jueves, 3 de octubre de 2013

Signo Vital Cero






Para Aliza,


ידידות היא בית נפש יחיד בשני גופות.


1
                La sensación de objetos puntiagudos rasgándole la piel fue lo que lo despertó. Al abrir los ojos contempló con horror una tribu de ratas hambrientas que recorrían su cuerpo con ánimo salvaje, al tiempo que clavaban sus feroces colmillos en su carne. Decenas de ratas que mordían sus muslos, antebrazos, cuello, paseando sus largas colas por el contenedor. Más por reflejo que por el dolor que debía sentir, Daniel se estremeció violentamente y, sacudiéndoselas, salió a la noche. Cayó del enorme contendor de basura dolorosamente. Algunos roedores saltaban sobre él con la intención evidente de no dejar escapar la cena. Una a una, las tomó del lomo arrojándolas contra la pared de un edificio, pensando que la tibia sensación de su pelaje le provocaría náusea, pero para su sorpresa fue como arrancarse un animal disecado e inofensivo. En el cielo, la luna brillaba como un mesías agonizante y menor: ajena, impersonal y desentendida, como una amante desdeñada por el cielo protector. Entre calles húmedas y solitarias, Daniel caminó.

                Entró a la sala de urgencias y en el reloj de pared vio que eran las 3:46 AM. Apenas mostró su rostro tras el cristal de la recepción, la enfermera en turno se puso de pie de un salto y corrió a buscar al doctor de guardia. Daniel tomó asiento entre la turba de ancianos, moribundos y achacosos que habitaban la sala de espera en esa hora donde el mundo se ha vaciado y sólo los desposeídos permanecen. Yo no soy ellos, pensaba Daniel, a quien para entonces le costaba recordar cómo había llegado al interior del contenedor de basura. Segundos después apareció un hombre de lentes y bata blanca.

- Venga por favor.

                Daniel lo siguió al interior de un consultorio de leprosas paredes y muebles desvencijados. Una enfermera lo sentó en un banco giratorio, y pidiéndole que se quitara el gabán destazado, le arremangó la camisa. El asco que le provocaba su proximidad se evidenció en la mueca torcida que apagó el rostro de la mujer. Mirándolo de reojo, el doctor metió una hoja blanca en el rodillo de una máquina de escribir.

- ¿Nombre? – preguntó.

                Daniel dictó su nombre completo, dirección, teléfono, antecedentes médicos, alergias, adicciones. Las palabras salían mecánicamente, sin emoción, la semblanza de alguien más que por casualidades del destino portaba su mismo nombre y vivía en la misma casa. Fue entonces que se percató del deplorable estado que presentaban sus ropas. Los jeans eran girones desiguales de mezclilla rasguñada por un ejército de colmillos, lo mismo que su camisa, despedazada por el pecho y la espalda. El gabán presentaba las mismas laceraciones. Los hoyos en las suelas de sus zapatos de gamuza dejaban ver unos calcetines de color oscuro. No recuerdo habérmelos puesto. En la bolsa del gabán, Daniel encontró su billetera y una corbata azul.

- Muy bien – dijo el doctor - ¿Recuerda usted cómo llegó aquí?

- Estaba perdido. Vi el hospital y entré.

- ¿Le había ocurrido esto antes?

- No lo recuerdo.

                Notó también las heridas en sus brazos, ¿no deberían de estar sangrando?

                Haciendo un pobre esfuerzo por ocultar la repulsión que le provocaba acercársele, la enfermera colocó el baumanómetro en su brazo. Presionó la bombilla y aguardó a que las agujas volvieran despacio al punto de partida. Para su sorpresa, las agujas cayeron estrepitosamente. Frunciendo el ceño, la enfermera colocó ahora el estetoscopio en el pecho de Daniel.

- ¿Tiene problemas con estupefacientes?

- No.

- ¿Alcohol?

                Daniel meneó la cabeza.

- A ver – dijo la enfermera asustada – Tosa.

                Daniel obedeció.

- ¿Estuvo en algún altercado, alguna pelea en algún bar?

- No. No lo sé – rectificó Daniel.

- Doctor, venga a ver esto.

                El doctor revisó los latidos de su corazón. Una mosca revoloteaba alrededor de un foco.

- Esto no está bien – exclamó el doctor mirando con susto evidente a la enfermera.

- ¿Qué pasa? – quiso saber Daniel.

