jueves, 20 de marzo de 2014

Ojalá fueras mía

Floto en desánimo
Soy el que no está,
el que ha partido
antes de llegar

Invisibles gemidos
En un mudo andar
Soy una isla desierta

Te abracé
Quise abrazarte de nuevo
Construir un monumento al tiempo
Echarte una loza para que no te vayas
Jamás

Ojalá te besara
no por curiosidad
de eso no vivo
sino de la redención
que guardas para mí.
Ya no quiero ser palabra,
sino
la mano que te alcanza,
el aura que te roza
el aire que te viaja
la mirada que te acosa
el celoso que te guarda

Pero no soy
He partido antes de llegar
Crees que estoy bien,
pero sin ti es imposible.

Ojalá te besara
ojalá tus labios, tu cuello
ojalá tu pecho
tus labios otra vez.
Tus piernas en mi boca
tu cintura en mis manos
mis manos en tu espalda
Y tus labios.

Rescátame.
Hazme estar cuando llego.
Ayúdame a decir soy
por ti soy
contigo soy.

iertaunaisladesiertaunaisladesiertaunaislade
siertaunaisladesiertaunaisladesiert
aunaisladesiertaunsoledadaisladesiertaunaisladesiert
aunaisladesiertasoledadunaisladesiertaunaisladesierta
unaislades

Sé que puedo existir
de lo que tu alma da
Sálvame.
Ojalá fueras mía.
Ojalá.

jueves, 20 de febrero de 2014

Los Veinte Mil Días Siguientes

A Nayibe Nicoli,
por su matrimonio.

