lunes 20 de febrero de 2012

Mulix

Debería poder hablar de esto sin que me tiemble la voz, pero la memoria en los hombres viejos nunca llega sin nostalgia. Hace mucho tuve un cuento. Sé que así comienzan las remembranzas trilladas, pero en mi caso la afirmación es legítima: tuve un cuento, un cuantioso conjunto de palabras cuya belleza sólo puede atesorarse a la distancia y que en sí mismas encerraban una verdad destinada a mí. Entonces era joven y los axiomas reventados en cátedras universitarias enajenaban mi mente con rezos que iban desde ‘verdades existen más de una’ hasta ‘en la vida todo es percepción’; mi mente estaba ansiosa por dudarlo todo, por cuestionar. Los años han pasado, y aquellas funestas ambigüedades me hacen hoy sentirme un estúpido. Hay verdades absolutas. Las hay. Pero tardé mucho en comprobarlo. En una noche de euforia, muchos años atrás, me senté en una mesa como ésta a escribir lo que sería mi opus magnum. Grandes y perturbadoras ideas gemían por salir y, dispuesto a darles rienda suelta, coloqué las dos hojas blancas en el rodillo de la máquina. Recuerdo la sensación de estupor y humildad al encontrarme perdido ante la inmensidad blanca que me devolvía la mirada con diabólica arrogancia. Sabía que me encontraba frente a un momento decisivo en mi vida. Aquella obra sería diferente; en vez de ser parida en una laptop convencional nacería de las pesadas y obesas teclas y los cadenciosos movimientos mecánicos de la Remigton Standard 2 de mi padre. Sin embargo, durante horas enteras ninguna palabra pudo ser escrita. Nadie nunca me había explicado que las guerras pueden perderse muchísimo antes de ser peleadas. Con las frustración aguándome los ojos, di mil vueltas a la mesa y me di por vencido. Encendí la laptop y escribí decenas de páginas de lo que hoy comprende el grueso de mi obra creativa. Extensos ensayos y novelas, cuentos pretenciosos y algunos incluso bien logrados; cátedras donde ahora yo ocupaba el podium, una autobiografía. Mis memorias. ¡Ah, pero de aquel que debía brotar…! La hoja no permaneció siempre en blanco. Muy de vez en cuando, la idea me obligaba a teclear palabras que después de mucho pensar formaban frases plenamente comprensibles pero cuya profundidad escapaba a mi comprensión. ‘La lluvia nos obliga a voltear hacia el cielo, por eso nunca llueve desde abajo’, y cosas así. El cuento, joven al principio, crecía sin embarnecer; su voz no enronquecía. A veces me miraba tiernamente desde el rodillo de la máquina mientras yo fingía perderme en otras historias. Pero ahí estaba, estábamos los dos. Mudos amigos inseparables. Cuando conseguía terminar una línea más, viéndolo crecer en extensión, le daba tres o cuatro palmadas, a lo que él reaccionaba con esa sonrisa blanca y complaciente que demuestran sólo quienes saben pagar lealtad con lealtad. Me acostumbré a mi cuento. Recuerdo muchas tardes grises en las que mi percepción opaca de la vida me amedrentaba y me llevaba a recluirme en mi casa. Mi cuento me recibía con felices y halagüeños lengüetazos, señalando con vocales y consonantes las teclas que debían ser presionadas para darle sustancia. ‘Ahora no’, le decía. Y al verlo agachar las orejas le recriminaba: ‘No me veas así, es que tú no entiendes cómo es el mundo allá afuera.’ Entonces mi cuento adquiría el tamaño de mi espíritu y se encogía. Los demás cuentos y novelas en la laptop aprendieron a quererlo como al hermano sabio. Una noche los cacé haciéndose bromas entre sí, delatados unos por el parpadeo del cursor y el otro por el rechinido del rodillo de la Remington. Así fueron los primeros años con mi cuento joven. Constantemente, después de noches de juerga en las que, soliviantado por el alcohol y los efluvios de literatura contagiada, corría de regreso a casa con la certeza de que finalmente había encontrado las palabras correctas para que el cuento fluyera y viviera. Abría la puerta y sentándome frente a la máquina, en medio de risotadas le contaba lo que planeaba hacer. Alebrestado, mi cuento daba vueltas, movía la cola y aguardaba pacientemente a que lo dejara libre. Pero nada ocurría. Mi semblante iba entonces apagándose como una vela en el quicio de la ventana, o como el cabello rojo de aquella muchacha que ha dejado de creer. Brotaban apenas unas líneas y en mi mente las ideas se desvanecían. El cuento crecía, pero nunca como lo esperé. Así, pasaron los años. Muchas palabras salieron, muchas páginas, pero de mi pequeño y fiel cuento… La ruina se dejó caer una mañana fría, cuando por vez primera noté los estragos del tiempo en mi viejo amigo. Las gruesas letras negras sobre la misma hoja blanca se veían amarillas, con un polvo de óxido proveniente del ático que nos aguarda a todos los mortales. Le hablé con ternura de los planes que tenía para los dos; en lugar de ronronear y hacerme jugueteos como antes, ahora simplemente sonreía a medio vapor, un cuento cansado, un cuento sin fuerzas para cargar con los sueños de los dos. ¡Ay, amigo! Cuántas veces te dije tú no sabes cómo es el mundo allá afuera, los monstruos, los abismos. Pero era yo el que no podía entender lo que siempre quisiste decir. El mundo estaba acá adentro, con nosotros. No eran las palabras, sino saber que estabas, y que hay cuentos que nacieron para jamás despegar. Mientras más envejecías más difícil se volvía rescatarte del fondo del rodillo. Te avergonzaba que te encontrara en esa posición, reducido en fuerza y tamaño, tu pelambre oxidado, tu lengua reseca, tus letras quietas. Hasta que finalmente un día me atreví a sacar la hoja de la máquina. Todavía vive en mis dedos la sensación del papel evaporándose en el aire y mi deseo infantil de atraparte. Lo que salvé no te hacía justicia. Un amigo que había pasado por lo mismo me dijo al saber de nuestra tragedia ‘habrá que ponerlo a dormir’. Pero, ¿cómo se pone un cuento a dormir? ¿Cómo se lanzan al mar cenizas que provienen de un fuego que no debía extinguirse jamás? Mi amigo sonrió. ‘Entonces el cuento hizo su labor’, murmuró. ‘De los cuentos que escribiste y que vieron la luz en otros ojos poca vida queda, pero de ese cuento, del que aprendiste entrega y fidelidad, de ese cuento hablarás por siempre. ¿Cuál es su nombre?’ Respondí, y con una sonrisa en los labios mi cuento soltó un último latido.
Hoy soy viejo pero no soy sabio. Es tan poco lo que sé, pero tan vasto. Con su último aliento mi cuento me regaló lo que siempre tuve. Creo que para eso son los amigos.

