¿Cuántas veces hemos salido del cine y lo primero que pensamos es ‘yo pude haber escrito algo más interesante que la película que acabo de ver’? O llevamos en la cabeza una historia a la que continuamente le damos vueltas, seguros de que si tuviéramos el tiempo y los conocimientos adecuados podríamos escribir el guión de una película que resultaría interesante para los demás. ¿Cómo encontrar el tiempo para sentarme a escribir? ¿Dónde obtener los conocimientos y las herramientas necesarias para plasmar en papel la historia que llevo en la mente? ¿Puedo yo escribir el guión de una película que pueda producirse?
Durante los últimos meses he recibido sugerencias y peticiones por parte de lectores de La Tostadora de Pan TM y seguidores en twitter para abrir un curso que muestre de manera dinámica y concisa la manera de escribir guiones “que funcionen”, desde el diseño de una estructura dramática sólida, hasta la construcción de personajes verosímiles y, por qué no, memorables.
Misión cumplida.
Dirigido a personas con o sin experiencia en el arte de escribir un guión para largometraje, el Curso-Taller de Guión Cinematográfico combina elementos teóricos con la práctica, lo que permite al guionista conocer los principios que rigen la construcción de un guión sólido al tiempo que escribe su propio tratamiento.
El objetivo es que al final del curso el guionista haya escrito un primer tratamiento de guión listo para posteriores revisiones.
Si tienes duda de si vale la pena o no tomar un curso/taller en el que aprendas a poner en papel la historia que siempre has querido escribir, piensa qué tienen en común las películas que han encontrado un lugar especial en tu vida. ¿La respuesta? Alguien se tomó el tiempo de sentarse a escribirlas.
Impartido por: Alejandro Orozco (Max Blume)
Profesor en la Maestría de Guionismo de la Universidad Intercontinental y en la AMCI. Guionista de la serie “Cuentos para Solitarios” distribuida por Universal Channel. Escritor del largometraje “El Último Evangelio”, producido por NuFilm. Coguionista del largometraje “Creador de Divas: la Vida de Juan Orol”, ganador de la beca IMCINE para apoyo a escritura de guión, de la beca del Instituto Sundance para perfeccionamiento de guión, y de la beca “Alejandro Galindo” para perfeccionamiento de guión, auspiciada por la Sociedad de Directores e impartida por el Maestro Vicente Leñero. Escritor del libreto de la Ópera "Falling from the Rainbow", interpretada por músicos del Rotterdams Conservatorium y estrenada en Rotterdam, Holanda, 1999.
Si me dieran un peso por cada vez que me preguntan '¿a quién se la escribiste?' ya tendría para mi viaje a Tailandia. Debo confesar que me gusta más esta versión ahora que cuando la escuchábamos en el radio allá por el '96.
Una mañana de domingo me encontraba plácidamente descansando en mi casa cuando el timbre sonó. Abrí la puerta y me encontré con un hombre alto, de edad madura, pelo cano, que vestía un gabán gastado y gris. Llevaba en los brazos un enorme trofeo de color plata incrustado en una base de madera. “Buenos días,” me saludó. “Esto es para usted.” “¿Qué es esto?,” pregunté asombrado. El hombre del gabán gris me respondió “Usted ha ganado el concurso, felicidades.” “¿Qué?,” pregunté. Pero así, sin más, me entregó el trofeo y se marchó. Sujetando el trofeo leí la inscripción en la base de madera: PRIMER LUGAR. SEGUNDO CONCURSO INTERNACIONAL "EL HOMBRE MÁS PARECIDO A MÍ". Seguro de que se trataba de una broma regresé a mi sillón y pensé en quién podía haberme hecho caer en una burla tan original. Revisé nuevamente la presea en busca de alguna cámara o micrófono oculto, pero parecía genuino. Regresé a mi sillón, pero la situación me dejó intranquilo. Entonces me asaltó un pensamiento catastrófico. ¿Y si el concurso era real? ¡Dios mío! ¿Quién era ese hombre? Me puse los tenis y salí corriendo esperando alcanzar al hombre misterioso. Lo vi doblando la esquina y corrí tras él. Subió a un auto y arrancó. Entré en pánico. Afortunadamente un taxi pasó por el lugar. Le pedí que siguiera al auto. El hombre de gris viajó hacia el sur por más de media hora. Dio vuelta por un sinfín de callejuelas y finalmente se detuvo en una tienda de renta de videos. Bajó del automóvil, entró al establecimiento y se sentó detrás del mostrador. Debe de ser su empleo, pensé. Pasados diez minutos, se puso de pie, cerró la tienda y se marchó caminando. Lo seguí unas cuantas cuadras hasta que entró a un edificio. Con que aquí vive, me