulces a los niños que se iban. ¿Quién invitó a ese niño? No lo sé, Jorgito. ¡Fue la peor fiesta de todas! ¿Por qué se fue Renata? Ibrahim miraba el patio vaciarse desde la ventana de su estudio. Como ungüento podrido, una ansiedad particular le recorría el cuerpo, la sentencia de que su vida no tendría un mejor porvenir. El recuerdo del niño aquel, el que lo había señalado delante de todos, le mordía las partes sensibles del cuerpo; Ibrahim se sintió acosado y estúpido a la vez: era cierto que nadie escapaba de las acusaciones de su propia conciencia, pero ¿debería dejarse atormentar por acciones que no había cometido? El mensaje en su celular le indicó que era hora de entregar la mercancía. Se puso el saco, revisó que su arma estuviera cargada. Metió la maleta de cuero en la cajuela y arrancó. La operación era simple. Llevar el paquete al puente del Distrito C19, entregarlo personalmente a Hunz Nuye, el mafioso del corazón oxidado, recibir los dos contenedores de plástico anticorrosivo y guardarlos en su casa hasta escuchar nuevas instrucciones. Si algo salía mal, Ibrahim contaba con su habilidad para salir de problemas a punta de balazos. Subió a su auto y arrancó. Atravesó la Ciudad Vieja acompañado de las brumosas farolas que custodiaban la noche. Encendió la radio, pero en vez de tranquilizarse una rabia inexplicable comenzó a hervirle en la sangre. La cara del niño, arrogantemente familiar, era un puñetazo en la frente. Lo había expuesto delante de sus invitados, y peor que eso, lo había hecho sentir vulnerable. En el primer semáforo la furia era ya incontenible. Deseó averiguar su paradero y sacarle a golpes la verdad, ¿quién eres? Pero sobretodo, ¿cómo te atreves? ¡Y la reacción de la mujer! ¿Quién se creía para desairarlo en su propia…? Inesperadamente, algo en su interior se sintió pavorosamente incorrecto; un deja vú demente y profético que anunciaba una vertiginosa caída hacia su perdición. Intentando ignorar la advertencia, Ibrahim aceleró hasta el fondo sin darse cuenta de que llevaba varios minutos murmurando vivirás más que nosotros, pero solo. Al llegar al punto de encuentro, se estacionó a unos cuantos metros de los tres vehículos que ya lo esperaban. Rodeado de hombres con ametralladoras, Hunz Nuye fumaba impacientemente, la luciérnaga en sus labios iluminando la terrible cicatriz que le partía el rostro a la mitad. Conteniendo el nerviosismo, Ibrahim tomó el paquete. Estaba a punto de abrir la puerta cuando una fuerza cósmica lo hizo cambiar de opinión. Ante las miradas atónitas de Nuye y sus hombres, Ibrahim encendió de nuevo el auto y arrancó. Los rechinidos de las llantas no se hicieron esperar; por el retrovisor, Ibra vio los tres autos persiguiéndolo. Aceleró y en la esquina de una escuela casi pierde el control de su vehículo. Tomó su teléfono y marcó el número de su hermana. Soy yo, necesito el teléfono de Renata. ¡No me importan los demás invitados! ¡Pásame su número ahora! ¡Carajo! Colgó furiosamente sin despegar la vista de la calle. Detrás, Hunz Nuye se aproximaba velozmente. Por la ventana, uno de sus hombres abrió fuego. El medallón trasero explotó con el impacto de las balas, las cuales rozaron su cabeza más de una vez. Ibrahim dobló a la izquierda y se arriesgó dentro del Túnel 22ª. Ahí continuó esquivando faros de automóviles y balas. La pantalla de su celular se iluminó con un mensaje de su hermana: 97 22 2358 55. Como si aquellos diez dígitos fueran el oxígeno que necesitaba, Ibrahim dirigió deliberadamente el volante hacia la baranda del túnel. Al chocar contra el riel de acero, su auto dio varias volteretas en el aire hasta caer violentamente en el río. Nuye y sus hombres dispararon hacia el agua, pero la única respuesta que obtuvieron fue el eructo del río mientras se tragaba el coche de Ibrahim.