Para Ery.

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domingo 4 de septiembre de 2011

Querida Liloo

Septiembre 25

Querida Liloo,

No vas a creer lo que me ocurrió ayer. La cosa más sorprendente. Me disponía, como es costumbre cada tarde, a llevarte la carta que te escribí, cuando, al abrir la puerta de la casa me encontré a Thierry. ¿Lo recuerdas? El protagonista de la novela que nunca quisiste leer. Sentado en la acera de enfrente, tenía los ojos húmedos como charcos negros, la piel violácea y contrita debajo de los ojos, el semblante caído. Se le veía deshojado, como a los restos de un barco que nunca sobrevivió a un tifón. Llevaba puesto un gabán gris que le llegaba a las rodillas. Con franqueza puedo decirte, amor, lo vi más acabado que como lo describí la última vez en mis cuadernos. Se aproximó al verme, y a manera de saludo dijo que una enorme tristeza lo aquejaba, que tras descubrir la traición de Sylvie el corazón se le había hecho añicos, que por las noches la ansiedad le goteaba por los poros y la desesperación conjuraba insomnios de muerte. No tenía que decirlo. La palidez en su piel, casi transparente, daba cuenta de la zozobra. “¿Cómo pudo hacerme esto?,” repetía una y otra vez mesándose los cabellos nerviosamente con las manos. Su aliento olía a noches de furia. Debo confesarte, Liloo, que por ese hombre sentí algo desagradable. Thierry debía despedazar bestias con las manos. Viéndolo en la puerta de mi casa, encorvado, escuálido, perdido, nervioso, me pregunté si había hecho bien en dejar el destino del reino en un ser pusilánime como aquel. Quise decirle cómo lidiaba yo con tu abandono -- ¡con aplomo, por supuesto! --, pero decidí callar. Enterró en mí esos ojos profundos y me preguntó por qué había tomado la decisión de que ella se fuera con otro, dejándolo a él vacío como un tarro de mostaza. Alcé los hombros: “existen historias que no pueden ser contadas de otra manera.” Me contó de los arranques de celos que le sobrevenían al saberla tocada por otro hombre, de la desesperación que arañaba su pecho al imaginarla en la cama de alguien que no era él. Viéndome incorruptible en mi decisión, me pidió un último favor, la cosa más extraña. Al escuchar su pedimento, me rehusé. Su falla de carácter, expliqué, podía ser corregida. “¿Podrías vivir el resto de tu vida con un estilete rasgándote el alma a cada segundo?,” me preguntó. Entendí lo que quiso decir. Cerré la puerta. Regresé a mi escritorio, abrí mi cuaderno y con la goma del lápiz concienzudamente borré lo tocante a su persona, primero su nombre, luego sus características físicas. En la calle, Thierry caminaba hacia el puerto. Bajo la luz de las farolas, ante la vista de los peatones, comenzó a desmoronarse dejando polvo de Thierry en cada esquina. Por último, borré sus sentimientos. No está bien que los sentimientos de un hombre le sobrevivan.

Ojalá estuvieras aquí.