dije. Sintiéndome un poco ridículo, escalé un poste de luz frente al edificio y ubiqué el departamento donde vivía este hombre que me perturbaba cada vez más a medida que pasaba el tiempo. Se preparó un café, se sentó frente a su computadora, entrelazó las manos detrás de su cabeza y, reclinándose hacia atrás, aguardó unos minutos. Seguramente estará escribiendo algo importante, una novela tal vez. Pasaron los minutos. Mis manos sudaban contra el frío acero del poste de luz. Finalmente, dio un sorbo a su café, apagó la máquina, tomó el gabán y salió del departamento. En la esquina tomó el tranvía y tres estaciones después bajó (bajamos) frente a un cine. Compró un boleto y entró a la sala. Un poco de sano esparcimiento, deduje. Hice lo propio. En la oscuridad de la sala, encontré al individuo con los pies subidos en la butaca. La película comenzaba a interesarme cuando el tipo se levantó y abandonó la sala. Maldición. Tomó (tomamos) un taxi y, al anochecer, llegamos a un table dance. Pervertido. Preocupado por aquella situación que se salía de cualquier parámetro de normalidad, pagué el cover e ingresé al tugurio de mala muerte. Dos pistas de baile, cada una con su respectivo tubo. El sórdido ambiente no ayudó a aquietar el perturbado estado en el que mi mente se encontraba para entonces. El hombre de gris ocupó un taburete, pidió un drink, compró una ficha, encendió un cigarro. Justo cuando una mujer semidesnuda se aproximaba a cobrar la ficha, él pidió la cuenta, pagó en efectivo y despreocupadamente salió a la noche tibia y sin estrellas. De regreso a su departamento, el nefasto y bucólico individuo encendió el televisor. La cabeza me reventaba en una confusión de ira y contradicción. No existía nada en ese hombre, ni en sus facciones, manera de hablar, andar o actuar, que me hiciera parecido a él. No había podido determinar en sus acciones de ese día algo que pudiera relacionarnos o volvernos colegas o espíritus afines. ¡El tipo era pelirrojo, por amor de Dios! Quería enfrentarlo, arrojarlo contra la pared y sacudirle la verdad a patadas. Harto de sentirme así, entré al edificio, subí las escaleras hasta el tercer piso y llamé a su puerta. En segundos apareció. Podrán adivinar su sorpresa al verme ahí, frente a él, sintiéndose descubierto en su charada. “El trofeo,” comencé. “¿Cómo te atreves a decir que soy parecido a ti? Trabajaste menos de diez minutos. No escribiste nada en tu computadora. Malgastaste dinero en una buena película que no terminaste de ver. Estuviste catorce minutos en un lugar de perdición y ni siquiera acabaste tu trago. ¡Cómo pude ganar ese concurso! ¡Desperdiciaste un día entero haciendo nada!” El hombre sonrió. Colocando una mano en mi hombro dijo: “Precisamente. Y espero verte en las finales del próximo año."
Ya no puedo seguir abrazándome a mis rodillas viendo cómo nadie se detiene a ver No soporto las noches cuando ni siquiera soy yo el que llora, pues yo ya no estoy ahí ¿Cómo chingados recupero lo que perdí lo que me mantenía erguido, eso que me hacía reír? Las paredes se contorsionan Puñetazos de rabia Sólo veo traición, abandono, decepción Un hombre desgajado Me preguntan si estoy bien ¿Qué respondes cuando el corazón se sabe solo? Alargo la esperanza hasta que termine de anudarse a mi cuello Quiero saltar ¿Cómo me mantengo firme cuando todas las puertas que he abierto en mi vida me han llevado a este oscuro abismo? Desesperado busco las respuestas como si mi falta de yo pudiera sumarse o dividirse o cuadricularse Para irse a la mierda no hay matemática que cumpla Nada que comprender Fuiste lo mismo: un montón de palabras que no te cansas de repetir Te escucho porque soy tan imbécil que pienso que la reconstrucción viene de fuera Permaneceré aquí, sentado hasta que la rata pusilánime deje de sangrar Mientras tanto sólo me queda gritarle a quien le importe que hoy hoy ahorita no puedo con el puto dolor