                Con las ropas empapadas, Ibra deambuló por las calles oscuras hasta estar seguro de que nadie lo seguía. Del otro lado de la acera, encontró un pequeño local con la figura de un pez en el toldo. Le llamó la atención que en el interior no hubiera nadie. Las mesas estaban sucias: platos con restos de comida, cigarros humeantes en los ceniceros, música lounge en los altavoces. Al fondo, cerca de los baños, encontró un teléfono de monedas. Con inusitado nerviosismo marcó el número que había logrado memorizar y aguardó. Debido a las caóticas circunstancias no había tenido tiempo de pensar exactamente lo que diría cuando le contestaran. Beep. Ese niño. Beep. Tan devastado, tan familiar. Beep. ¿Bueno? ¿Renata? Soy Ibrahim. Silencio. ¿Quién te dio mi número? No tengo mucho tiempo. Hay algo que debo decirte. Ibrahim, no creo que sea conveniente. No, escucha, sé que piensas que ya sabes todo de mí, pero no es así. Hoy ocurrió algo, ese niño. ¿Qué hay con él? Te juro por mi vida que… Ibrahim se detuvo. ¿Bueno? Espera. Volteando hacia todas direcciones, Ibrahim guardó silencio por unos segundos. Dejando el auricular columpiándose, desenfundó su arma. Lo único que podía escucharse en el local, además de la onírica música de fondo, eran las gotas de una lluvia insana que había comenzado a caer momentos antes. Por todo, el lugar permanecía desierto. Ibrahim dio unos pasos hacia la barra, luego, hacia la zona de no fumadores, con la pistola siempre apuntando hacia adelante. Volteó hacia la derecha, hacia la izquierda, y finalmente hacia arriba, momento en el que estuve seguro de que había notado la presencia omnisciente y perversa. Por favor, dijo sin bajar el arma, déjame quedarme con ella. Puedo cambiar. Mientras hablaba a la oscuridad, siempre cuidándose las espaldas, regresó cautelosamente al teléfono. Puedo quererla, y a él también. Ibrahim levantó el auricular, y cerrando los ojos como si fueran puños, exclamó: ¿Renata? Y del otro lado: sigo aquí. Y no dijo más. Permaneció atrapado en un silencio expectante, como si aquello demasiado íntimo que deseaba revelar no pudiera ser escuchado por nadie más que por ella; por nadie, mucho menos por mí. Por mi parte, con apesadumbrado respeto permanecí con la mirada concentrada en la pantalla de mi laptop, en el cursor que contrariado parpadeaba justo a un lado de la última palabra que acababa de escribir. No tecleé más, sólo podía pensar en el futuro de Ibrahim, en las palabras que debía de usar para convencer a Renata de que aún los hombres con violentos pasados podían escoger un camino diferente, y que los escritores podemos dotar a nuestros personajes de un albedrío que jamás conoceremos. Determinado a no saber más, apagué la máquina sellando así su inconcluso destino.