- ¿Hay alguien a quien podamos llamar en caso de emergencia?

- Sí, mi esposa. Pero ¿qué pasa? – Daniel se percató entonces que lo que debió escucharse como una firme exigencia salió de su garganta como una tímida petición.

El hombre de la bata blanca procedió a tomarle nuevamente la presión, al tiempo que exclamaba ¡esto es imposible! y ordenaba a la enfermera llame al Doctor Álvarez.

- ¡Qué pasa! – gritó Daniel.

                Mirándolo fijamente a los ojos, el doctor le respondió:

- Sus signos vitales... no existen.

- ¿Qué? ¿Qué significa eso?

- Sabes perfectamente lo que significa – aseveró el doctor regresando a su máquina de escribir – Quiere decir que estás muerto.

                Daniel hizo un estoico esfuerzo por asimilar rápidamente la noticia de su nueva condición. Acariciando desentendidamente la seda de su corbata, murmuró:

- Clarissa González. Con certeza la encuentran en casa de su mamá.


2

                El consultorio hervía de actividad. Un enjambre de enfermeras entraba y salía cubriéndose con pañuelos perfumados, llevando aparejos, revisando anotaciones en blocks y repitiendo en voz alta los mismos datos una y otra vez. Alguien conectó los nodos de un ECG directamente a su pecho, pero en la pantalla, en lugar de los brincos y caídas que el punto de luz fluorescente debía pronunciar, aparecía una perfecta línea recta acompañada de un constante y monótono sonido. El Doctor Álvarez, Director del hospital, entró una sola vez para corroborar lo que sus subalternos le habían advertido, y con un simple hmmmm, echó por tierra la esperanza de Daniel de poder contarse aún entre los vivos. Lo que necesitaba ahora con urgencia era un rostro familiar, una mano en su hombro, un abrazo que le asegurara que todo estaría bien. Daniel deseó estar en casa. Un espasmo de terror se apoderó de él cuando, al buscar en su memoria su rincón favorito, se dio cuenta de que no podía recordar cómo era el interior de su recámara, ni su estudio. Cerró los ojos y, como las ondas del agua en la tina o como las razones de la lejanía, la imagen de la cocina se alejó hasta desvanecerse.

                Para las 5:37 AM la mosca en el foco se había multiplicado por cien, y todas revoloteaban encima de él, dejando huevecillos en el interior de las heridas, ahí donde la sangre siempre fue un coágulo inconcluso.

- Quiero irme de aquí – exclamó sin emoción.

                Nadie respondió. Daniel se puso de pie. Arrancó los nodos de su pecho y caminó hacia la puerta del consultorio. Con evidente molestia, como si de un ultraje hacia su dignidad se tratara, una de las mujeres de cofia dijo:

- ¿Adónde cree que va?

- A mi casa – respondió él inocentemente.

                Con un chasquido, la enfermera consiguió que dos hombres corpulentos lo detuvieran, amarrándolo al banco giratorio. Cuando conectaron de nuevo el ECG, la línea verde apareció junto con el agudo chillido de la máquina. Justo en ese momento apareció Clarissa. Su rostro de mármol blanco reflejaba una tristeza superficial que Daniel no pudo de inmediato descifrar.

- Mi amor – exclamó él tratando sonar coherente con su intolerable situación – Por favor diles que esto es un error, que estoy vivo. Explícales que tú y yo tenemos una casa, una vida, que esto que me está pasando es absurdo.

                Clarissa permaneció callada. Durante algunos segundos lo único que hizo fue mirar hacia el suelo.

- Daniel, no tengo nada que reprocharte. Tampoco estoy diciendo que nada de esto sea tu culpa, pero por algo pasan las cosas. Tal vez… no sé… tal vez esto sea una oportunidad para que nos replanteemos nuestra relación, definir qué es lo que queremos el uno del otro.

                Las miradas de los presentes se anclaron sobre un Daniel diminuto.

- ¿Nuestra relación? ¡Eres mi esposa!

- ¿Por qué eres tan egoísta? – dijo Clarissa rompiendo a llorar - ¿Por qué no puedes pensar un segundo en mí? ¡Lo único que quiero es un matrimonio normal! Pero contigo… mírate. ¡Estás muerto, Daniel! ¿Qué crees que van a pensar mis amigas cuando se enteren que duermo con…tigo?

- Que soy tu esposo.