Amanecía y el mar le recordó otras mañanas de gris. La maravilla de los fuegos disparándose en el horizonte montañoso lo deslumbraba apenas. Sobre majestuosos paisajes no reposa el espíritu de un hombre, se dijo. Sentado, con la espalda hacia el acantilado y la frente hacia el resto de su vida, aguardaba el pescador. La barca se movía al capricho del océano y él pasaba las horas contemplando los guiños resplandecientes en las olas diminutas, preguntándose, si se le diera la oportunidad, qué otro nombre le gustaría para el mar. Lo cierto es que cavilaba sobre estas y otras cuestiones de poca importancia porque cuando uno sólo espera a que pase el tiempo la ansiedad desenreda hacia lugares insospechados la madeja de la imaginación. Sin emoción, el pescador murmuraba nombres. Habían pasado días desde que había pescado sustento; eso, por no contar los charales raquíticos que se quedaban atorados en los nudillos de la red. Pero un pez de buen tamaño, un ejemplar que pudiera alimentarlo durante días y que pudiera presumir en la aldea, no había caído en quién sabe cuántos días. Por aburrimiento comenzó a tararear canciones que llegaban desde su infancia, cuando el hombre más respetado en la aldea era el que atrapaba el pez de mayor tamaño. Poco a poco, con los años, esos preciosos animales se habían ido, y resultaba ahora más difícil convencer a los demás y a uno mismo que la de pescador era la vida por la que valía la pena despertarse todos los días. Hoy, el hombre que había sido profeta en su tierra, se disolvía como las huellas en la arena. El pescador regresaría a la aldea con las redes vacías y los hombres y mujeres hablarían en lo bajo sobre la pena que sentían por él, conteniendo la risa para conversaciones nocturnas a puerta cerrada. Un sobresalto lo sacó de sus pensamientos y lo obligó, más por instinto que por concentración, a sujetar con fuerza su extremo de la red. La barca se ladeó al grado de casi hacerlo caer al agua. Temió, por unos segundos, que la red se hubiera enganchado a un arrecife o a una saliente rocosa, pero cuando la vio intentando alejarse, supo que había atrapado un ser vivo de enorme tamaño. Con todas sus fuerzas, el pescador jaló y jaló y muchas veces las cuerdas resbalaban por sus manos. Como si se tratara de su vida, jaló una última vez. Lo que emergió del fondo le arrebató el aliento. Algo más precioso que el oro y las perlas. Un pez del tamaño de un delfín se zarandeaba dentro de la red, desesperado por liberarse, soltando coletazos que ponían la barca en peligro de voltearse. El pez cayó de nuevo al agua, y esta vez el pescador se arrojó hacia el mar con los brazos extendidos, sujetando la red con los dientes. Nunca supo cómo lo hizo, pero regresó a bordo de su lancha y pudo, tras agotador esfuerzo, trepar consigo al pez. La espuma blanca en las escamas reflejaba el sol que aplaudía con rayos dorados la proeza del pescador. Mientras remaba de regreso a la aldea, pensaba en las exclamaciones de júbilo y envidia de sus parientes y vecinos, así como en los días de saciedad que vendrían. El pescador sintió algo que no había sentido desde hacía mucho: se sintió hombre. En el muelle, anudó la soga de la barca y cargó al pez hasta la playa. Ahí, una mujer de tez morena y ojos de piedra hermosa se le aproximó. Él la había visto antes, en las fogatas que se organizaban los días de la Providencia, riendo con los jóvenes del pueblo. Cuando la vio de cerca, notó que ella lloraba. Al preguntarle el por qué de su tristeza, ella respondió que llevaba muchos días alimentándose de las sobras que le daban los vecinos y que estaba cansada de mendigar. Quería tomar el autobús a la ciudad para abandonar el pueblo, pero no tenía dinero. Estaba hambrienta y se sentía sola. Conmovido, el pescador le ofreció compartir el pez que acababa de atrapar. Entre los dos cargaron al animal a la casa de ella y él se despidió diciendo que quería avisar de su hazaña a los hombres del pueblo antes de que la mujer lo cocinara. Cuando el pescador regresó a la casa de la mujer, se encontró con que un grupo de jóvenes reían acaloradamente, masticando con la boca llena, agradeciendo vulgarmente el gesto bondadoso de la mujer al haberles invitado aquel festín. Sobre el suelo terroso de la casa arrojaban espinas, escupían piel escamosa y pateaban una aleta dorsal. La columna del pescado yacía rota debajo de una mesa de madera. Del formidable animal que había abarrotado la barca no quedaba más que desperdicios. La alegría y el orgullo que el pescador experimentara minutos antes quedó sustituida por pena e indignación. Acercándose a la mujer, le reclamó: ¿acaso no prometiste que esperarías a mi regreso para cocinar el pez? ¿Qué haré ahora para alimentarme mañana y los días que le sigan? Riendo, la mujer le dijo: hoy en la mañana pensaba marcharme de aquí porque mis amigos me habían dado la espalda. Ahora, mis amigos han vuelto a fijarse en mí. Mañana tú podrás treparte a tu lancha y atrapar otro pez. ¿Ves? Tu reclamo no tiene sentido. Con el corazón roto, el pescador salió de la casa de la mujer.
