miércoles, 17 de diciembre de 2014

Date a Girl who Reads

"You should date a girl who reads. Date a girl who reads. Date a girl who spends her money on books instead of clothes, who has problems with closet space because she has too many books. Date a girl who has a list of books she wants to read, who has had a library card since she was twelve.

Find a girl who reads. You’ll know that she does because she will always have an unread book in her bag. She’s the one lovingly looking over the shelves in the bookstore, the one who quietly cries out when she has found the book she wants. You see that weird chick sniffing the pages of an old book in a secondhand book shop? That’s the reader. They can never resist smelling the pages, especially when they are yellow and worn.

She’s the girl reading while waiting in that coffee shop down the street. If you take a peek at her mug, the non-dairy creamer is floating on top because she’s kind of engrossed already. Lost in a world of the author’s making. Sit down. She might give you a glare, as most girls who read do not like to be interrupted. Ask her if she likes the book.

Buy her another cup of coffee.

Let her know what you really think of Murakami. See if she got through the first chapter of Fellowship. Understand that if she says she understood James Joyce’s Ulysses she’s just saying that to sound intelligent. Ask her if she loves Alice or she would like to be Alice.

It’s easy to date a girl who reads. Give her books for her birthday, for Christmas, for anniversaries. Give her the gift of words, in poetry and in song. Give her Neruda, Pound, Sexton, Cummings. Let her know that you understand that words are love. Understand that she knows the difference between books and reality but by god, she’s going to try to make her life a little like her favorite book. It will never be your fault if she does.

She has to give it a shot somehow.

Lie to her. If she understands syntax, she will understand your need to lie. Behind words are other things: motivation, value, nuance, dialogue. It will not be the end of the world.

Fail her. Because a girl who reads knows that failure always leads up to the climax. Because girls who read understand that all things must come to end, but that you can always write a sequel. That you can begin again and again and still be the hero. That life is meant to have a villain or two.

Why be frightened of everything that you are not? Girls who read understand that people, like characters, develop. Except in the Twilight series.

If you find a girl who reads, keep her close. When you find her up at 2 AM clutching a book to her chest and weeping, make her a cup of tea and hold her. You may lose her for a couple of hours but she will always come back to you. She’ll talk as if the characters in the book are real, because for a while, they always are.

You will propose on a hot air balloon. Or during a rock concert. Or very casually next time she’s sick. Over Skype.

You will smile so hard you will wonder why your heart hasn’t burst and bled out all over your chest yet. You will write the story of your lives, have kids with strange names and even stranger tastes. She will introduce your children to the Cat in the Hat and Aslan, maybe in the same day. You will walk the winters of your old age together and she will recite Keats under her breath while you shake the snow off your boots.

Date a girl who reads because you deserve it. You deserve a girl who can give you the most colorful life imaginable. If you can only give her monotony, and stale hours and half-baked proposals, then you’re better off alone. If you want the world and the worlds beyond it, date a girl who reads.

Or better yet, date a girl who writes."

               
Rosemarie Urquico

domingo, 5 de octubre de 2014

Demasiado íntimo

Para Juan Carlos Montiel,
en recuerdo de las sesiones en la Torre Stark.
 