- Ese es tu problema. La vida no es como tú quieres verla. La vida es, y ya. Perdón, no puedo seguir aquí.

- ¡Clar…!

                A la mitad del pasillo, con el rostro cubierto de lágrimas y rímel, Clarissa concluyó:

- Hasta que la muerte nos separe, ¿te acuerdas?

                Clarissa salió por la puerta hacia la calle. Daniel corrió hacia la ventana arrastrando tras de sí enfermeros y aparatos. Lo que vio del otro lado del cristal lo detuvo en seco. En la acera, un hombre joven de ojos claros y barba cerrada abrazaba a Clarissa, primero amistosamente, pero una vez que la ayudó a subirse a un auto, la besó en los labios con dolorosa familiaridad. El automóvil arrancó y se perdió bajo el manto de la madrugada. Petrificado, Daniel preguntó más al aire que a nadie en particular:

- Dígame, ¿puede un hombre morir más de una vez?

                Por toda respuesta, el ECG emitió un solitario beep sólo para continuar un segundo después con el incesante chillido.
3


              La explicación a por qué no le permitían marcharse radicaba en el fenómeno mismo. El descubrimiento de un muerto viviente siempre daba excusa para una publicación en el ‘Scientific Journal’ o para ganar el Premio Nacional de Ciencias. A Daniel le llamaba la atención el hecho de que doctores y enfermeras por igual hablaran de su condición sin reparar en su presencia. Quizá si lo bañamos en formol, sugiero cubrirlo con plástico, preservémoslo en la morgue.
                Poco a poco los colores que antes pintaban la realidad fueron amalgamándose en el espectro de los grises. Sonidos que había podido distinguir perfectamente le llegaban ahora descompuestos, como si un filtro líquido distorsionara la cresta de los agudos. La muerte había nublado su percepción sensorial. Pero no solo eso. Las respuestas que horas antes había sido capaz de ofrecer se quedaban tartamudas en su lengua. Dejó de recordar quién era, de dónde venía, hacia dónde se dirigía. Un trasplante, sugirió un hombre que había estado manejando la teoría de que Daniel volvería a la normalidad si un motor volvía a impulsar la sangre por su sistema circulatorio. Pero nada se concretaba. Una doctora que no había visto antes entró al consultorio y repitió por enésima vez la rutina de las preguntas. No usaba cubre bocas ni el pañuelo perfumado, tampoco esgrimía aquella mirada de repulsión que endurecía los rostros de quienes lo observaban. En sus gestos y ademanes, al colocar amistosamente la mano sobre su hombro, Daniel encontró empatía. Sin embargo, no pudo contestarle nada sobre su vida anterior; ignoraba si había sido astrofísico o músico de filarmónica, si había develado el misterio de la genética de las coníferas o si en algún laboratorio se había ensuciado las manos definiendo π. ¿Jugaba con los números o con las letras? Tampoco recordaba el nombre de sus padres, si tenía hermanos, o el nombre de ningún amigo. Todas eran preguntas que debían dolerle, pero ahora simplemente se sublimaban en una vaporosa melancolía. Cenizas de keroseno, como si un puñado de fotografías de su futuro se hubieran apagado en su boca. El espeso enjambre de moscas no dejaba de posarse sobre Daniel y la doctora. Afuera del consultorio, el escándalo ardía.

- ¿Qué sientes? - preguntó ella.

- Una rencorosa apatía – respondió él tras meditarlo.

                Entonces, la doctora desanudó sus ataduras.

- Vete – dijo - Ellos no merecen que tú seas su respuesta.

Sin ser visto, Daniel caminó hacia la puerta del hospital. Cubriéndose el rostro con el cuello del abrigo, regresó clandestinamente al mundo, ahí donde el solitario mantiene su pacto inquebrantable con la madrugada.

4


              Durante las siguientes horas Daniel caminó por artríticas calles que lo detestaban, ladrándole. Buscaba en los rostros grises de quienes se topaban con él alguien que pudiera reconocerlo, sacudirlo, decirle no fue en vano. Su reflejo, al que tardó algunos minutos en acostumbrarse, lo atrapó devolviéndole una figura leprosa y vagabunda, un ceño ataviado de desconfianza, diez mil corvas en la espalda, rulos grasientos en los cabellos; dos cadavéricos pómulos resaltaban sus oscuros ojos desprovistos de luz.  Lo primero que se pierde al morir es la semiótica de uno mismo. Luego, la noción del tiempo. Llevo muerto toda mi vida. Continuó su camino apenas consciente de los perros y las ratas y las moscas que lo seguían, el Flautista ignorado por una Hamelin indiferente, meretriz y decadente.
En un callejón sombrío encontró un niño tiritando de frío. Daniel se quitó el gabán pero, antes de podérselo entregar, el pequeño se lo arrebató.