Una tarde cualquiera, el sonido del teléfono, tu voz entusiasmada. Una noticia llena de triunfo, tu rostro radiante en mi mente, el recuerdo de la mañana en que te conocí. Te casas. Vestido blanco, preparativos, nupcias. Cuando me llamaste para darme la noticia, una pequeña alegría detuvo el reloj de mi cuarto, la alegría que se relaciona con el hecho de que un momento único y feliz está por marcar la vida de alguien que he estimado y querido durante varios años. Al colgar, de inmediato pensé en lo afortunado que soy, no sólo por ser invitado a tu boda, sino por lo raro que resulta en estos días atestiguar que una pareja se case por las razones correctas. Ahora, lo común es ver a las novias rodeadas por la consabida cohorte de madre, tías, amigas y primas metiches, preocupadas más por el día de la boda que por los veinte mil días siguientes. Todas ellas intoxicadas por el infantil nerviosismo sobre si se ha escogido el centro de mesa adecuado, el color pertinente de los vestidos de las damas, o si el alcohol será suficiente para mantener contentos a los invitados (nunca lo es). Muchas veces tú y yo nos sentamos en unos parasoles que ya no existen a platicar acerca de temas profundos, como las expectativas que teníamos en ese momento, nuestras visiones sobre las relaciones afectivas, los errores que ambos habíamos cometido, etc. Siempre me llevé de esas pláticas lecciones que no te agradecí. Jamás me dejaste ir sin una carcajada, así que la ganancia fue doble. Ahora que tengo en mis manos la elegante invitación a tu boda, siento que podría regresarte el favor, si me lo permites, hablándote un poco acerca de lo que he aprendido acerca del amor y del matrimonio.
                  Lo primero que me viene a la mente es la palabra voluntad. Comparto la idea de que muchas veces uno no puede prever ni detener el enamoramiento, así como tampoco el amor. En nuestras vidas han habido ocasiones en las que pareciera que mente y corazón nunca tuvieron la oportunidad para ponerse de acuerdo acerca de lo prudente que sería dejarse arrastrar por la emoción. Pero en lo que respecta al matrimonio, algo completamente diferente opera. Al altar no se llega por accidente, tampoco por azar. Casualidad y causalidad no pueden ser elementos determinantes en una decisión que se toma para el resto de la vida. Ambas partes deben presentarse libremente, concientes de que la persona que tienen enfrente es con quien desean compartir un camino que sólo puede ser transitado con el otro. Así, hombre y mujer se encuentran por su propia voluntad, uno frente al otro, para expresarse el mutuo deseo de emprender el viaje juntos. Esa voluntad no puede ser dicatada por convencionalismos, el tiempo o el temor a la soledad. Aquí no aplican relojes biológicos, edades o crecimiento laboral. La pareja no es un satisfactor social ni natural: la pareja es el espejo donde aprecio la mejor versión de mi persona. Y esa imagen sólo aparece ante los ojos de quien la mira.
                  Eso explica por qué elegimos a una persona y no a otra. Ella me hace sentir amor, al tiempo que se presenta como la mejor opción sobre las demás. Cuando uno mira al ser amado, es imposible no experimentar gratitud, no sólo por el enamoramiento que despertó en nosotros, sino por la inteligencia con la que lo escogimos sobre otras opciones. Esto siempre me lo dejaste saber cada vez que te preguntaba por tu relación. Una espontánea sonrisa te delataba, pero inmediatamente después era la razón en tus palabras la que confirmaba lo sensato del sentimiento.
                  Por otra parte, si bien es cierto que el amor no puede detenerse, también es cierto que sí puede escogerse la manera en que podemos amar. Uno escucha muchas teorías acerca del amor; parece que la ciencia, la religión, la psicología y los astros se encuentran en una carrera frenética por ver quién es el primero en entregarnos la definición fundamental y definitiva de un sentimiento que por lo menos para mí carece de lógica o coherencia. Muchos opinan que el amor y el enamoramiento se encuentran en determinadas zonas del cerebro; otros, que por el simple hecho de aparecerse frente a un altar obtendrán poderes que los volverán invencibles contra las afrentas del tiempo. Por último, encuentro a los ridículos que aseguran que todo está escrito en el cielo, decidido de antemano por un destino cósmico, una sincronía universal. El amor que te está llevando a este día se encuentra lejos de cualquier libro, estudio o carta astral, pero sobretodo, lejos de cualquier decisión que no haya sido tuya. Por eso es hermoso escuchar a los novios decirse: “yo te elijo”. El amor no es la boda, como tampoco es la luna de miel. Son los días que siguen al frenesí, y es eso lo que apenas podemos desear para dos personas que se aman como ustedes dos. De esta forma, tenemos a una pareja que se ha aceptado y elegido sobre todos los demás. Atestiguar eso, Nayi, es un privilegio. Verás, el común denominador en las bodas es escuchar al novio y a la novia decirse “yo te acepto en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, en esto y aquello (ad nauseam)”, cuando lo que en realidad están diciendo es “te acepto mientras no falles, mientras estés ahí siempre para mí, mientras me hagas feliz.” Podrás imaginar entonces la enorme decepción que infectará a cualquiera de los dos cuando descubra que el otro no está haciendo todo por cumplir con sus expectativas. Esta receta para la desilusión se patenta debido básicamente a una verdad ineludible: eventualmente, todos fallamos. En las relaciones sentimentales, la frustración es el monstruo en el clóset. Sin embargo, si regresamos al hecho de que tú lo eligiste a él (y viceversa), podemos encontrar una manera distinta de ver las cosas. Nos encontramos ante la posibilidad de entender que el amor entonces no es responsabilidad más que de la persona de quien emana. Amar incondicionalmente significa no esperar nada a cambio, ni siquiera amor. Haciendo a un lado las motivaciones egoístas, pueden de esta manera los novios decirse “te elijo aunque falles, a pesar de que no estés ahí cuando yo lo necesite, te amo aunque tú dejes de hacerlo.” Cuando se da libre de egoísmos, el amor compendia al mundo. Esta visión del amor exonera al otro de la pesada loza de tener constantemente que hacer todo lo posible por hacernos y mantenernos felices. Se termina así la satisfacción de caprichos por obligación, por costumbre, por ser lo socialmente correcto. Al mismo tiempo, recuperan los cónyuges su derecho a caer, a fallar, a dudar sin miedo a ser juzgados, reprochados o castigados por su propia pareja. Esta manifestación de apoyo incondicional ayuda a constituir al matrimonio como uno de los pocos refugios a los que la pareja puede acudir de manera habitual. Allá afuera, Nayi, hay demasiada competencia, rencor, miedo e incertidumbre. Pareciera que jefes, compañeros de trabajo, vecinos, mercadólogos, bancos, hipotecas y pseudoamigos, entre otros, tuvieran la encomienda de inyectar una presión excesiva en cuanto a lo que los demás esperan (y exigen) de nosotros. El hogar que están a punto de formar debe de ser ese rincón de respiro en donde literalmente puedan reafirmar seguridades, compromisos y valores, manteniendo a raya todo aquello que ponga en riesgo, tanto su tranquilidad interna, como la ecuanimidad emocional de la familia en general. Por meloso que se escuche, no existe nada más reafirmante que un compañero que, a pesar de las presiones del exterior, te recibe en tu casa con la frase “siempre, siempre, siempre contarás conmigo.”
                   Ya entrados en gastos, me atrevería también a recomendar (sobre todo a ustedes, que recibieron una estupenda educación en la mejor universidad del sur de la Ciudad de México) que encuentren constantemente vías de comuncación. Soy testigo de que los ruidos en la comunicación pueden desbaratar un imperio. El ideal es que su matrimonio no sea más comentado afuera que adentro, que los silencios no se prolonguen por semanas y que las pláticas jamás se vuelvan demasiado rutinarias ni superficiales. La comunicación es un arte basado en el detalle, en donde todo merece comentarse y nada debe darse por entendido. Si aman, díganselo; si dudan, también.
                  Si encuentran la manera de amarse incondicionalmente, verás que aparecerá como invaluable efecto secundario (y cuando más lo necesiten) el perdón. El perdón es el más menospreciado de los valores familiares. Por razones que desconozco, resulta más sencillo y apremiante saciar el hambre del orgullo, del egoísmo y del rencor, que del perdón.  Pero cuando los miembros de una familia concuerdan en que cada acción que se realiza se deriva del amor, cuando se dan permiso de fallar, y cuando buscan libremente hacer sentir bien al otro, es más fácil agradecer, comprender y perdonar. De igual manera, al saber que uno está siempre en la disposición de colocarse en el lugar del otro, resulta menos difícil despojarse del orgullo y pedir perdón. El perdón, cuando es legítimo, libera. No hay amor sin perdón, y el perdón no existe sin el amor. Como diría Descartes si escribiera para La Tostadora de Pan, “amo, luego perdono.”
                  Por último, un pequeño detalle que tiene que ver con la Fe. Dios es únicamente un elemento inventado para satisfacer necesidades sociales. Inclinar la cabeza ante un altar, presentarse de blanco y pedir la bendición bajo un crucifijo siempre nos hace salir bien en las fotos. Es importante cubrir ese requisito que nos marca la sociedad para continuar con nuestras vidas aceptablemente. Dios es un souvenir, ¿cierto?