Siempre, Max

Octubre 14

Adorada Liloo,

Anoche sólo di vueltas en la cama. Mi mente no deja de preguntar por qué tomaste la decisión de marcharte. ¿Por qué me dejaste, Liloo? ¿Por qué te fuiste? Ayer todo lo que vi en el día careció de significado. No vas a creer lo que ocurrió. Los dirigentes del Partido detuvieron el tren y metieron a los hijos de los inmigrantes en sus vagones. Entraban a las casas y les arrebataban a sus hijos. Los gemidos de las mujeres y sus hombres interrumpieron mi concentración, así que salí y me encontré al señor Garrick, ¿te acuerdas de él? Un cuarentón apergaminado que se ganaba la vida contando chistes en la Plaza de la Libertad, o haciendo bromas y malabares. Siempre reías de sus sarcasmos, aunque a mí me parecían vulgares y hasta sosos. Los del Partido entraron a su casa y tomaron a sus tres hijos, quienes se habían escondido debajo de sus camas. El mayor, de diez años, hizo lo que pudo por defender a sus hermanitos, arrojándoles floreros y vasijas, incluso juguetes. ¿Por qué te fuiste, Liloo? Cuando le avisaron, el señor Garrick llegó corriendo desde la plaza. Suplicó invocando los tres pilares de la República: justicia, equidad y creo que justicia otra vez. Apiadándose de él, yo creo que por ver cómo el sudor arruinaba su maquillaje, el militante encargado de la operación le propuso un trato: “Cuéntame un chiste por cada uno de tus hijos. Si logras hacerme reír, dejaré que permanezcan contigo un año más.” Si hubieras podido ver en ese momento al señor Garrick, amor, te habrías convencido de que no soy el hombre peor vestido de la ciudad. Frotándose las manos, cerró los ojos y habló. Ignoro hasta ahora qué fue lo que le hacía tartamudear, tal vez fuera el sol, que a esas horas producía un calor calcinante, o la concurrencia de mujeres lloronas, que como chacales aguardaban a que el pobre hombre lograra el milagro de salvar a sus propios hijos para que multiplicara los chascos en aras de salvar a los ajenos. Pero él no estaba en sus mejores momentos. Las pausas innecesarias entre palabras restaban efecto, y cuando terminó de contar el primer chiste, el militante negó con la cabeza. De inmediato, dos miembros del partido tomaron al menor de los tres hijos, Jacobo, y lo arrojaron al interior de uno de los vagones ante la mirada horrorizada del señor Garrick. ¿No me decías, Liloo, que jamás me abandonarías? El militante miró su reloj y el cuentachistes recitó aprisa y sin gracia una anécdota que, reconozco, hubiese resultado graciosa en otras circunstancias. Pero ahí, con los adoquines ardientes quemándole las plantas de los pies, fue como si pronunciara el contenido de un frasco de conservas. Al terminar, de la turba surgieron algunas risas y una chispa de esperanza iluminó el rostro del arlequín. Por toda respuesta, sin embargo, el militante del Partido miró al cielo emitiendo un contagioso bostezo. El bufón tembló. Sabía que su fracaso condenaba a la oscuridad del último furgón a Sumya, la niña de ocho años. Garrick gimió “perdón, perdóname hijita, perdón…” ¿De eso se trata tu ausencia, Liloo? ¿Debo suplicar por tu perdón para que vuelvas? Anunciando la hora de partir, el silbato del tren estremeció a la muchedumbre que para entonces se hallaba sumida en un pavoroso embotamiento. Las lágrimas del hombre se evaporaban apenas tocaban el suelo y cuando se atrevió finalmente a contar el tercer chiste, la represa en sus ojos había cedido a un lloriqueo frenético. Delante de mí y de decenas de personas, dijo palabras sin sentirlas que se escuchaban afónicas debido al llanto atrapado en su garganta. Con ambas manos arrancaba los mocos de su nariz. Una fuerza invisible le obligó a doblar las rodillas y, sobre el suelo, guardó silencio. Todos callamos. Recuerdo que podía escucharse el aleteo de las palomas despegando del campanario. Levanté la mirada para ver a los gendarmes arrastrar al mayor de los hijos, Cyska, hacia el tren, cuando un sonido inesperado los hizo detenerse. Era la risa del militante del Partido quien, señalando burlonamente el cuerpo compungido de Garrick, no paraba de reír. La miseria del desafortunado payaso significaba una placentera pausa en el ajetreado día del militar. Contagiados por la alegría de su superior, los gendarmes soltaron al muchacho que corrió a abrazar a su padre. El silbato sonó por segunda y última ocasión. Poniéndose en marcha, el tren abandonó la ciudad perseguido por hombres y mujeres que suplicaban y lanzaban conjuras contra los villanos que les robaban a sus niños. La calle quedó vacía, salvo por la ruina que era el señor Garrick y su hijo mayor, quienes, amalgamados en un abrazo, semejaban un monumento al naufragio. Cuando quise enviarte la carta que te escribí la noche anterior, la oficina postal estaba cerrada. Todos perdimos algo el día de ayer.