-¡Está roto! – reclamó - ¡Y apesta!

Afuera de una iglesia, sobre una escalinata de ladrillo bañado por un sol de cromo, una novia vestida de blanco lloraba sosteniendo temblorosamente una carta. En el teléfono, un hombre mayor juraba a su esposa que iba a cambiar siempre y cuando le diera otra oportunidad. A Daniel cada uno de ellos se le figuró el producto inconcluso de una madre anémica y despreciable, criaturas confeccionadas para avergonzar a la tierra que los parió. Troncos sin raíz, tallos enfermos y desnutridos. Sintiendo literalmente los huesos de su cuerpo desintegrándose, Daniel buscó refugio en el interior de un bar.

Adentro, ojos amarillentos perdidos en botellas ámbar, tubos de acero de los que deformes trapecistas desnudas giraban y pendían, meseras dejándose inquietar mientras limpiaban salivaciones deshonrosas, la otra idea del Edén. Dejándose caer sobre una silla, Daniel esperó lo peor.

- ¿Tiene para pagar? - le preguntó una mujer escotada.

Daniel se encogió de hombros, pues la quijada había dejado de responder por él. Acto seguido, un vaso sudoroso apareció sobre una servilleta. Enfrente, una pareja discutía acaloradamente; él suplicante, ella… lo de siempre. Por la puerta, la doctora que le había ayudado a escapar apareció. Miradas lobunas la siguieron hasta la mesa donde él se encontraba intentando rescatar el sabor de su bebida.

- Ni siquiera el hielo me escuece - dijo.

- Yo sé - respondió ella.

- ¿Cómo me encontraste?

- ¿Estás bromeando?

Por la ventana podían verse las centenas de animales que habían sido convocados por la tremenda peste.

- Dejaste una gran conmoción en el hospital, se les escapó su premio Nobel.

Pero él sólo meneaba los hielos. Ella lo miraba nerviosamente, ahuyentando con sus dedos decrépitos a las moscas que la habían seguido al interior. Entonces, en medio del funesto estropicio, acercó resueltamente sus labios e intentó besarlo. Echándose hacia atrás, Daniel la rechazó tajantemente dejándola con los ojos cerrados y la cabeza reclinada en el aire.

- Es el truco más vulgar - mencionó con voz neutra - Pretender que volveré a ser tu maldito experimento solo porque te atreves a besar a un cadáver. Por ti me llevo la imagen de una humanidad indecente y pagana.

Daniel intentó ponerse de pie. Sin embargo, sus atrofiados huesos no pudieron con el peso de su cuerpo putrefacto. ¡Qué grandioso espectáculo debo de ser que no te atreves a largarte! Entonces, sin dejar de mirarlo, inmersa en toda aquella vulgaridad, ella desabotonó su blusa y dejó asomar en su pecho un boquete del tamaño de un puño, justo ahí donde debería encontrarse su corazón.

- Tampoco recuerdo quién soy - exclamó.

A Daniel se le murieron las palabras. Durante algunos minutos lo único que pudo escucharse en el bar fue el taladrante zumbido de las moscas. Finalmente, dijo:

- Ojalá tuviera un corazón.

- ¿Y ser como ellos?

                Él la vio. Se encontró con un cabello rubio pajizo que se rehusaba a entiesarse, una tez de casablanca que repelía las sombras y una bella y tenue sonrisa de paciente aceptación. Los ojos, cada uno un grial verde radiante y rabioso, transformaban la perspectiva de una muerte horrenda y solitaria en la posibilidad de un último suspiro digno y tranquilo. Como él, ella estaba muerta, pero en aquella muerte él encontró significado. Haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, tomándola de la mano la llevó a la calle, lejos del bar, lejos de los hombres, afuera de la ciudad.