Falso.

                  Dios existe. Dios es una persona. Dios se alegra cuando un hombre y una mujer se presentan frente a Él libremente y le expresan su voluntad por entrar al matrimonio con su bendición. Esta es la parte que los jóvenes rechazan por considerarla acaramelada e ingenua y que los viejos recitan sin razonamiento. Lo cierto es que para tu boda, Nayi, así como para los veinte mil días que seguirán, solamente se necesita la presencia y el consentimiento de tres personas. Los demás salimos de sobra. Se necesita del “sí” de los tres para que la perfección a la que están llamados permanezca y venza. Y Él es necesario, básicamente porque la fuerza, el amor y la voluntad de la pareja son insuficientes ante los embates y las pruebas del tiempo. El enamoramiento puede diluirse; el amor cambia de piel. Pero Dios es eterno.
                  Ya te quité mucho tiempo. No me queda más que agradecerte tu paciencia para estas palabras que no tienen otro objetivo que comentarte lo que de este tema he aprendido después de aciertos y errores. El sagrado mecanismo del amor requiere voluntad. Cuando una pareja es capaz de expresarlo, todo lo que hagan se vuelve ejemplar.

                  Sí, ya sé lo que estás pensando. Tanta elocuencia te ha hecho reflexionar y ahora te quieres casar conmigo. Lo lamento. Por el momento mi lealtad es hacia La Tostadora de Pan. Pero no dudo que en unos años, mientras el mundo sigue siendo consumido por la gangrena de la superficialidad y el egoísmo, los que continuemos en la búsqueda de esa perfección miraremos hacia tu hogar y diremos “yo quiero un matrimonio como el que siguen construyendo Nayibe y Francisco y Dios.”

martes, 24 de diciembre de 2013

7

A Dios
en su cumpleaños;
y a Tiki,
por la lección de vida.
 