Su antipatía hacia el cuento había durado varias horas y no parecía desvanecerse con el paso del reloj. La trama aún daba vueltas en su cabeza y no se decidía a dar una opinión. Una voz en el traspatio de su mente le decía que el verdadero significado se hallaba oculto en medio de las palabras, un mensaje que aguardaba ser interpretado por un alma sensible. Pero Javier era un hombre práctico. A sus treinta y seis años, catorce de ellos dedicados a cuidar la contabilidad de una empresa minera, la conclusión que apaciguaba su mente era que si dos más dos no sumaban cuatro el proceso debía repetirse. Una columna para las sumas, otra para las restas. Dos más dos construían puentes, dos más dos sostenían edificios, dos más dos colocaron a un hombre en la luna. El mundo podría girar feliz sin el arte, sin las sensiblerías ociosas de pintores y poetas, y por supuesto, sin la aburrida e intrascendente danza contemporánea. Pero sin ingenieros, arquitectos o matemáticos, la humanidad viviría en la oscuridad, cincelando su evolución en las guanosas paredes de una cueva. Esta discusión generaba siempre controversia con Ana, distanciándolos al extremo de la ridiculez. Ahora, sin embargo, un saber esotérico e inaccesible se escondía del otro lado de las matemáticas. ¿Cuál era la trama del cuento? Javier removió los binóculos de sus ojos cansados, y levantándose de su escritorio contempló en silencio las gotas de agua sucia que caían por las tuberías del techo. Su lugar de trabajo era un umbrío cuchitril ubicado en el rincón más olvidado de las catacumbas. Así le llamaban quienes trabajaban en la superficie, en los pisos superiores del edificio inteligente, los ejecutivos de trajes impecables que ocupaban oficinas con vista a los jardines. Javier prefería trabajar en el sótano, donde sus defectos quedaran lejos de los juicios de la gente perfecta. Miró unos instantes las aspas del ventilador, intranquilo. Por absurdo que pareciera se sintió observado. Pero en las catacumbas no había un alma, tan solo la cucaracha de costumbre y el moribundo bonzai. Las letras que acababa de leer lo habían dejado inquieto. Maldito cuento, maldita Ana. La noche en que la conoció había estado intentando desprenderse del caos cotidiano, observando la belleza matemática de la Torre Godard. Resultaba pasmosa la sencillez con la que ½ ∫Hx ƒ2(x)dx – cte.(H – x) = ∫Hx xw(x)ƒ(x)dx sostenía el armazón contra la presión del viento. Había salido temprano de su oficina y recorrió la arbolada avenida que subía el monte. No había nubes ni luna y el clima era templado. Al llegar a la cima, la vio. La Torre brillaba como una aguja templaria hermosa e impoluta que rasguñaba el cielo invernal. Ensamblada con milimétrica precisión, era un monumento al ingenio humano, y al mirarla con detenimiento Javier rescataba la esperanza de que en medio de la entropía existiera un orden: su alma resentida se reconciliaba con el universo. Permanecería toda la noche delante de ella, suspirando. Desgraciadamente, su plan se vino abajo cuando una mujer rubia y menuda apareció sentada en su banca predilecta. Con penosa amabilidad, él le pidió que se moviera, más abajo había otras bancas desocupadas; por toda respuesta, ella abrió su termo y le ofreció té de anís. Su nombre era Ana y estudiaba semiótica. Y no, no encontraba como él placer en las barras de hierro unidas con tornillos de cobre, sino en imaginar las vidas de los hombres que la construyeron. Ella creía en mito y magia, en las invisibles respiraciones del arcano, en que el universo languidecía en incomprensibles planos superpuestos que sólo el Gran Arquitecto podía discernir. Necesito sentarme en esa banca. No te la cederé, pero si quieres podemos compartir el césped. De eso habían transcurrido ya cinco meses. Fue ella quien lo incitó a leer el cuento. Si estás preparado para cambiar tu concepción de cuanto te rodea, justo cuando termines de leerlo repite tres veces la pregunta que más inquieta a tu alma. Te dirá lo que debes saber. Ahora Javier miraba el ventilador. Alguien me está observando, murmuró registrando una grieta en el techo. ¿Y si ella tenía razón en asegurar que dos más dos no siempre producían un cuatro? ¿Habrá algo más de lo que hay? Regresó a su escritorio. Miró las páginas escritas con tinta negra y, más por morbosa curiosidad que por otra cosa, negando con la cabeza hizo la pregunta una vez, y luego dos, y finalmente tres. Cuando Javier se percató de lo que estaba sucediendo ya era demasiado tarde.
                Primero fueron las plumas, las bisagras y todos los objetos de metal; después fueron las teclas de su computadora que, separándose del tablero, volaron como proyectiles disparados hacia la puerta. Les siguieron los objetos de cristal: ceniceros, placas y el bulbo de la lámpara, todos temblando por un intenso movimiento telúrico que ocurría sólo en el sótano. Apenas pudo Javier esquivar la balacera de objetos, pues él mismo fue víctima de una atracción que ignoraba las imperantes reglas de la gravedad. Se sujetó cuanto pudo de la perilla de la puerta; sin embargo, la poderosa fuerza invisible lo levantó del suelo arrastrándolo hacia la superficie por los filosos escalones de concreto. Atravesando sin control el lobby del moderno edificio, Javier fue succionado hacia el vacío de la noche. Presa de una angustia indescriptible, voló contra su voluntad sobre casas, automóviles, parques y la torre metálica que tanto amaba. Finalmente se detuvo en la zona vieja de la ciudad, sobre una bellísima explanada pavimentada con piedras grises de río. Ante el asombro de transeúntes y automovilistas que se detenían a preguntarle qué hacía allá arriba, Javier flotaba. No es normal, argumentó una pareja de ancianos, quienes temieron que pudiera tratarse del inicio de una nueva epidemia. Bajo un farol, un perro ladró. Javier decidió concentrarse en encontrar una explicación lógica al problema que le aquejaba. Estuvo a punto de darse por vencido, cuando observó un cuerpo volando rápidamente hacia él. Era Ana. Terminé el cuento, confesó Javier sintiéndose obvio. No entendí algunas partes. Entendiste lo suficiente, dijo ella sonrojándose mientras se mecía junto a él encima de cientos de cabezas incrédulas. ¿Ahora qué sigue? No lo sé. Un oficial de policía les ordenó bajar, pues estaban conmocionando el tráfico. Pero ni Ana ni Javier supieron cómo. Así que flotaron y flotaron durante horas, las piernas de ambos pataleando por miedo a caer si no lo hacían. Los ancianos preguntaron cómo se habían metido en ese lío, y Javier contó a partir del momento en el que abrió el cuaderno y había comenzado a leer, lo estúpido que se había sentido al formular la pregunta, y el penoso instante en que ahora se encontraban, sin encontrar la causa para aquella singular levitación. ¿Ya intentaste