                El ruido de hombres borrachos y música estridente proveniente de la parte baja del local rompieron mi concentración. Pero eso ya lo sabes. También sabes que Gerardo está llamando a mi puerta y con voz temerosa dice están todos aquí, ya es hora. Echo un último vistazo a la habitación donde me encuentro, a las fotos de tiempos antiguos, la foto en la que aparezco sosteniendo a un niño de dos años. Me pongo de pie y bajo por las escaleras. Mis amigos me reciben con risas y aplausos. Hay otros hombres que no conozco. Las mesas han sido apartadas y únicamente permanece una, con cuatro sillas alrededor. En la barra se encuentra Mercedes sirviendo tragos y recibiendo apuestas. Hoy no me siento con suerte. Estoy seguro de que hoy, antes de que termines de leer esta parte de la historia, estaré muerto. Después de unos minutos de plática superflua, tomamos nuestros lugares. Rodrigo, el contador al que en Junio pasado detectaron cáncer en el páncreas: si sobrevive a esta noche, sus ganancias serán para garantizar la educación de su hijo. Rosa, la joven drogadicta capaz de morir literalmente por formar un grupo de rock, y un viejo sacerdote jesuita de nombre Samuel. Rodeándonos veo a una treintena de personas, algunos conocidos, todos aves de rapiña. ¿Terminaste de escribir tu cuento?, pregunta Rosa mientras nos sentamos. Su rostro palidece aún más bajo la mórbida luz amarillenta de las lámparas. Sus uñas mordisqueadas trazan nerviosamente el logotipo del local, un pez azul laqueado en el centro de la mesa. , respondo indiferente. Cada jueves es lo mismo. Los gritos son estridentes, molestos. Finalmente, con una diligencia adquirida por meses de práctica, Gerardo se aproxima con una caja de madera. Cae el silencio. Tras abrirla, coloca el arma sobre la mesa. El primero en sudar es el jesuita. Desde el fondo llega mi nombre coreado por voces ebrias. Mis manos transpiran, mi corazón es un motor. Cuando veo a Rodrigo ya está temblando con un terror indecible que se apodera de su cuerpo. Es jueves en la noche, alguien va a morir. En el sorteo es precisamente Rodrigo quien debe comenzar. Inadvertidamente, Rosa llora, pero la pena por retirarse de la mesa es severa, así que permanece sentada mirándome con ojos suplicantes. Yo me mantengo ajeno al éxtasis y al miedo; esta dolorosa melancolía me aísla, me devora, consumiéndome como una bala que se toma su tiempo para pulverizar órganos y tejidos. Rodrigo levanta la pistola y la sujeta contra la sien. Su pecho se agita en espasmos, dedo en el gatillo, su mano tiembla: grita mientras cierra los ojos. Y dispara. La detonación genera más conmoción. Una lámpara en el techo explota por el impacto de la bala. La gente abuchea. No puedo hacerlo, gime Rodrigo. Por favor, quiero irme a casa. Pienso en Ibrahim, me pregunto si habrá logrado explicarle a Renata que los hombres podemos cambiar... La cobardía de Rodrigo hace enfurecer a la audiencia. ¡Nadie puede romper el pacto!, grita Samuel encarándolo. Si acaso Renata entenderá… Samuel noquea a Rodrigo, la pistola cae de su mano, y al tocar el suelo se dispara otra vez. El local queda en silencio. Una segunda bala. Estoy acabado. Al principio todas las miradas caen sobre Gerardo, pero saben que él no actuaría sin mi consentimiento. Lentamente, Rodrigo se levanta. Abre la recámara y encuentra una tercera. Hijo de puta, dice sabiendo que alteré las probabilidades. Un miembro del público saca una navaja y con saña desmedida la clava varias veces en el costado derecho de Gerardo, quien cae sobre el suelo rodeado de su propia sangre. Se saben estafados. Samuel le arrebata la pistola a Rodrigo y me apunta, y tú que me lees te haces preguntas, quieres saber. Quiero contarte, existe un secreto, una respuesta. Pero necesito que te acerques con sumo cuidado; acércate a las palabras que estás leyendo. Hazlo, pero antes, shhhh, mira a tu alrededor, a todas partes, hacia arriba. Cuida que nadie te esté observando: esto que te digo es sideral, la consciencia misma del cuento. Aunque quisieras negarlo, sabes que perteneces en él.