Es en la quietud de la noche cuando los anhelos más profundos se asoman, reflexionó Claudia.  ‘Las Cuatro Estaciones’ sonaban en las bocinas de su ipod, inundando el ambiente con el perfume de mil cuerdas. Desde la ventana de su departamento en el séptimo piso de aquel edificio art decó, las calles de la ciudad parecían ríos de carbón ardiendo. Tenía arraigado el hábito de dejar sonar a Vivaldi cada noche cuando regresaba del hospital. Los violines calmaban su espíritu, ayudándole momentáneamente a separarse de las terribles experiencias invasivas del día. Generalmente ella era ‘Invierno’, aunque a raíz de su encuentro de aquella mañana, ‘Primavera’ definía mejor su estado de ánimo. Cada día, mientras el sol recorría el cielo de Este a Oeste, Claudia se zambullía en decenas de actividades que la mantenían ocupada, actividades que la gran mayoría de seres humanos prefería evitar; era cuando la luna reinaba en el cielo púrpura que Claudia regresaba exhausta a su departamento, encendía el modesto equipo de sonido y dejaba a sus poros exhalar las mil y una emociones que hervían en su sangre, necesaria catarsis para que los aullidos de la noche no terminaran por desgarrarle el alma. Ahora, mientras fumaba un cigarro recargada en el quicio de la ventana, daba gracias de que el tiempo estuviera cada vez más cerca. No habría trampas del corazón, ni culpas gratuitas echadas a cuestas, tampoco chantajes. Siempre había existido un pretexto para quedarse, alguien que la necesitaba desesperadamente, una nueva misión que cumplir, ojos suplicantes que la miraban aún de noche. Esta vez era diferente. Aquella mañana, al salir del subterráneo, divisó una figura oscura y encorvada que la seguía a lo lejos y que desaparecía al momento en que ella volteaba para señalarlo. Dos calles abajo, se topó con él. Su larga cabellera oscura caía en lianas hasta los hombros, enmarcando unos chispeantes ojos negros que reflejaban la tristeza la Creación. Egnion significaba ‘portador de lágrimas’, y Claudia no podía evitar sentir un vacío en el estómago cada vez que lo veía.
- ¿Cómo puedes hacerlo? – Preguntó ella a manera de saludo - ¿Cómo lo soportas?
- Estaba a punto de preguntarte lo mismo – dijo él tratando de emular una sonrisa que a Claudia le pareció macabra – La resiliencia nace con el propósito.
- Pero… soportar la eternidad portando malas noticias, no sé si yo podría hacerlo, Egnion.
- Ignoro qué será peor, ser el heraldo o el custodio.

                A Claudia se le hizo exageradamente difícil respirar. Ver al ángel haciéndose pasar por humano, tratando mediocremente de disimular sus abultadas alas debajo de ese sucio gabán, era sinónimo de un prolongado pesar, la continuación del exilio.
- ¿Qué desea Padre de mí? – preguntó ella. Su voz salía de su garganta impregnada de miedo.
- Que vuelvas a casa.
                Por un segundo el tiempo se detuvo. Claudia clavó la mirada en los oscuros ojos de Egnion y supo que había escuchado bien. Desde los años de la peste, Claudia había anhelado escuchar esas palabras. Más de una vez la certeza de que Padre se había olvidado de ella le había carcomido la razón y la esperanza. Ahora, su corazón se inflamaba con la noticia. No se olvidó de mí, me quiere de vuelta.
- Al parecer los propósitos cambian – dijo Egnion irguiéndose - Sonreír te sienta bien.
- A ti no – dijo ella.
Egnion soltó una tétrica carcajada que rompió los cristales de ventanas aledañas y asustó a una parvada de incautas palomas. Entonces, de su gabán sustrajo una figura tallada en madera y se la entregó.
– En una semana te reunirás con Él.
                En un parpadeo, Egnion desapareció. Amén, murmuró Claudia perdiéndose en los perfectos reflejos geométricos de la luz sobre los vidrios rotos.