Max


Diciembre 18

Adorada Liloo,

No tenerte me ha convertido en una sombra desdibujada y sonámbula. Emprendo de noche largas caminatas en las que pretendo imaginar el lugar en dónde estás, con quién estás. Las piedras de río que colman las veredas de este pueblo, que bien pudieran ser islas o países extraños, me han escuchado maldecirte una y otra y otra vez, pero lo cierto es que si al doblar la esquina de pronto te encontrara, me sujetaría a ti con todas mis extremidades para nunca más dejarte ir. En esas caminatas me ocurren las cosas más extrañas. No me lo vas a creer. Anoche, sintiendo la brisa del océano invadiéndome los poros, llegó una música triste que rebotaba en las paredes y en las tejas, subía y bajaba, despacio, enredándose en las ramas, para después girar alrededor de las farolas y las ventanas entreabiertas de casas oscuras. Hubiera podido asegurar que provenía de la luna cesante, pero al llegar al atrio de la vieja iglesia me encontré con un viejo que tocaba una flauta. Apenas tenía cabello y la piel de sus brazos y rostro le colgaba como un traje que le viniera grande. De su instrumento brotaba esa negra melancolía, cuyo canto endémico no le daba tregua a mi alma, más bien parecía invitarla a hundirse olvidándose de todo propósito. Al verme, dejó de tocar. “Algo estoy haciendo mal,” dijo. “He tocado y tocado durante noches enteras y no consigo que el fantasma de mi primera esposa deje de importunarme. Me platica mientras labro el campo y se me aparece en la casa a todas horas. ¡Mírala! ¡Se ríe de mí! Lo peor es que mi segunda esposa ha amenazado con dejarme si no lo ahuyento de una vez por todas. Dime tú, que con tu arte has apaciguado a hechiceras y lagartos, ¿qué hace falta para convencer a su espíritu de cruzar irrevocablemente el umbral hacia el otro mundo dejándonos a los vivos disfrutar el poco tiempo que nos queda?” ¿Cómo explicarle al viejo, Liloo, que si la suma de todas mis palabras no te convencieron de quedarte, menos podría convencer a un alma necia de marcharse? ¿Serviría mostrarle mis cuadernos baldíos como alas rotas, mi léxico malogrado y estéril, la tinta impaciente y caduca? “Supongo que la más bella de las artes podría mostrarle el camino al lugar al que pertenece,” expliqué. “Debes convertir tus notas en vocablos, sólo así las puertas al inframundo se abrirán, dejándola entrar.” El viejo meneó la cabeza. “Únicamente sé de música. Si me ayudas en la transmutación te estaré por siempre agradecido.” Me extendió una hoja blanca y una minilla de carbón. Escribí entonces, Liloo, las palabras que en noches rabiosas te grito a puño y sangre rogándote que vuelvas, que me toques con tus ojos, que finalices con los labios esta escultura que dejaste inconclusa, que tu abrazo me salve del estrago. Palabras que conocen sólo quienes han bebido la savia de mil troncos ajados. Con mano temblorosa escribí nuestro alfabeto, el código simplista que nos hacía reír, esas tres palabras que todavía espero bajo mi almohada y que ya no te atreves a decir. Y mientras preparábamos pequeños rollos de papel para insertarlos en la flauta, se me ocurrió que tal vez no vuelves porque no encuentras el camino a casa, que tu extravío se debe a una ceguera del alma, que te encuentras desolada, como yo, cuando te rodeas de silencio. Con anhelo radiante, el viejo sopló por la boquilla de su instrumento produciendo un sonido sordo y torpe, un carraspeo que no conmovió a nadie. Lo intentó de nuevo. Nada. Otra vez. Lo mismo. El fantasma de la mujer permanecía de pie. Marchándome del lugar, apenas atisbé cómo arrojaba el viejo, gruñendo en frustración, la flauta al fuego. Muchos pasos después, casi llegando a casa, noté que por encima de los tejados un vaho escarlata que llegaba de la iglesia se deslizaba acarreando un murmullo. Afinando el oído, reconocí la música del viejo, pero diferente. Por debajo de las notas percibí un susurro tenue procedente de las entrañas, desde ese punto que los médicos no se atreven a tocar y que los poetas no saben qué nombre darle. Ocurrió entonces la cosa más extraña. ¡No me lo vas a creer! En un segundo, las puertas y ventanas de casas aledañas se abrieron una por una, y a través de ellas vi hombres y mujeres corriendo a escobazos a los fantasmas de sus antepasados, quienes, perversos, habían vuelto desde el más allá para contarles que la vida es una tonada interpretada por un insensato a la que bailan idiotas y vacuos por igual. Me eché en cuclillas sobre nuestro jardín. ¿No lo sabes, Liloo? Ácaros rebosan donde alguna vez sembraste orquídeas.