jueves, 11 de septiembre de 2014

I can tell you about tonight

I’ve got a pad and a pen
and a silence unbroken
there’s a tamed hero
this side of the mirror
and I’ve always known
there’d be nights like this
I’ve got my Tolstoi near the ironboard
and a humming sound from under the fridge
There´s plenty of ghosts roaming the kitchen
a childhood memory drowned
Kerouac’s calling
Fitzgerald pushing
A mortal game
The ghost of my father
What of me he’d make?
It hurts, truly
I can’t lie anymore
I stare down the window
The hustlers down on Hope Street
The junkies and illiterate
The drivers and the sinners
That woman walking her dog
The world is spinning
for them even
It hurts, truly
The silence, the void
My own voice betrays me
when it bounces back, unfiltered
The bookshelves and the table and the bed
My own furniture giving advice
Live or leave
but I don’t know how to
And the breathing of the walls
The longing, the painful longing
for something taken from me
There´s a plan for every creature
except for me
I’m broken, unfairly forgotten
I stopped being sad
but I cry at fierce intervals
like death upon a graveyard
Let me tell you about tonight
the meaning of tonight
I know about the blackness
surrounding the stars
My soul is empty
my heart is dry
my name is Alone.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Deader than dead

Night and you’re not here
In the window a tender kiss of dew
A pagan tear swirling around
A cry of thunder
I’m going under –
you

Tracing curls of smoke
of a dying cigarrette
Raising half-drunk glasses
to the day we met

You’re not here
a shot in the back
I chase you through dumb blank pages
imagining and erasing you
a somberer shade of black

I can only kiss you
in my wet dream of wine
At this hour I find the courage
in the dark you’re always mine

And the bells for you they toll
fourty-four, all in all
With their echo my heart stretches its vein
as the night and I grow old --
in pain

You are here disguised in air
I try to reach you but you’re not there
Summoning the night, afraid of the day
None other but the cold white smoke
To answer the prayer

“Damned if you love her,
damned if you don’t”
A fool to dream of you
scared to wake up

This yearning devotion
will stay mute and unsaid
‘cause I know in the morning
I’ll be deader than dead

martes, 2 de septiembre de 2014

Katia es un país


La pregunta que se formulaba en su mente mientras escuchaba a su blind-date fanfarronear sobre viajes absurdos y conquistas ridículas era ¿por qué no puedo encontrar lo que estoy buscando? El sol del sábado se antojaba para una larga caminata en la plaza, y eso era precisamente lo que Katia estaría haciendo de no haber aceptado la invitación de aquel hombre insubstancial y acartonado. Bastante entrado en años, su mirada le recordaba a uno de esos templates genéricos de power point. Pero Katia ya no podía darse el lujo de esperar. ¿No era esa la razón por la que había entrado a ese lugar de citas por internet? Años atrás hubiera jurado, por desesperada que estuviera, jamás buscar el amor en un medio rebosante de personas desesperadas. Sin embargo, la vida siempre le había regalado envolturas vacías. Detrás de cada anhelo sobrevenía una decepción, cada parcela de tierra terminaba infestada por la plaga. Y la plaga hace lo que sabe hacer mejor: minimizar. Katia lo había aprendido a punta de muertes, abandonos y traiciones, cada una un disparo a la bandera que nunca se atrevió a izar. Era una mujer hermosa, pero lo había olvidado. Más de una vez, la certeza de que si tenía poco se debía a que no merecía más se había vuelto el eslogan de su existencia. Se quería a sí misma, pero ya no sabía cómo demostrárselo. Para su cita con Míster Tecontéquetambiénsécocinar no se tomó la molestia de maquillarse. El cabello lo llevaba anudado en una apresurada cola de caballo muy casual. Un poco de rubor en las mejillas. El decoro le prohibió salir a la calle en pants y a punto estuvo de cancelar cuando su instinto beligerante le preguntó ¿estás muerta? ¿No? ¿Entonces? Ahora no sabía cómo ingeniárselas para abandonar la mesa del restaurante. El hombre hablaba pero sus intentos por ser elocuente no causaban el más mínimo impacto. Katia sintió pena por él. De alguna forma, pensó, todos hacemos lo posible por sobrevivir. Y es que permanecer en el planeta cuesta tanto, a veces. El precio que se paga por el derecho de piso merma, siempre. Tantas noches solitarias, tantas cenas para microondas, tantas fotos en facebook, donde la felicidad de sus amigas resultaba asfixiante. La herramienta de aquel hombre para sobrevivir era escribir cuentos, mismos que enviaba a Katia por correo. Así se conocieron. La amistad fue estrechándose hasta que ella accedió a salir a comer. A Katia le gustaban sus cuentos, en especial los que no tenían un final feliz. Curiosamente, al principio no le resultó tan desagradable la charla: el hombre había llegado puntual, su arreglo denotaba esmero, y la loción le pareció agradable. Fue cuando su inseguridad comenzó a volverse evidente que ella perdió el interés. Llegó el postre. Katia apenas había probado bocado, así que la idea del flan le pareció repulsiva. En ese momento ocurrió lo peor. Sin previo aviso, él sacó de su saco un estuche negro. Ante los ojos aterrorizados de ella, lo abrió despacio. Un instrumento de metal bañado en oro brilló.