El resto del día adquirió un sabor a fruta fresca. Al regresar a su departamento, fue ‘Primavera’ su elección. En la quietud de aquella noche calurosa su anhelo más profundo rabiaba felizmente en su garganta, en las yemas de sus dedos, en las puntas de sus cabellos.  “Igma neu aur”, dijo Claudia en voz alta, el humo del cigarro formando remolinos en el aire silencioso. Un canto misterioso y bello se formó en sus labios. Cual mantra revitalizador, repitió: “Igma neu aur… igma neu aur...” Sintiendo una risa abierta y franca estallándole en los pulmones, apagó el cigarro observando las últimas cenizas volar sobre la calle. Acarició el talismán que Egnion le dio y repitió la misma frase mil veces. Tomó entonces una brocha de gruesas cerdas de polipropileno y con pintura vinílica dibujó sobre la pared un dígito gigantesco. Permaneció entonces largos minutos contemplando el 7 negro que ahora dominaba la estancia, y dejándose caer sobre el suelo, abrazando sus rodillas rompió a llorar de felicidad. “Igma neu aur… voy a casa.”

                El siguiente día consistió en la representación de la rutina. Papeleo en la oficina, envío de emails que alimentaban a la bestia burocrática, cigarros obsesivos a media mañana. En una ciudad que se conmueve más rápido por un perro atropellado que por un niño desaparecido, es necesario aferrarse a cierta clase de vicios. Por la tarde llegó al hospital. Claudia recorrió diligentemente los doce pabellones infantiles de oncología. Se detuvo en varias camas realizando manualidades que calmaban la tristeza y la desesperación de los pacientes de seis, siete, ocho y hasta doce años. A pesar del cubrebocas, las enfermeras, familiares, enfermos y voluntarios podían advertir su sonrisa. Cuando se ama con las venas, el rostro brilla como mil rubíes en una noche arábiga. Claudia amaba a cada uno de los niños que ocupaban el doceavo piso del hospital. Leones de goma y puerquitos de unicel terminaban en las almohadas de los pacientes. Algunas veces los niños agradecían con una sonrisa dolorosa en sus labios resecos. Otras, el mismo dolor se los impedía. En este lugar no caben las metáforas; aquí el cuerpo se come al cuerpo. Niños sin cabello, con ojos ausentes, como cursores parpadeando eternamente sobre una pantalla blanca y sin esperanza. Puños malignos brotándoles en la garganta, en el vientre; uñas invisibles rasguñándoles la cabeza por dentro. El truco para amarlos era desprenderse de ellos tan pronto como cambiaba de cama. Esta habilidad la había aprendido 456 años atrás, en los años de la peste. ¿Cuántos días eran 456 años?

                La noche llegó y el último pabellón se barnizó de luz artificial. Murmullos en los pasillos. Llanto de bebés. Médicos haciendo ronda. Soledad.
- Señora, ¿sabe si su hijo tiene un sueño?—preguntó Claudia a la mamá de Francisco. La señora, una mujer que aparentaba más edad de la que en verdad tenía, había pasado el día entero sujetando su mano - ¿Sabe si quiere una laptop, o conocer a algún futbolista?
La mujer se sintió atrapada. Había pasado las últimas diez horas aplicando compresas sobre la herida supurante de su hijo de once años, bajándole la fiebre, animándolo a comer. Pero ahí estaba aquella muchacha haciéndole la única pregunta para la que no estaba preparada.
- Si quiere piénselo y mañana me dice - dijo Claudia tranquilizándola.
Aliviada, la mujer asintió.