besarla?, preguntó un taxista a todas luces molesto por el tráfico. De su chamarra de pana, el hombre sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno. ¡Bésala!, gritaron varios. A Javier de los nervios se le erizó el corazón. Sintió la mirada tierna de Ana acariciándole los labios, de los que tímidamente manaron las palabras dos más dos. Aceptando lo que pudiera ocurrir, la besó. O se besaron, da igual. Lo que Javier sintió fue lo opuesto a lo que hubiera podido esperar: una pesadez en los muslos y en los huesos, como si de sus tobillos colgara un yunque infame que lo jalara hacia abajo. Hombre y mujer se desplomaron hacia el suelo, estrellándose contra el pavimento. En un segundo, las nubes perdieron su aureola de fuego y la vida recuperó su curso ordinario. ¿Qué pasó? Todavía adolorido por el golpe, Javier ayudó a Ana a levantarse. Ella se sacudió el polvo de la ropa, remarcó el contorno de sus labios con labial rojo, y exclamó pensé que tú serías el indicado. Sin darle a Javier tiempo para razonar, dio la media vuelta y se marchó perdiéndose en el tráfico. Aturdido y estupefacto, Javier no alcanzaba a darle a las variables de la ecuación los valores correctos para obtener el resultado justo. Esto es absurdo, se repetía una y otra vez. No tiene sentido. Levantó los ojos y se encontró con la fachada de un restaurante que a esas horas de la mañana abría sus puertas. En el letrero, la figura de un pez. Javier entró y pidió un café. Permaneció sentado en la barra con la mirada anclada a una mancha líquida de color extraño. El ambiente presagiaba un funeral celta, el fin de todas las primaveras. Tú eres el de las noticias, dijo la mesera colocando la taza frente a él. ¿Qué se siente volar por amor? Era una criatura castaña, de profundos ojos marrones y nariz regular. Javier dio un sorbo y reclamó este café está frío. Fue como si ella anticipara aquella reacción, pues mecánicamente lo tomó de la mano, y mirándolo con ojos de bienvenida le sonrió. Inesperadamente, introdujo el dedo en la bebida, y Javier observó un efluvio transparente que ascendía hacia la lámpara, seguido inmediatamente por decenas de burbujas que explotaban en la superficie del café. Oye, dijo ella acercándose a su oído, no tiene que ser exacto para que sea perfecto. ¿Por qué?, preguntó él. ¿Todo esto, qué significa? Ella retiró el dedo hirviente de la taza y acarició su mejilla con él. La excitación que había sentido mientras volaba en el aire de nuevo estaba ahí, y por primera vez en su vida Javier tuvo la certeza de estar en el lugar correcto. Dejó que la inercia del momento disipara sus dudas y, decidido a sujetarse del momento como haría un náufrago, inclinó su rostro hacia adelante. Sin embargo, cuando estuvo a punto de besarla, la mesera colocó una mano entre ambos. ¿Qué suce…? ¡Shhh! Un silencio ominoso contaminó el lugar. Permanecieron inmóviles por muchos segundos, mirando alrededor repetidas veces. La castaña cabellera de la mesera se meneaba al tiempo que su cabeza se movía frenéticamente, buscando, y en su paranoia Javier notó un miedo que no debía estar ahí. Ella miró debajo de las mesas, en el techo, en el espejo. No puedo continuar, murmuró entonces, alarmada. Es peligroso. ¡Pero necesito saber!, suplicó Javier. No, no hasta que dejen de observarnos. Debe de tratarse de un error, pensó Ibrahim deslizando obsesivamente su dedo sobre la pantalla de la tablet. Los renglones subían y bajaban, pero no había nada que hacer. El cuento terminaba así, abruptamente, sin ofrecer mayor evidencia acerca de lo que había importunado a los dos amantes. Era cierto que la ficción no le atraía (personalmente ni siquiera le gustaba leer), pero esa historia se había ido introduciendo en su mente de una manera oscura y perversa, como si las palabras fueran exclusivamente para él y nadie más. A medida que avanzaba en su lectura, las frases habían ido anidándose en ese hueco que desde hacía años había hecho de su corazón un hogar. Desde abajo llegaban las risas infantiles de la fiesta, pero decidiendo ignorarlas, Ibrahim dio vueltas por su recámara intentando dar con la explicación al cómo era posible que un simple cuento inconcluso pudiera tan exitosamente poner en relieve aquella terrible soledad. Sácame de aquí, dijo a la misma de siempre, a nadie. ¿Cómo sigues con tu vida cuando la vida ya no quiere seguir contigo? Alguien llamó a la puerta. Eréndira le dijo que el mago había llegado y que a Jorgito le encantaría que estuviera con él. Voy, dijo Ibrahim. Salió de la recámara y bajó las escaleras hacia el monótono mundo de costumbre.
                En el patio, Jorgito, su sobrino, lo abrazó. Gracias, tío Ibra, es la mejor fiesta del mundo. Aunque no aprobaba su modo de ganarse la vida, Eréndira se mostraba bastante indulgente al momento de pedirle dinero, especialmente cuando se trataba de su hijo. Va a ser el cumpleaños de Jorgito, y pues ya sabes cuánto te quiere tu sobrino. Haz la fiesta en mi casa, yo me encargo de todo. El dinero que recibía Ibrahim por las entregas que realizaba cada mes era suficiente para mantener su caro nivel de vida, y el de su hermana. Justo aquella noche debía realizar una más. Era un asunto peligroso, pero vivir en la clandestinidad era para él una violenta adicción. Un día de estos te van a matar, le dijo Eréndira alguna vez, o peor aún, vas a vivir más que nosotros, pero solo. No mientras tenga dinero, pensó Ibrahim viendo a los papás de los niños disfrutar de la comida y del alcohol que tan generosamente había dispuesto para la fiesta. En el centro de un semicírculo formado por niños gritones, el mago y su asistente armaron su equipo de trabajo. Un atril, una caja de madera pintada de negro con estrellas fosforescentes, un aro. Los trucos de previstos. Figuras con globos, la paloma en el sombrero, exclamaciones de asombro, dulces. A Ibrahim de pronto se le ocurrió la loca idea de que el responsable de que los amantes del cuento no hubieran podido besarse había sido él y que, al apagar la tablet, finalmente habían encontrado la manera de concluir el beso. Estúpido, pensó. Aplausos de los niños cuando el mago adivinó que la carta en la mente de Jorgito era el as de espadas. Los personajes ficticios no continúan con sus vidas una vez que se cierra el libro. Estuvo a punto de regresar a su recámara cuando atisbó, recargada en la puerta de la cocina, a una mujer pelirroja de ojos verdes. Era hermosa. Entonces se reclinó contra la pared y contempló su inusual belleza por largos minutos. El espectáculo proseguía con aburrida linealidad, hasta que el mago pidió a su divina asistente que entrara dentro de la caja de madera. Por supuesto, la escuálida mujer desaparecería y aparecería ante el encanto de los molestos infantes. Mientras tanto, la pelirroja sorbía de un vaso de plástico transparente