Pasadas las horas, hartos de tanto comer, los amigos de la mujer fueron abandonando su casa. Al salir el último, ella contempló horrorizada lo que la multitud había hecho con su casa. Pero lo que más le afligió fue darse cuenta de que ninguno de ellos se había quedado a hacerle compañía. A la mañana siguiente, la mujer tuvo hambre. Buscó entre los retazos de pez algún bocado pero sólo encontró espinas. Salió a la calle y, tragándose el orgullo, llamó de casa en casa preguntando si podrían darle de comer. Al llegar al muelle, observó, a lo lejos, al pescador echando redes al mar. El viento arrastraba los murmullos del hombre, frases que ella no pudo completar. Era como si mencionara nombres… nombres que ella no había escuchado jamás.
Ayer Denise y yo hablamos de una palabra que yo tenía extraviada.
Cuando los primeros rayos del amanecer golpearon el asfalto, él ya bailaba. En una danza sagrada preparada siglos atrás para agradar a los dioses, el conchero dejaba su alma y su cansancio. Y su obligación ya no era en los atrios de los templos donde las conchas de armadillo y los estandartes representaban la grandeza de nuestros ancestros, sino en las calles, en las explanadas paganas por las que decenas de miles de infieles pasaban todos los días. Ahora era por dinero. Nadie le prestaba atención. Ninguno de los automovilistas atestiguaba el ritual en el que al sonido de cascabeles y percusiones el conchero construía un puente para unir el vientre de la Coatlicue con el quemante beso de Tonatiuh. Bajo el semáforo de la intersección, el sol que avanzaba sobre nubes de platino ayudaba a resaltar los colores diluidos de su vestuario con tiras de lentejuela y tapa rabo de piel. Coronando su cabeza, el maxtle dorado sujetaba un ikuazéhatl adornado con plumas de faisán y pavo real, que le investía una elegancia otrora destinada a la realeza, y hoy despoblada de majestuosidad y relegada a los sucios rincones de mercados y barrios olvidados de la Ciudad.
En la madrugada, antes de comenzar, pidió permiso a los cuatro rumbos del Universo y a Téotl para sonar las ayacaxtli y la tlapitzalli, que con su ventoso sonido característico resonaba con más rudeza que la tibia flauta de los extraños europeos. Danzaba con furia, perdido en éxtasis, ignorado por transeúntes que atravesaban la calle con prisa, pensando en nieve, trineos y noches de paz, pero que, a diferencia de él, ignoraban la grandeza de su procedencia. Nadie lo veía. Nadie regalaba monedas. Nadie le ofrecía ni a él ni a su familia una mirada condescendiente.
A media tarde, cansado de dar vueltas y sonar cascabeles, el danzante tomó un descanso en el camellón. Su esposa lo miró con una tristeza que le agrietaba los ojos por tantos años de siempre lo mismo. En su reboso, un recién nacido dormía, respirando en espasmos, soltando a segundos burbujitas de baba que de inmediato se secaban por el calor de invernadero. “Sigue enfermo,” exclamó ella en un idioma milenario desprovisto de emoción. “Respira como si ya no hubiera aire.” Entonces el conchero se puso de pie, y sintiendo su corazón punzándole las piernas y la cadera y en las costras de sus pies, arremetió contra su suerte maldiciéndola con brincos y vueltas que no provocaron la compasión de los dioses ni de nadie. Gemía con la tlapitzalli, y más fuerte aún cuando los automovilistas acallaban su reclamo con un vulgar concierto de claxons y gritos y peticiones humillantes para que se hiciera a un lado. Hombres como él ensucian la ciudad. Una patrulla se acercó y le pidió su cuota. El poco dinero se le fue en el alquiler de diez metros de concreto.
Entrada la noche, volvió al camellón. Se asomó al interior del reboso y vio que su hijo no se movía. “Murió en la tarde,” exclamó ella. El conchero musitó algo en una lengua que sólo comprenden quienes se sienten impotentes para proteger a los suyos y, poniéndose nuevamente de pie, tomó a su hijo recién nacido y atravesó la calle seguido de su esposa.
Entraron a una iglesia. Sintiéndose indignos de acercarse al altar, permanecieron en silencio en la parte posterior. Él abrazaba a su hijo contra su pecho semidesnudo. Las personas, ataviadas con abrigos negros que llegaban hasta las rodillas, escuchaban a un sacerdote hablar de un niño que, hacía dos mil años, había nacido en el más humilde de los lugares, olvidado del mundo, acompañado únicamente de sus padres y de animales de establo. Ese niño moriría después preguntando por qué Dios lo había abandonado. Pero llegaría un día en el que el mundo entero se hincaría delante de él y lo llamaría Rey. Volviéndose hacia su mujer, el conchero exclamó: “Mira, está hablando de nuestro hijo.”
Ella asintió.
Los tres salieron a la calle, de regreso a una ciudad que, sin importar fecha ni horario, jamás tendría tiempo para mirar al interior de su propio corazón.