Claudia se dirigió al lavamanos para enjuagarse de los dedos los restos de Resistol, cuando escuchó una puntiaguda voz diminuta.
- ¿Por qué a mí no me has preguntado si tengo un sueño?
- ¿Cómo te llamas? – Al voltear,  Claudia se encontró con un bulto pequeño. Dos ojos traviesos y avispados sin rastro de la enfermedad. Si no fuera por los cardenales púrpuras en el cuello y en los delgados brazos lo hubiera tomado por un niño sano.
- David.
- ¿Dónde está tu mamá?
- Ana se tuvo que ir de regreso a la Casa. ¿Puedo contarte mi sueño?
                Claudia sabía que aquello implicaría romper un protocolo. El propósito de preguntarle a un niño cuál era su sueño, era justamente para intentar cumplirlo. Esa era la misión de la Institución para la que Claudia trabajaba. Una pelota, una laptop, un videojuego. Claudia llamaría a empresas y organizaciones que desearan cooperar. La pregunta, sin embargo, debía formularse con sumo cuidado, de lo contrario la respuesta podría ser “sanar,” o simplemente “no estar aquí.”
- ¿Tienes hermanitos, David?
                David asintió alegremente.
- ¿Cuántos?
                David se encogió de hombros.
- ¡Cómo es que no sabes cuántos hermanos tienes! – exclamó Claudia juguetonamente. En este momento se dio cuenta de que inconscientemente había colocado su mano sobre la pierna de David. Retirándola, preguntó: - ¿Son más de dos? ¡No! ¿Más de cuatro? ¿Seis? ¡No puede ser! ¿Diez?
                David soltó una carcajada que mereció reproches por parte de algunos papás que trataban de dormitar sobre el suelo.
- ¿En verdad tienes más de diez hermanos? – dijo Claudia bajando la voz. – Bueno, ¿te parece si mañana me dices los nombres de cada uno de ellos?
- Más de veinte. De algunos no me sé sus nombres porque se los llevan antes de que los pueda conocer.

                En la calle, el viento en su cara le arrancó los últimos olores a medicamento. En el cuello seguía el cubrebocas. Se detuvo en las escalinatas del hospital a fumar. A lo lejos escuchó a una mujer que gritaba “¡Atrápenlo! ¡Ladrón!”
Maldita ciudad, pensó Claudia. Maldita.

                En su departamento, Vivaldi hacía lo propio mientras Claudia pintaba un 6 negro en la pared. Abrió otra cajetilla, la ansiedad le devoraba los pulmones y no sabía por qué. Tantos siglos aguardando aquella resolución, y ahora que finalmente se presentaba su mano no dejaba de temblar. Nunca supo el motivo del cruel castigo; de lo que sí podía hablar era de la inconmensurable soledad que había enmohecido sus huesos, las nubes de tiempo que silenciosamente se habían llevado a las pocas personas que había amado, el desprecio sucio y lodoso que calentaba sus vísceras al despertar y verse nuevamente en esa ciudad infernal. Nada de lo que hacía tenía importancia, nadie miraba de cerca, nadie agradecía. Tres días más pasaron y mientras un gigantesco 3 se adueñaba de la estancia su nerviosismo no dejaba de estimular sus fantasías. ¿Cómo sería regresar? ¿Cuál sería el semblante de Padre al verla? Pero sobretodo, Claudia se preguntaba si finalmente dejaría de sentir ese acre vacío, si podría abandonar esa sensación de terrenalidad. Prometió calmarse. Pronto terminaría su Getsemaní, pronto se sentaría a la diestra, pronto…

- Has estado muy pensativa – la delgada voz del pequeño David la sacó de sus cavilaciones. La nublada mañana apagaba los ánimos de todos en el pabellón.
- ¡David! No te había visto, ¿dónde estabas?
- Ana no puede quedarse todo el tiempo conmigo. Me llevó de regreso a Santa María, pero me puse mal otra vez. ¿Sabes dónde está Federico?
- Se puso mejor y lo mandaron a su casa – mintió Claudia.

                David miró tristemente hacia la ventana. La mentira no funcionó. En su brazo derecho Claudia advirtió moretones del tamaño de monedas.
- ¿Quién te hizo eso?
- Los otros niños. Están enojados porque Ana no tiene tiempo para prepararles de comer. Dicen que es mi culpa. Otros me pegan porque no los dejo dormir. El único que me trata bien es el niño que duerme conmigo. Aunque casi nunca lo dejo dormir.
- ¿Dónde está Ana?
- Hablando con el doctor.