mientras observaba, divertida, al mago cretino cerrando la puerta de la caja. El hombre pidió silencio, luego, tras recitar unas curiosas palabras mágicas, instruyó a los niños en el arte de reproducir con la boca un redoble de tambores. El mago abrió la caja, y ante el asombro de los presentes, la asistente no únicamente había desaparecido, sino que había sido sustituida por un desconocido. Debió de tratarse de un error monumental, pues al mago del susto se le cayó la quijada. Era un niño pequeño, de aproximadamente seis años de edad, con la mirada más tierna y desamparada que Ibrahim había visto. Por unos segundos se vio perdido. De pronto, al reconocer a una mujer entre la concurrencia, la esperanza iluminó su pequeño rostro. ¿Quién eres?, demandó el mago perdiendo de pronto su acento macedónico. ¿Quién osa burlarse de Manua El Grande? Sin atender al reclamo, el niño se aventuró entre las sillas ocupadas por mirones hasta llegar al rincón que ocupaba la mujer de pelo rojo. No lo hagas, dijo con su voz infantil. No te vayas a casar. Nerviosa, la mujer lo miró. El resto comenzó a reír. Qué mala broma, respondió ella recriminándole al mago la mala pasada. No, escucha, no te cases. Te lo suplico. Para Ibrahim, sin embargo, aquello tenía un dejo de macabra familiaridad. El niño manoteaba incesantemente, con miedo. Yo te conozco. La silbatina del público no se hizo esperar; abucheaban a Manua El Grande responsabilizándolo del pesado y aburrido truco. Los niños se pararon y comenzaron a perseguirse entre ellos, unos preguntando a qué hora partirían la piñata. Me contaste que aquí lo conociste, en la fiesta de Jorgito, mi primo. Dijiste que te invitó a salir y que seis meses después te casaste con él. Niño, basta. ¡Escucha! Tu nombre es Renata, tienes veintidós años y tienes un lunar en forma de media luna en la espalda. Tú eres mi mamá. Dijiste que te sentías sola y que él te conquistó. Te llevaba serenatas y regalos carísimos. Alquiló un yate y te propuso matrimonio en mar abierto. Me dijiste que esa fue la última vez que lloraste de felicidad. Nada de eso ha pasado, me confundes. Va a pasar. Por unos cortos meses serás feliz. Pero la policía no va a detener los golpes porque la policía trabaja para él. Y tú no vas a saber cómo protegerme. Sus ojos se humedecieron, y ella, Renata, tuvo miedo. ¿A quién te dije que conocí en esta fiesta? Temblando de pánico, el niño señaló a Ibrahim. Por favor, ya no dejes que se me acerque. Instintivamente, Renata lo abrazó contra su pecho. Te juro por mi vida que nadie volverá a lastimarte. Desprendiéndose, el niño regresó lentamente hacia la caja de madera. Cuando la asistente de Manua reapareció, el niño se había desvanecido. Sin decir absolutamente nada, Renata tomó su bolso y salió de la casa de Ibrahim.
                La fiesta terminó antes de lo previsto dejando en los invitados un agrio sabor en la boca. Las familias fueron despidiéndose de Eréndira, que avergonzada repartía bolsas de dulces a los niños que se iban. ¿Quién invitó a ese niño? No lo sé, Jorgito. ¡Fue la peor fiesta de todas! ¿Por qué se fue Renata? Ibrahim miraba el patio vaciarse desde la ventana de su estudio. Como ungüento podrido, una ansiedad particular le recorría el cuerpo, la sentencia de que su vida no tendría un mejor porvenir. El recuerdo del niño aquel, el que lo había señalado delante de todos, le mordía las partes sensibles del cuerpo; Ibrahim se sintió acosado y estúpido a la vez: era cierto que nadie escapaba de las acusaciones de su propia conciencia, pero ¿debería dejarse atormentar por acciones que no había cometido? El mensaje en su celular le indicó que era hora de entregar la mercancía. Se puso el saco, revisó que su arma estuviera cargada. Metió la maleta de cuero en la cajuela y arrancó. La operación era simple. Llevar el paquete al puente del Distrito C19, entregarlo personalmente a Hunz Nuye, el mafioso del corazón oxidado, recibir los dos contenedores de plástico anticorrosivo y guardarlos en su casa hasta escuchar nuevas instrucciones. Si algo salía mal, Ibrahim contaba con su habilidad para salir de problemas a punta de balazos. Subió a su auto y arrancó. Atravesó la Ciudad Vieja acompañado de las brumosas farolas que custodiaban la noche. Encendió la radio, pero en vez de tranquilizarse una rabia inexplicable comenzó a hervirle en la sangre. La cara del niño, arrogantemente familiar, era un puñetazo en la frente. Lo había expuesto delante de sus invitados, y peor que eso, lo había hecho sentir vulnerable. En el primer semáforo la furia era ya incontenible. Deseó averiguar su paradero y sacarle a golpes la verdad, ¿quién eres? Pero sobretodo, ¿cómo te atreves? ¡Y la reacción de la mujer! ¿Quién se creía para desairarlo en su propia…? Inesperadamente, algo en su interior se sintió pavorosamente incorrecto; un deja vú demente y profético que anunciaba una vertiginosa caída hacia su perdición. Intentando ignorar la advertencia, Ibrahim aceleró hasta el fondo sin darse cuenta de que llevaba varios minutos murmurando vivirás más que nosotros, pero solo. Al llegar al punto de encuentro, se estacionó a unos cuantos metros de los tres vehículos que ya lo esperaban. Rodeado de hombres con ametralladoras, Hunz Nuye fumaba impacientemente, la luciérnaga en sus labios iluminando la terrible cicatriz que le partía el rostro a la mitad. Conteniendo el nerviosismo, Ibrahim tomó el paquete. Estaba a punto de abrir la puerta cuando una fuerza cósmica lo hizo cambiar de opinión. Ante las miradas atónitas de Nuye y sus hombres, Ibrahim encendió de nuevo el auto y arrancó. Los rechinidos de las llantas no se hicieron esperar; por el retrovisor, Ibra vio los tres autos persiguiéndolo. Aceleró y en la esquina de una escuela casi pierde el control de su vehículo. Tomó su teléfono y marcó el número de su hermana. Soy yo, necesito el teléfono de Renata. ¡No me importan los demás invitados! ¡Pásame su número ahora! ¡Carajo! Colgó furiosamente sin despegar la vista de la calle. Detrás, Hunz Nuye se aproximaba velozmente. Por la ventana, uno de sus hombres abrió fuego. El medallón trasero explotó con el impacto de las balas, las cuales rozaron su cabeza más de una vez. Ibrahim dobló a la izquierda y se arriesgó dentro del Túnel 22ª. Ahí continuó esquivando faros de automóviles y balas. La pantalla de su celular se iluminó con un mensaje de su hermana: 97 22 2358 55. Como si aquellos diez dígitos fueran el oxígeno que necesitaba, Ibrahim dirigió deliberadamente el volante hacia la baranda del túnel. Al chocar contra el riel de acero, su auto dio varias volteretas en el aire hasta caer violentamente en el río. Nuye y sus hombres dispararon hacia el agua, pero la única respuesta que obtuvieron fue el eructo del río mientras se tragaba el coche de Ibrahim.