- Toma – dijo él con timidez.

- ¿Qué es? – preguntó Katia tartamudeando.

- La llave de mi corazón.

- ¡No por favoooor! – quiso gritar Katia. ¿Podía el hombre ser más ridículo?

- Gra… cias – dijo finalmente.

                La llave se sentía ligera y sólida.

- Cuesta mucho – dijo él - ¿Sabes? Cuesta mucho decidirse dársela a alguien.

- ¿No estaría increíble? – preguntó ella absorta en los reflejos dorados de la llave – Que en realidad uno pudiera tener la llave del corazón de las personas.

                Él permaneció callado. Katia se había acostumbrado tanto a su voz monótona que ahora que guardaba silencio su mente regresó de donde quiera que hubiera ido. La mirada del hombre le pareció insultada, y ella no supo si pedir perdón por lo que acababa de decir.

- No sé  por qué lo dices.

- Esta llave sólo es un símbolo – explicó ella con tono molesto – Me refiero a que estaría incre…

                Katia se detuvo. Reclinándose hacia atrás, el hombre había abierto los botones de su camisa y ella veía ahora una cerradura de bronce atornillada en su pecho. Katia dudó. Aquella era la broma más perversa que le habían jugado. Dejando la llave sobre la mesa, se puso de pie con la intención de marcharse. De pronto, una extraña idea la obligó a detenerse. Tomando la llave nuevamente, la insertó en la ranura de metal. Girándola hacia la derecha escuchó un click… y el pecho del hombre se abrió.

                Lo que Katia encontró en la pequeña bóveda fue una madeja de objetos imprecisos. Al jalar el primero, descubrió que se trataba de un recetario para una blind-date exitosa: arréglate, compra una corbata nueva, perfúmate, trata de impresionarla aunque sea con exageraciones, ella lo vale; el siguiente objeto era un recordatorio cosido con hilo azul sobre una tela amarilla: no dejes de llamarle al viejo. Luego fotos de bicicletas, una carta de recomendación, una grabación en la que un jefe cruel le reclamaba por no haber entregado a tiempo cierto reporte; voces burlonas que le recordaban su timidez, una carta de amor a su maestra del sexto grado, una foto en la que un niño sonreía sobre los hombros de un hombre fornido, un funeral; el cheque de una revista por la compra de un cuento, otro cuento, luego cientos; la nota de un súper por una cena para microondas. La madeja iba deshaciéndose conforme Katia sustraía los objetos. Una chamarra de cuero con parches de equipos de futbol, un Ford Modelo T en miniatura, varios dibujos obscenos. Frases garabateadas con carbón, el espejo miente, karma y destino, acción y consecuencia, el perdón es a ti mismo. Y al final, Katia es un país. Presa de la curiosidad, Katia jaló un poco más. El carrete de objetos no cedía, como si de pronto no hubiera más. Pero ella necesitaba saber el significado de aquella frase. Se sintió engañada; de nuevo una envoltura vacía. Katia jaló con todas sus fuerzas, hasta que la retahíla volvió a brotar. El último de los objetos debió de estar conectado con los órganos, pues detrás de las frases comenzaron a salir las venas, el hígado, los ojos, el fémur, la tibia, los pulmones, en fin, todo lo que conformaba aquel ser humano. Cuando llegó al final de la cadena, tenía en sus manos una maraña indescifrable de todo lo que había constituido la vida del aburrido escritor de cuentos. El hombre había desaparecido. Las campanas de la iglesia repicaron y un perro ladró intolerante. Segundos después, el mesero se aproximó con la cuenta.

- ¿Qué sigue? – preguntó Katia con urgencia en la mirada.

- Me parece que debes buscarle a eso una envoltura – respondió el mesero.

                Acto seguido, limpió la mesa de platos, vasos y mantel. Pero se aseguró de no llevarse una diminuta llave de metal. A esa hora de la tarde brillaba como si estuviera hecha de oro.

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