                En un baldío se desplomaron. Recargaron sus cuerpos contra el tronco seco de un árbol. Abrazados, rogaron en silenciosa comunión por el paso de una erosión que los llevara lejos. Pero seguían ahí. El tránsito del viento delos siguientes días los empujaba cada vez más el uno hacia el otro, hasta que la sombra de su respiración desplazó la memoria de otras caricias. De sus cuerpos abrazados brotó moho y pasto, y en el milagro había propósito. Con elegante obediencia ambos aceptaron convertirse en una escultura de hojarasca. Con el paso de los años aun los perros y las moscas se olvidaron de ellos. El peso de hojas secas que caían, la hiedra que los anudaba y el reptar de insectos invertebrados terminaron por aproximar sus labios. La gravedad se encargó del resto. Invisiblemente, él se deslizaba sobre ella; imperceptiblemente, ella decía sí. Sin haber perdido del todo la consciencia, sintieron aquel beso perpetuarse más allá del tiempo que tanto habían temido. Ahora sólo quedaba comprender que detrás de cada acción, de cada olvido, de cada ¿por qué?, había designio.
Juntos alimentaron la tierra.


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viernes, 7 de junio de 2013

El Tiempo y Natalia




Fue su teoría sobre el tiempo lo que lo destruyó. Alguna vez había sido joven y muchos habían augurado para él horizontes sin límite. El científico más brillante de su generación, respetado por sus colegas, distinguido por los dirigentes de la ciudad, alabado por los comunes. Sus ideas habían cambiado la manera en la que se percibía el universo, y sus leyes cuánticas ayudaron al hombre a comprender las mecánicas que gobernaban a los mundos dentro de los mundos. Tenía reconocimiento, fama y fortuna. Pero el tiempo se lo había arrebatado.
Una mañana, después de un encierro de más de seis años que tuvo a la ciudad entera en vilo, apareció en la Sala de Gobierno meneando histéricamente un fajo de hojas repletas de números, y preso de una misterioso terror proclamó que nada de lo que se conocía o llegara a conocerse podría jamás ser posible.
-- ¡Absolutamente todo es una mentira! – gritaba. – Nuestras leyes, paradigmas, teorías, hipótesis. Nos hemos engañado durante siglos.
En su angustiosa explicación, a los azorados presentes dijo que ni siquiera podían catalogarse como mentiras las conclusiones a las que los sabios habían llegado, pues una mentira sólo puede probarse con una verdad y la verdad había dejado de existir.
-- Lo que perciben nuestros sentidos no es real – dijo. – Incluso dudo de la presencia de cada uno de ustedes, dudo de los efectos de mi propia voz. Después de haber abordado el problema científicamente, puedo asegurar que la única verdad irrefutable es que vivimos en un sueño.
            Poco a poco, primero con disimulada discreción y luego con vulgar desparpajo, las risas de sus pares y de los príncipes de la ciudad inundaron la galería. Desesperado, el joven científico intentó explicar que el tiempo era un concepto que debía descartarse por engañoso y que, contrario al saber humano que aseguraba que podía medirse e incluso manipularse, actuaba a capricho.
-- ¿No fuiste tú quien aseguró que pronto tendrías el conocimiento para viajar en el tiempo? – preguntaron sus colegas sin dejar de reír.
-- Me equivoqué. El tiempo es una substancia inteligente y debe tratársele como tal.
-- ¿Y qué propones que hagamos? – le preguntaron.
-- Entrar en contacto con él – respondió tajantemente el científico. – Después de todo, somos sus propias creaciones.
            La reputación del científico se desintegró casi al instante. Tildándolo de loco, por decreto real fue expulsado de la Academia de Ciencias y en las calles de la ciudad las personas lo miraban, señalándolo. Los teatros y restaurantes en los que antes era bienvenido ahora le cerraban las puertas y en los congresos de matemática y física se contaban chistes a costa suya. Sin embargo, no era haber perdido la fama y el dinero lo que le arrugaba el corazón, sino el saber que había dedicado su vida y su genio a una falacia.
            Así, del calendario se desprendieron las hojas de muchos meses. El escarnio del que había sido víctima se evaporó con el tiempo y poco a poco los habitantes de la ciudad lo fueron olvidando. Ya siendo un viejo, apenas pudo encontrar un pequeño establecimiento cerca de la muralla norte donde el sol del mediodía calentara sus huesos y los transeúntes pasaran de largo sin dedicarle un guiño.