                Con las ropas empapadas, Ibra deambuló por las calles oscuras hasta estar seguro de que nadie lo seguía. Del otro lado de la acera, encontró un pequeño local con la figura de un pez en el toldo. Le llamó la atención que en el interior no hubiera nadie. Las mesas estaban sucias: platos con restos de comida, cigarros humeantes en los ceniceros, música lounge en los altavoces. Al fondo, cerca de los baños, encontró un teléfono de monedas. Con inusitado nerviosismo marcó el número que había logrado memorizar y aguardó. Debido a las caóticas circunstancias no había tenido tiempo de pensar exactamente lo que diría cuando le contestaran. Beep. Ese niño. Beep. Tan devastado, tan familiar. Beep. ¿Bueno? ¿Renata? Soy Ibrahim. Silencio. ¿Quién te dio mi número? No tengo mucho tiempo. Hay algo que debo decirte. Ibrahim, no creo que sea conveniente. No, escucha, sé que piensas que ya sabes todo de mí, pero no es así. Hoy ocurrió algo, ese niño. ¿Qué hay con él? Te juro por mi vida que… Ibrahim se detuvo. ¿Bueno? Espera. Volteando hacia todas direcciones, Ibrahim guardó silencio por unos segundos. Dejando el auricular columpiándose, desenfundó su arma. Lo único que podía escucharse en el local, además de la onírica música de fondo, eran las gotas de una lluvia insana que había comenzado a caer momentos antes. Por todo, el lugar permanecía desierto. Ibrahim dio unos pasos hacia la barra, luego, hacia la zona de no fumadores, con la pistola siempre apuntando hacia adelante. Volteó hacia la derecha, hacia la izquierda, y finalmente hacia arriba, momento en el que estuve seguro de que había notado la presencia omnisciente y perversa. Por favor, dijo sin bajar el arma, déjame quedarme con ella. Puedo cambiar. Mientras hablaba a la oscuridad, siempre cuidándose las espaldas, regresó cautelosamente al teléfono. Puedo quererla, y a él también. Ibrahim levantó el auricular, y cerrando los ojos como si fueran puños, exclamó: ¿Renata? Y del otro lado: sigo aquí. Y no dijo más. Permaneció atrapado en un silencio expectante, como si aquello demasiado íntimo que deseaba revelar no pudiera ser escuchado por nadie más que por ella; por nadie, mucho menos por mí. Por mi parte, con apesadumbrado respeto permanecí con la mirada concentrada en la pantalla de mi laptop, en el cursor que contrariado parpadeaba justo a un lado de la última palabra que acababa de escribir. No tecleé más, sólo podía pensar en el futuro de Ibrahim, en las palabras que debía de usar para convencer a Renata de que aún los hombres con violentos pasados podían escoger un camino diferente, y que los escritores podemos dotar a nuestros personajes de un albedrío que jamás conoceremos. Determinado a no saber más, apagué la máquina sellando así su inconcluso destino.
                El ruido de hombres borrachos y música estridente proveniente de la parte baja del local rompieron mi concentración. Pero eso ya lo sabes. También sabes que Gerardo está llamando a mi puerta y con voz temerosa dice están todos aquí, ya es hora. Echo un último vistazo a la habitación donde me encuentro, a las fotos de tiempos antiguos, la foto en la que aparezco sosteniendo a un niño de dos años. Me pongo de pie y bajo por las escaleras. Mis amigos me reciben con risas y aplausos. Hay otros hombres que no conozco. Las mesas han sido apartadas y únicamente permanece una, con cuatro sillas alrededor. En la barra se encuentra Mercedes sirviendo tragos y recibiendo apuestas. Hoy no me siento con suerte. Estoy seguro de que hoy, antes de que termines de leer esta parte de la historia, estaré muerto. Después de unos minutos de plática superflua, tomamos nuestros lugares. Rodrigo, el contador al que en Junio pasado detectaron cáncer en el páncreas: si sobrevive a esta noche, sus ganancias serán para garantizar la educación de su hijo. Rosa, la joven drogadicta capaz de morir literalmente por formar un grupo de rock, y un viejo sacerdote jesuita de nombre Samuel. Rodeándonos veo a una treintena de personas, algunos conocidos, todos aves de rapiña. ¿Terminaste de escribir tu cuento?, pregunta Rosa mientras nos sentamos. Su rostro palidece aún más bajo la mórbida luz amarillenta de las lámparas. Sus uñas mordisqueadas trazan nerviosamente el logotipo del local, un pez azul laqueado en el centro de la mesa. , respondo indiferente. Cada jueves es lo mismo. Los gritos son estridentes, molestos. Finalmente, con una diligencia adquirida por meses de práctica, Gerardo se aproxima con una caja de madera. Cae el silencio. Tras abrirla, coloca el arma sobre la mesa. El primero en sudar es el jesuita. Desde el fondo llega mi nombre coreado por voces ebrias. Mis manos transpiran, mi corazón es un motor. Cuando veo a Rodrigo ya está temblando con un terror indecible que se apodera de su cuerpo. Es jueves en la noche, alguien va a morir. En el sorteo es precisamente Rodrigo quien debe comenzar. Inadvertidamente, Rosa llora, pero la pena por retirarse de la mesa es severa, así que permanece sentada mirándome con ojos suplicantes. Yo me mantengo ajeno al éxtasis y al miedo; esta dolorosa melancolía me aísla, me devora, consumiéndome como una bala que se toma su tiempo para pulverizar órganos y tejidos. Rodrigo levanta la pistola y la sujeta contra la sien. Su pecho se agita en espasmos, dedo en el gatillo, su mano tiembla: grita mientras cierra los ojos. Y dispara. La detonación genera más conmoción. Una lámpara en el techo explota por el impacto de la bala. La gente abuchea. No puedo hacerlo, gime Rodrigo. Por favor, quiero irme a casa. Pienso en Ibrahim, me pregunto si habrá logrado explicarle a Renata que los hombres podemos cambiar... La cobardía de Rodrigo hace enfurecer a la audiencia. ¡Nadie puede romper el pacto!, grita Samuel encarándolo. Si acaso Renata entenderá… Samuel noquea a Rodrigo, la pistola cae de su mano, y al tocar el suelo se dispara otra vez. El local queda en silencio. Una segunda bala. Estoy acabado. Al principio todas las miradas caen sobre Gerardo, pero saben que él no actuaría sin mi consentimiento. Lentamente, Rodrigo se levanta. Abre la recámara y encuentra una tercera. Hijo de puta, dice sabiendo que alteré las probabilidades. Un miembro del público saca una navaja y con saña desmedida la clava varias veces en el costado derecho de Gerardo, quien cae sobre el suelo rodeado de su propia sangre. Se saben estafados. Samuel le arrebata la pistola a Rodrigo y me apunta, y tú que me lees te haces preguntas, quieres saber. Quiero contarte, existe un secreto, una respuesta. Pero necesito que te acerques con sumo cuidado; acércate a las palabras que estás leyendo. Hazlo, pero antes, shhhh, mira a tu alrededor, a todas partes, hacia arriba. Cuida que nadie te esté observando: esto que te digo es sideral, la consciencia misma del cuento. Aunque quisieras negarlo, sabes que perteneces en él.