Regresa,

Max

Exhausto de ánimo, Max cerró el cuaderno. Cubriéndose los hombros con el abrigo, salió a la calle y echó a andar hacia la tienda de antigüedades. Recogió un envoltorio y subió por el camino que lleva a la casa de los padres de Liloo. Tiró de la cuerda y siete cascabeles anunciaron su llegada. Tras unos segundos, una mujer entrada en años apareció.
“Traigo un regalo para Liloo,” dijo Max extendiendo el envoltorio. Con ojos vidriosos, la madre abrió el paquete.
“Es una aguja imantada,” explicó él. “La punta negra siempre apunta hacia donde me encuentro yo. Así sabrá ella cómo encontrarme.”
Una lágrima cayó sobre el regalo inútil.
“Max, ¿qué no lo entiendes? Cada carta que envías, cada vez que nos visitas, es una daga que nos traspasa el corazón. Han pasado diez años desde la muerte de Liloo, y con tus palabras nos recuerdas la terrible soledad que siguió a su muerte y la tristeza de saberla ida. Te lo suplico, no escribas más, no vuelvas. Permite a lo irreparable continuar su curso natural.”
Dicho esto, la madre de Liloo cerró la puerta de un golpe, dejando a Max respirando una ausencia que jamás dejaría de pesarle. Volvió a su casa, dejó el abrigo caer sobre el suelo. Abrió su cuaderno y con mano firme comenzó:

Febrero 13

Querida Liloo,

No vas a creer lo que acaba de ocurrirme. La cosa más extraña…

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martes 16 de agosto de 2011

Para empezar


Poco o ningún reconocimiento daba a las canciones de este artista, hasta que llegaste a la casa y me dedicaste este video.

domingo 7 de agosto de 2011

VIVIR SIN GLORIA

Sobre la tierra, un navío
como promesa largamente anunciada
la nave de los locos ha partido.
La sonrisa de Dios sin hacerse esperar
La naturaleza finalmente encontrando
el por qué. 
Como si no fuera sorpresa
que dos corazones
pudieran quererse así

Vamos tú y yo
Tu nombre solo me vistió de Gloria
a pesar de las guerras perdidas
Pude al fin ver mi vida dibujada
sin heridas
Todos mis secretos en un libro
que sólo tú puedes leer

Sin conocernos nos reconocimos
Sobre este mar de necios
nos llegamos a tocar
¿Imaginaste alguna vez tocar el cielo?
¡Ay, amor! Le has enseñado
a un hombre a volar
Y ahora lo único imposible
es no querer estar aquí
¿Quién era yo antes de esto?
¿Cómo era yo antes de ti?
Me cuelgo de las palabras que
me dices
Me reinvento en las frases
que me haces decir
Con agua nueva has reescrito
mi historia
Vivir sin ti,
vivir sin Gloria,
sólo dime
¿Cómo pude?


Para Gloria Elizabeth

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miércoles 13 de julio de 2011

Curso-Taller de Guionismo para Cine

¿Cuántas veces hemos salido del cine y lo primero que pensamos es ‘yo pude haber escrito algo más interesante que la película que acabo de ver’? O llevamos en la cabeza una historia a la que continuamente le damos vueltas, seguros de que si tuviéramos el tiempo y los conocimientos adecuados podríamos escribir el guión de una película que resultaría interesante para los demás. ¿Cómo encontrar el tiempo para sentarme a escribir? ¿Dónde obtener los conocimientos y las herramientas necesarias para plasmar en papel la historia que llevo en la mente? ¿Puedo yo escribir el guión de una película que pueda producirse?

Durante los últimos meses he recibido sugerencias y peticiones por parte de lectores de La Tostadora de Pan TM y seguidores en twitter para abrir un curso que muestre de manera dinámica y concisa la manera de escribir guiones “que funcionen”, desde el diseño de una estructura dramática sólida, hasta la construcción de personajes verosímiles y, por qué no, memorables.

Misión cumplida.

Dirigido a personas con o sin experiencia en el arte de escribir un guión para largometraje, el Curso-Taller de Guión Cinematográfico combina elementos teóricos con la práctica, lo que permite al guionista conocer los principios que rigen la construcción de un guión sólido al tiempo que escribe su propio tratamiento.

El objetivo es que al final del curso el guionista haya escrito un primer tratamiento de guión listo para posteriores revisiones.