Sentado en una mesa al final de la posada, el científico era irreconocible. Su piel ajada mostraba ahora el óxido que se impregnaba en el acero de los navíos una vez que la sal del mar ha producido su efecto corrosivo. Una capa gris cubría su cabellera y de vez en cuando retiraba los bifocales que descansaban sobre su alargada nariz para sobar sus párpados. Aunque tiempo y edad carecían de significado para él, era evidente que la juventud se había escurrido como arena en un reloj. Invisible a los demás, escribía lentamente, como si con la muerte hubiese pactado una tregua secreta y el último de sus días no tuviera prisa en llegar. Con mano temblorosa garabateaba en un cuaderno fórmulas matemáticas, ecuaciones, exponentes, factoriales y algoritmos con el único objeto de probar la hipótesis que seguía mortificándolo. En su mente rondaba la sospecha de que habiendo sido él quien descubriera las trampas del tiempo, ahora, vengativo, el tiempo lo mantendría vivo indefinidamente, vivo y lejos de la redención.
Esa tarde, harto de garabatos y sinrazones, decidió darse por vencido. Cerró el cuaderno consciente de que la vida era un sofisma, un vicioso silogismo que pretendía hacer pasar por día lo que en realidad eran tinieblas, y como ciencia lo que era sólo un malabar. Justo en ese instante (sincronías que jamás podrían probarse en un laboratorio), por la puerta apareció una mujer a la que no tardó en reconocer. Ya antes había estado ella en el mesón, pero por alguna razón que escapaba a su raciocinio, aquella tarde en sus ojos la mujer cobró relevancia. Era joven, de pequeña estatura, cabello rizado y ondulado, y labios color rosado prestos a reír a la primera provocación. Se movía con gracia, como electrones que zigzaguean seducidos por la gravedad indetectable del mercurio. Resultaba embarazosa la forma en que el científico buscaba pretextos para ojearla, pues para su mente lógica y pragmática subjetividades como atracción, belleza y perfección pertenecían al mundo de lo efímero e inservible. La única belleza del mundo estaba en lo cuantificable, en las ecuaciones que la naturaleza redactaba sobre sí misma en partículas infinitesimales o en macroscópicas galaxias. La miraba de soslayo, la palidez de su piel, las finas facciones de su rostro, el azul de sus ojos atrayéndolo igual que un agujero de gusano atrae la luz de las más distantes estrellas. Defendiéndose de aquella sensación desconocida, inmediatamente la descompuso en elementos que pudiera comprender y catalogar. Aquellos enormes ojos azules no fueron entonces más que el producto de una rara mutación genética en la que el estroma se interponía en el camino de la luz cuando ésta era reflejada por el epitelio del iris hacia el exterior. Un error de la naturaleza. La nívea pigmentación de su piel era otro discurso genético involuntario, posiblemente producido por falta de proteínas de la madre. Al dividirla en módulos, el profesor tranquilizaba el absurdo redoble que sentía en el pecho.
Aquella tarde, la joven entró acompañada de un grupo de jóvenes ruidosos y altaneros. Al verlo solo en el rincón, uno de ellos lo reconoció y comenzó a susurrar su nombre, señalándolo. En un segundo, el grupo miraba al científico como un chacal atisba a una cebra. La sensación de sentirse objeto de mofa recorrió su viejo cuerpo como un torrente de electricidad fría y fatal. Un joven alto y de complexión atlética, se acercó a la mujer y, abrazándola cariñosamente, le murmuró al oído frases que la hicieron sonrojarse. Ella miró al científico negando con la cabeza. El atleta insistió, besándola en el cuello.
-- ¿Por qué no vas tú? – reía ella.
-- Hazlo por mí. Te premiaré – dijo él.
Aceptando el reto, ella se acercó al científico con renuencia. Su ejercicio de descomposición dejó de surtir efecto. El nerviosismo en su interior lo hizo palidecer. Pretendiendo ignorarla, el científico mantenía la cabeza sobre la taza de café.
-- Disculpe, ¿no impartía usted la clase de mecánica aplicada en la universidad?
-- Sí -- respondió el científico con una mueca de enfado – Pero eso fue hace mucho tiempo.
            La muchacha miró de reojo hacia la mesa donde se encontraban sus amigos.
-- Mis amigos quieren saber si es cierto lo que se dice de usted.