jueves, 11 de septiembre de 2014

I can tell you about tonight

I’ve got a pad and a pen
and a silence unbroken
there’s a tamed hero
this side of the mirror
and I’ve always known
there’d be nights like this
I’ve got my Tolstoi near the ironboard
and a humming sound from under the fridge
There´s plenty of ghosts roaming the kitchen
a childhood memory drowned
Kerouac’s calling
Fitzgerald pushing
A mortal game
The ghost of my father
What of me he’d make?
It hurts, truly
I can’t lie anymore
I stare down the window
The hustlers down on Hope Street
The junkies and illiterate
The drivers and the sinners
That woman walking her dog
The world is spinning
for them even
It hurts, truly
The silence, the void
My own voice betrays me
when it bounces back, unfiltered
The bookshelves and the table and the bed
My own furniture giving advice
Live or leave
but I don’t know how to
And the breathing of the walls
The longing, the painful longing
for something taken from me
There´s a plan for every creature
except for me
I’m broken, unfairly forgotten
I stopped being sad
but I cry at fierce intervals
like death upon a graveyard
Let me tell you about tonight
the meaning of tonight
I know about the blackness
surrounding the stars
My soul is empty
my heart is dry
my name is Alone.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Deader than dead

Night and you’re not here
In the window a tender kiss of dew
A pagan tear swirling around
A cry of thunder
I’m going under –
you

Tracing curls of smoke
of a dying cigarrette
Raising half-drunk glasses
to the day we met

You’re not here
a shot in the back
I chase you through dumb blank pages
imagining and erasing you
a somberer shade of black

I can only kiss you
in my wet dream of wine
At this hour I find the courage
in the dark you’re always mine

And the bells for you they toll
fourty-four, all in all
With their echo my heart stretches its vein
as the night and I grow old --
in pain

You are here disguised in air
I try to reach you but you’re not there
Summoning the night, afraid of the day
None other but the cold white smoke
To answer the prayer

“Damned if you love her,
damned if you don’t”
A fool to dream of you
scared to wake up

This yearning devotion
will stay mute and unsaid
‘cause I know in the morning
I’ll be deader than dead

martes, 2 de septiembre de 2014

Katia es un país


La pregunta que se formulaba en su mente mientras escuchaba a su blind-date fanfarronear sobre viajes absurdos y conquistas ridículas era ¿por qué no puedo encontrar lo que estoy buscando? El sol del sábado se antojaba para una larga caminata en la plaza, y eso era precisamente lo que Katia estaría haciendo de no haber aceptado la invitación de aquel hombre insubstancial y acartonado. Bastante entrado en años, su mirada le recordaba a uno de esos templates genéricos de power point. Pero Katia ya no podía darse el lujo de esperar. ¿No era esa la razón por la que había entrado a ese lugar de citas por internet? Años atrás hubiera jurado, por desesperada que estuviera, jamás buscar el amor en un medio rebosante de personas desesperadas. Sin embargo, la vida siempre le había regalado envolturas vacías. Detrás de cada anhelo sobrevenía una decepción, cada parcela de tierra terminaba infestada por la plaga. Y la plaga hace lo que sabe hacer mejor: minimizar. Katia lo había aprendido a punta de muertes, abandonos y traiciones, cada una un disparo a la bandera que nunca se atrevió a izar. Era una mujer hermosa, pero lo había olvidado. Más de una vez, la certeza de que si tenía poco se debía a que no merecía más se había vuelto el eslogan de su existencia. Se quería a sí misma, pero ya no sabía cómo demostrárselo. Para su cita con Míster Tecontéquetambiénsécocinar no se tomó la molestia de maquillarse. El cabello lo llevaba anudado en una apresurada cola de caballo muy casual. Un poco de rubor en las mejillas. El decoro le prohibió salir a la calle en pants y a punto estuvo de cancelar cuando su instinto beligerante le preguntó ¿estás muerta? ¿No? ¿Entonces? Ahora no sabía cómo ingeniárselas para abandonar la mesa del restaurante. El hombre hablaba pero sus intentos por ser elocuente no causaban el más mínimo impacto. Katia sintió pena por él. De alguna forma, pensó, todos hacemos lo posible por sobrevivir. Y es que permanecer en el planeta cuesta tanto, a veces. El precio que se paga por el derecho de piso merma, siempre. Tantas noches solitarias, tantas cenas para microondas, tantas fotos en facebook, donde la felicidad de sus amigas resultaba asfixiante. La herramienta de aquel hombre para sobrevivir era escribir cuentos, mismos que enviaba a Katia por correo. Así se conocieron. La amistad fue estrechándose hasta que ella accedió a salir a comer. A Katia le gustaban sus cuentos, en especial los que no tenían un final feliz. Curiosamente, al principio no le resultó tan desagradable la charla: el hombre había llegado puntual, su arreglo denotaba esmero, y la loción le pareció agradable. Fue cuando su inseguridad comenzó a volverse evidente que ella perdió el interés. Llegó el postre. Katia apenas había probado bocado, así que la idea del flan le pareció repulsiva. En ese momento ocurrió lo peor. Sin previo aviso, él sacó de su saco un estuche negro. Ante los ojos aterrorizados de ella, lo abrió despacio. Un instrumento de metal bañado en oro brilló.