                Los aparatos conectados al cuerpo del pequeño, el sonido de las gotas de suero cayendo dentro del catéter, el mecanismo de la injusticia. Uno de los enfermeros cambió de canal y en la televisión aparecía el resumen de la corrida de la semana: un hombre vestido en un esplendoroso traje de luces clavaba señorialmente espadas a un toro mientras la gente aplaudía.
- David, nada de esto es tu culpa.
- Yo sé. Es lo que me dice Ana.

                En los ojos de David, Claudia encontró una veta marrón que la perturbó. La resignación con la que el niño hablaba le hizo sentir una culpa siniestra contra la que luchó. Hiciste lo que te correspondía, se dijo. No te involucres. Igma neu aur. Un enfermero con bata azul entró para llevárselo. Las quimios no estaban funcionando. Se requerían más análisis.
- ¿Vas a estar aquí cuando regrese? – preguntó David sin quejarse del dolor.
- Tengo más niños que visitar – respondió Claudia a manera de disculpa.

                Por la tarde, Claudia se había olvidado de David. Probablemente lo habrían dado de alta para el fin de semana y la mujer encargada de cuidarlo se lo habría llevado al orfanato. Claudia terminó sus rondas en los otros pabellones. A cada niño le dio un abrazo, despidiéndose mudamente, liberándose de una responsabilidad que nunca le perteneció. El nerviosismo que antes la embargara fue sustituido por una excitación trepidante, la emoción del criminal que recibe el perdón y puede regresar a la vida que creía perdida para siempre. Claudia se veía a sí misma como un cristal limpio, puro, absuelto. Al final de la jornada, agradecida por no tener que pisar ese hospital jamás, entró al baño. Ahí encontró a una mujer al borde del llanto.
- ¿Qué tan enfermo está su hijo? – la voz de Claudia se escuchó serena.
- Mucho – respondió la mujer de pelo cenizo – No es mi hijo.
- A veces las cosas se ven peor de lo que en realidad son.
- Si no estoy aquí cuando el niño salga de sus análisis me quitan la licencia de la casa hogar. Pero si no llego a la casa hogar en una hora también me la quitan. Tengo veinticinco huérfanos que cuidar, y todos vamos a acabar en la calle por culpa de un niño enfermo.
- ¿No hay nadie que pueda cubrirla allá?
- No, señorita – espetó la mujer evidentemente frustrada – Es obvio que estoy sola.
                Claudia abrió la llave del lavabo y frotó sus manos con jabón. Después de secárselas, dijo:
- Espero que su problema se solucione.

                En el pasillo, aguardó pacientemente los dos minutos que tardó el elevador en llegar. Se abrieron las puertas, pero Claudia no entró. Regresó corriendo al baño. La mujer ceniza continuaba frente al espejo.
- ¿Cómo se llama la casa hogar donde trabaja?
- Santa María. ¿Por qué?

                Entrada la noche, dos enfermeros regresaron a David al pabellón. Su rostro demacrado describía más bien al sobreviviente de una paliza de tres días. Estaba en los huesos, los labios consumidos. Un hilo de saliva pendía de su boca. Su mirada seguía impactada, vacante.
- ¿Ana? – preguntó en la oscuridad buscando alivio en un rostro familiar.
- Ana no está. Tuvo que regresar a Santa María. Pero aquí estoy yo, David.
- ¿Quién eres?
- Claudia.
                Y su sonrisa la mató. Claudia tomó su delicada mano y no la soltó hasta que se quedó profundamente dormido. Luego, dibujó en el aire un 2 que sólo ella pudo ver.

                Subir las escaleras hasta su departamento fue más pesado que de costumbre. La mañana clareaba y el rugido impasible de la ciudad cimbraba las paredes del edificio. Se dejó caer sobre el sillón y no despertó hasta que una voz la despegó de sus sueños violentos.
- ¿Sabes quién vive aquí? – preguntó Egnion mirando el desorden a su alrededor – Alguien que no ama su vida.
- Esto no es vida. Por favor no sonrías.
                Egnion esculcó en su bolsillo y sustrajo un frasco con un líquido opaco.
- Te envidio.
- No lo hagas. Es pecado.
- Recuerda: un solo trago en el momento justo – dijo Egnion dejando el frasco en la mesa – Bienvenida a casa.
                El ángel caminó hacia el balcón.
- Salúdame a Padre.