Si tienes duda de si vale la pena o no tomar un curso/taller en el que aprendas a poner en papel la historia que siempre has querido escribir, piensa qué tienen en común las películas que han encontrado un lugar especial en tu vida. ¿La respuesta? Alguien se tomó el tiempo de sentarse a escribirlas.

Impartido por: Alejandro Orozco (Max Blume)

Profesor en la Maestría de Guionismo de la Universidad Intercontinental y en la AMCI. Guionista de la serie “Cuentos para Solitarios” distribuida por Universal Channel. Escritor del largometraje “El Último Evangelio”, producido por NuFilm. Coguionista del largometraje “Creador de Divas: la Vida de Juan Orol”, ganador de la beca IMCINE para apoyo a escritura de guión, de la beca del Instituto Sundance para perfeccionamiento de guión, y de la beca “Alejandro Galindo” para perfeccionamiento de guión, auspiciada por la Sociedad de Directores e impartida por el Maestro Vicente Leñero. Escritor del libreto de la Ópera "Falling from the Rainbow", interpretada por músicos del Rotterdams Conservatorium y estrenada en Rotterdam, Holanda, 1999.

Si estás interesado en tomar el Curso-Taller de Guionismo para Cine, envía un email a:
elmismo@hotmail.com o max.blume.blog@gmail.com

lunes 4 de julio de 2011

Sin Nombre #Sábado

Hace 70,000 años, en un rincón del universo en donde no podía atisbarse la mínima chispa de luz, dos asteroides del tamaño de un puño se estrellaron, uno contra el otro, causando una explosión equivalente a la de 243 bombas atómicas. Ambos cuerpos celestes se desintegraron al instante y los fragmentos resultantes fueron expulsados hacia lugares remotos y desconocidos. Exactamente 812 pedazos de meteoro atravesaron en parvada constelaciones que aún no aparecen en los mapas trazados por navegantes y astrónomos, y algunos de ellos podrían haberse confundido con polvo de estrellas. Avanzaban a una velocidad superior a la de la luz, y conforme lo hacían, algunos se incrustaban en la superficie de planetas o cometas vagabundos; otros, devorados por la fuerza centrífuga, se desintegraron hasta desaparecer de la memoria del universo. Algunas decenas más, simplemente fueron tragadas por hoyos negros y enviadas a dimensiones de cuya existencia ni siquiera se llegará a sospechar. Los restantes, silenciosos y expectantes, siguieron su camino a través del tiempo y el espacio. El viaje hasta nuestro sistema solar les tomó miles de años. En su recorrido divisaron la vía láctea, Alfa Centauri, el Cinturón de Orión. Sobre las gélidas montañas de Plutón aterrizaron 29. De los 67 que quedaron, 18 se mezclaron entre los anillos de Saturno y 12 laceraron la cara oculta de la luna. Así, llegaron al planeta azul. Al entrar a la atmósfera terrestre, 31 se hicieron talco, 2 sobrevolaron Europa y 3 se perdieron entre las nubes de oriente. Convertido en una partícula del tamaño de una uña, el último de los fragmentos sobrevivientes a la colisión cayó en el continente americano. Los vientos de Alaska lo arrastraron hacia el sur y, más destino que suerte, fue empujado hacia un lugar más cálido. Vio, en su último viaje, el Jardín de los Dioses, el Gran Cañón, las luces de neón que inflaman las noches de Nevada, la Sierra Tarahumara… esquivó alas de águila y gotas de tormenta; subió y bajó al capricho de vientos alicios, y, finalmente, llegó a la ciudad en donde vivo. Bajó en la penumbra, inadvertido, y colándose tímidamente por la rendija de mi ventana cayó en mi hombro derecho justo en el momento en el que me moría por besar a Maribel.

10... 9... 8... 7...

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jueves 16 de junio de 2011

Un beso al pasado

Si me dieran un peso por cada vez que me preguntan '¿a quién se la escribiste?' ya tendría para mi viaje a Tailandia. Debo confesar que me gusta más esta versión ahora que cuando la escuchábamos en el radio allá por el '96.

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