- Toma – dijo él con timidez.

- ¿Qué es? – preguntó Katia tartamudeando.

- La llave de mi corazón.

- ¡No por favoooor! – quiso gritar Katia. ¿Podía el hombre ser más ridículo?

- Gra… cias – dijo finalmente.

                La llave se sentía ligera y sólida.

- Cuesta mucho – dijo él - ¿Sabes? Cuesta mucho decidirse dársela a alguien.

- ¿No estaría increíble? – preguntó ella absorta en los reflejos dorados de la llave – Que en realidad uno pudiera tener la llave del corazón de las personas.

                Él permaneció callado. Katia se había acostumbrado tanto a su voz monótona que ahora que guardaba silencio su mente regresó de donde quiera que hubiera ido. La mirada del hombre le pareció insultada, y ella no supo si pedir perdón por lo que acababa de decir.

- No sé  por qué lo dices.

- Esta llave sólo es un símbolo – explicó ella con tono molesto – Me refiero a que estaría incre…

                Katia se detuvo. Reclinándose hacia atrás, el hombre había abierto los botones de su camisa y ella veía ahora una cerradura de bronce atornillada en su pecho. Katia dudó. Aquella era la broma más perversa que le habían jugado. Dejando la llave sobre la mesa, se puso de pie con la intención de marcharse. De pronto, una extraña idea la obligó a detenerse. Tomando la llave nuevamente, la insertó en la ranura de metal. Girándola hacia la derecha escuchó un click… y el pecho del hombre se abrió.

                Lo que Katia encontró en la pequeña bóveda fue una madeja de objetos imprecisos. Al jalar el primero, descubrió que se trataba de un recetario para una blind-date exitosa: arréglate, compra una corbata nueva, perfúmate, trata de impresionarla aunque sea con exageraciones, ella lo vale; el siguiente objeto era un recordatorio cosido con hilo azul sobre una tela amarilla: no dejes de llamarle al viejo. Luego fotos de bicicletas, una carta de recomendación, una grabación en la que un jefe cruel le reclamaba por no haber entregado a tiempo cierto reporte; voces burlonas que le recordaban su timidez, una carta de amor a su maestra del sexto grado, una foto en la que un niño sonreía sobre los hombros de un hombre fornido, un funeral; el cheque de una revista por la compra de un cuento, otro cuento, luego cientos; la nota de un súper por una cena para microondas. La madeja iba deshaciéndose conforme Katia sustraía los objetos. Una chamarra de cuero con parches de equipos de futbol, un Ford Modelo T en miniatura, varios dibujos obscenos. Frases garabateadas con carbón, el espejo miente, karma y destino, acción y consecuencia, el perdón es a ti mismo. Y al final, Katia es un país. Presa de la curiosidad, Katia jaló un poco más. El carrete de objetos no cedía, como si de pronto no hubiera más. Pero ella necesitaba saber el significado de aquella frase. Se sintió engañada; de nuevo una envoltura vacía. Katia jaló con todas sus fuerzas, hasta que la retahíla volvió a brotar. El último de los objetos debió de estar conectado con los órganos, pues detrás de las frases comenzaron a salir las venas, el hígado, los ojos, el fémur, la tibia, los pulmones, en fin, todo lo que conformaba aquel ser humano. Cuando llegó al final de la cadena, tenía en sus manos una maraña indescifrable de todo lo que había constituido la vida del aburrido escritor de cuentos. El hombre había desaparecido. Las campanas de la iglesia repicaron y un perro ladró intolerante. Segundos después, el mesero se aproximó con la cuenta.

- ¿Qué sigue? – preguntó Katia con urgencia en la mirada.

- Me parece que debes buscarle a eso una envoltura – respondió el mesero.