                Claudia consultó su reloj. Faltaban exactamente tres horas para tomar el talismán y… Palideció. El talismán. La noche anterior lo colocó debajo de la almohada de David para que el niño pudiera dormir apaciblemente, sin dolor. Tomó el frasco y salió corriendo esperando que la ciudad fuera benévola.

                Cuando llegó al hospital encontró a David dormido. Ana, su cuidadora, hablaba con uno de los doctores. A un lado de la cama, en la mesa donde un ejército de medicamentos aguardaba su turno, Claudia encontró lo que buscaba. Con un suspiro de alivio, guardó el talismán en su bolsa y salió del pabellón.
- ¿Ya entregaron los resultados de David? – preguntó.
- El cáncer se esparció por todas partes – dijo Ana - Tienen que operarlo de urgencia.
- ¿Y qué probabilidades hay de…
- El doctor no me quiso decir. Van a abrirle la cabeza. Hay riesgos. Pero si se salva… No sé. Sus cuidados son muy caros y yo no tengo los recursos. ¿Cómo puedo hacerme cargo yo sola de él? Nadie adopta a niños así de enfermos. Y los otros niños, usted no sabe cómo son. ¿Cómo puede Dios ser tan cruel?
- ¿Puedo quedarme un rato con él?

                No hubo estrellas aquella noche. David abrió los ojos y la saludó levantando las cejas.
- ¿Cómo te sientes? – preguntó Claudia con una sonrisa honesta.
- Bien – musitó David – Mi cabeza me duele.
- Oye, nunca me dijiste cuál era tu sueño.
- Ya se me olvidó.
- Trata de recordar.
- Una cama – aseguró David después de reflexionar unos segundos.
- ¿Para ti?
- No. Para el niño que duerme conmigo. Así no se va a despertar cuando Ana me ponga mis curaciones en las noches. ¿Puedes hacerlo?
- Sí. Te lo prometo. Toma esto.
- ¿Qué es?
- Te caerá bien. Debes tomártelo de un solo trago. Bien, ahora aprieta esto con fuerza. Repite después de mí.
- ¿Es un juego?
- Sí, es un juego. Gerenium…
- Ge… gerenium…
- Simeakh…

                Para cuando terminaron, dos enfermeros aparecieron con una camilla seguidos por Ana.
- ¿Estás listo, campeón?
                David asintió con miedo en los ojos.
- Lo siento, no puedes llevar ningún juguete.
                Claudia le retiró el talismán.
- Tengo miedo – confesó David rompiendo a llorar.
                Claudia lo besó en la frente. Aproximándose a su oído, murmuró:
- Antes de que llegues al elevador el miedo habrá desaparecido.
- ¿Cómo sabes?
- Confía en mí.
                Los enfermeros empujaron la camilla por el pasillo y doblaron a la derecha hasta perderse de vista. Fue entonces que se desató el caos. Primero fueron los gritos de Ana preguntando qué ocurría. Un humo espeso con olor a vinagre se esparció por el piso en marejadas provocando un severo ataque de tos a niños y adultos por igual. Inmediatamente después, uno de los enfermeros comenzó a pedir ayuda. Tres doctores se apresuraron a asistirlos. Luego el staff de enfermeras.

- ¿Dónde está? – gritaba Ana en pleno delirio - ¿Dónde está David?

                Falló la energía eléctrica y todo en el doceavo piso fue oscuridad, con excepción de una pequeña luz que flotó momentáneamente sobre cabezas incrédulas que la vieron atravesar la ventana y desaparecer en el cielo negro de la ciudad.

                ‘Invierno’ fue la opción lógica. Sin conseguir estar quieta, Claudia ingería vasos y vasos de cualquier cosa, cambiando del frenesí a la tristeza en cuestión de segundos. De pronto, permaneció estática frente a la pared de la estancia. Sin más, comenzó a golpearla a puño cerrado con una rabia guardada durante más tiempo del que le gustaría contar. Mojando una brocha en pintura blanca, tapizó la pared hasta que de los viejos números no quedó nada. Entonces, esta vez con pintura negra, escribió de piso a techo 166, 440.
                Tomó su abrigo y bajó a la calle. Quiso comprar una cajetilla de cigarros.

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