                Acto seguido, limpió la mesa de platos, vasos y mantel. Pero se aseguró de no llevarse una diminuta llave de metal. A esa hora de la tarde brillaba como si estuviera hecha de oro.

lunes, 25 de agosto de 2014

A una mujer


Entras y parece que no estás. Nadie nota tu presencia en este lugar de caos de mesas y sillas, de  impersonales meseros que vienen y van, de mujeres arregladas para ser inolvidables aun a las nueve de la mañana; no se detienen la camaradería ni el cuchicheo, el sonido de tacones sobre el mosaico, ni los alimentos masticados con celeridad. No los culpo. De no ser por el silbido de luz que me hizo parpadear continuaría sumergido en mi día monocromático, en mis letras de siempre. Accidentalmente te vi entrar. Te seguí con la mirada hasta la barra. Te inclinaste hacia adelante ordenando cualquier cosa, tu voz perdiéndose anónima en el murmullo de la loza, en el canto chillón de las bisagras, en el siseo melancólico de mis páginas sombrías. La falda plisada te llegaba hasta el tobillo y lo que portabas no podría llamarse escote. La palidez de tu piel podría haberse difuminado en la espuma de la leche y tu cabello color tabaco no habría sido más que una adición a la sencilla arquitectura del ambiente, de no haber sido porque te noté. Existen mujeres cuya hermosura detiene el tráfico, que con un aleteo de pestañas ocasionan huracanes. Hay ojos, amiga, que provocan infartos. He sabido de hombres que mueren de desolación al quedar incinerados por atractivos incontenibles y lapidarios. Pero tu caso es distinto. Tú vienes del fondo de la Tierra, te forjaste a base de la sed del mundo, heredera de la belleza que se labra sólo con paciencia y que no sabe de extinción. No eres estruendo, sino racimo; no eres llamarada, sino luz. Eres, mujer, un rumor inquebrantable. Mirándote por un cortísimo instante logro descifrar la fórmula con la que fuiste diseñada. Lo tuyo proviene de una timidez genética que no tiene prisa, que no tiene meta. Es. Tú significas y tu significado es primordial. Alrededor de ti todo se apellida vulgar. Ahí tienes la razón por la cual nadie gira a mirarte: eres invisible para el ojo acostumbrado a lo banal. Por ti nadie cantará borracho, nadie intentará impresionarte gastando grandes sumas ni presumiendo carísimos estilos. Quien te descubra, sin embargo, jamás te dejará partir, pues para él la tuya será la belleza con la que el tiempo calibrará toda belleza. Para él reservas un jardín con idílicos volcanes, un oasis coronado con vapor, imperecederos surcos de agua. Te sientas en un rincón y me sonríes. Me paralizo. Pretendo ver más allá de ti, un punto en el espacio. Me abochorna que hayas atrapado mi mirada viajera; me aterra que al sentirte descubierta dejes de estar, abandonándome en este mundo de soledad y escalofrío. Pero no te vas. Aunque te delate sabes que nadie me creerá que existes. Estás a salvo a pesar de mis ímpetus por gritar Eureka. Regreso a mi libro cuando de pronto atisbo tu silueta poniéndose de pie y marchándose. Miedo. ¿Será que aun sabiendo de mi anhelo decides dejarme vacío? Las páginas tosen mientras cierro el libro. Golpeo la mesa al ponerme impulsivamente de pie. Salgo tras de ti. La calle me atolondra, me intimida, te pierdo en el gentío. Las manos me sudan, los pies me gritan ¡Pronto! ¡Más aprisa! En la esquina ya no estás y postrado muero de angustia. Si te imaginé puedo imaginarte de nuevo. Entonces, tu mano en mi hombro, un galopar del corazón. Giro y te tengo frente a mí. Tu voz es el murmullo que escuché en tu boca cerrada. Ven, quiero que conozcas mi jardín.

domingo, 24 de agosto de 2014

El Plan Es Verte Desnuda


El plan es verte desnuda.
Eso de ir al cine y luego una cena,
la verdad es que es opcional.
Lo tengo como plan B,
por si no quieres que te vea como te imagino
esas veces que no estás conmigo.
Por si se rompe la tubería del baño
o hay una fuga de gas.
Entonces sí nos vamos al teatro
o a visitar a tus papás.
Pero el plan siempre es verte desnuda,
sin morbo.
Quitarte la ropa, despacio.
Esparcirla sobre la sala, los zapatos primero;
luego la falda, la blusa.
Sentir la tela rozándote los hombros y los muslos.
Finalmente la ropa interior.
Hacerte creer que te creeré cuando me digas
que nunca esperaste que pasara,
que jamás imaginaste que pasaría
cuando lo único que he querido
es siempre verte desnuda.
Verte caminar, adueñándote del espacio.
Tus piernas rubias, tu cabello hasta la espalda,
tu cabello del color de la madera y del maple.
Tu cintura. Los huesos de tu pelvis. Tu ombligo.
Esos ojos color limón que se intimidan
cuando presienten cuál es el plan.
Mirar tus senos
enrojeciéndose en mis manos y en mi boca.
Y ahora sí,
con una explosión perversa,
besarte el cuello, y el cuello, y otra vez el cuello,
el que escondes cuando te sueltas el cabello.
Inundarme de tus olores secretos
Asfixiarme en ellos
como si fuera la única salida
Besarte como si en ello se me fuera la vida
Arrinconarte, atraparte,
provocarte el sudor.
Arrojarte sobre la duela,
escucharte asentir gimiendo no.
El plan incluye elevar tus piernas,
coser mis labios a tu piel,
sentir los surcos sangrando en mi espalda
cuando tus uñas la desgarren.
Ser un péndulo encima de ti,
ser un intruso dentro de ti,
que tú seas Troya y yo Babel.
Los truenos serán los del mundo
cayéndose a pedazos
mientras tú y yo caemos rendidos
y agotados.
Que la culpa nos encuentre tendidos,
y la vida, sublimados.
Ver cómo te levantas, y te vistes
mientras consultas el reloj.
Preguntarás en qué estoy pensando.
Yo encogeré los hombros
pues no sabré cómo explicarte
que desde que llegaste
todos mis pensamientos
giran en torno a ti.
Terminar de ver cómo te vistes,
cómo te anudas el cabello,
cómo te calzas los zapatos,
cómo revisas en el espejo que tu cara no delate
la evidente ausencia de inocencia.
Ver cómo te detienes en la puerta, dudando.
Tu sonrisa endemoniada
enmarcando lo que
tus labios preguntarán.
Abrirás la puerta y de pronto
las palabras juguetonas:
Amor mío, ¿cuál es el plan?

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