-- ¿Y qué se dice de mí? – preguntó él con un gruñido.
-- Que viajó en el tiempo.
-- Si son ellos los que quieren saber hubieras dejado que ellos hicieran el ridículo.
            La sonrisa en la mujer desapareció. El científico esperó que eso fuera suficiente para que ella diera media vuelta y se marchara.
-- Yo quiero saber – dijo ella abandonando el tono infantil. -- ¿Es verdad que se puede viajar en el tiempo?
            El científico la miró por algunos segundos.
-- Sólo un estúpido podría pensar que yo dije eso.
-- ¿Se puede?
-- No. Lo que dije fue que el tiempo puede viajar por nosotros.
            Presa de la curiosidad, la joven inclinó la cabeza. Acariciándose los ojos, el científico explicó:
-- Nos gusta imaginar al tiempo como una constante lineal, elíptica o, en el mejor de los casos, relativa. En todos los casos el hombre es el viajero. Y en todos los casos viaja hacia adelante. Yo propuse que, en el entramado del universo, es el tiempo quien decide viajar a través del hombre.
-- Eso es imposible -- rebatió ella con genuino interés. -- El tiempo siempre sigue su cauce. Nadie puede detenerlo. Usted no sería…
-- ¿Viejo?
-- Disculpe. No quise…
            Desde la otra mesa llegó el sonido de un silbido. El joven deportista se estaba impacientando. Tal parecía que la broma que buscaban perpetrarle no estaba saliendo como lo habían planeado.
-- ¿Qué ves aquí? -- El científico señaló la montaña de cenizas que colmaba el cenicero en el centro de su mesa.
-- Cenizas -- dijo ella.
            El viejo tomó la servilleta de tela que descansaba en sus piernas y, cubriendo el cenicero, preguntó: ¿estás segura?
-- Apostaría el tiempo que me queda esta tarde.
            Haciendo un gran esfuerzo que se notó en su rostro, el científico cerró el puño con todas sus fuerzas. Abrió entonces el puño y, retirando la servilleta, dejó caer el contenido sobre el recipiente. La mujer no podía dar crédito a lo que apareció frente a ella. Las cenizas que antes rebosaran en el cenicero de cristal se habían convertido en polvo de diamante, fino y refulgente bajo la luz del atardecer.
-- ¿Cómo hizo eso? -- exclamó ella.
-- Tiempo y presión -- respondió el científico. -- Yo ejercí la presión, pero dejé que el tiempo viajara a través de las cenizas.
           La mujer tomó una silla y se sentó. A unos metros, el atlético joven golpeó frustrado la mesa con la palma de la mano, haciendo que dos vasos cayeran sobre el suelo, rompiéndose.
-- ¿Puede entonces detenerse el tiempo? -- preguntó ella sin prestar atención al berrinche de su novio.
-- No, pero podemos detenernos nosotros.
-- Hágalo.
            Entonces ocurrió el milagro. Sin apartar la mirada del rostro de la hermosa joven, el científico sintió una descarga de energía que atravesó su cuerpo; le pareció que desde su nacimiento hasta aquel preciso instante, el transcurso de su vida entera podría medirse en un nanosegundo volátil y olvidable, pero que al mismo tiempo esa breve charla podía extenderse más allá de las manecillas del reloj. La atracción que sintió era innegable. Los ojos azules dejaron de ser elementos dispersos que se reagruparon instantáneamente en un solo significante, y cuyo resultado fue algo inesperado: la más absoluta elegancia. Brillaban incandescentes, como fuegos beduinos que incendiaban una esfera de antimateria. Sintió una peculiar y desconocida opresión en algún lugar de su espalda, o su pecho, o su nuca, dolor que se transformó en compasión por él mismo. Tanta vida dedicada a encontrar la verdad en los números, cuando la suma de todos ellos jamás podría descifrar la belleza que ahora se encontraba sentada en su mesa. Impregnado por la necesidad de sublimarse en ese dogma recién descubierto, comprendió que su existencia carecería de significado si le permitía marcharse sin decirle, sin tocarla. Aquí está mi redención, pensó, en ella está lo que el tiempo me debe. De todas las rutas críticas posibles para conseguir que ella comprendiera su dilema, el científico escogió la más simple: optó por besarla.
-- Por favor, haga que el tiempo se detenga – pidió ella.
            El científico la ignoró, como ignoró también la reacción que el atleta tendría ante su atrevimiento. Sin embargo, su aplomo quedó reducido a polvo cuando descubrió la nueva trampa en que había caído. Calculando los metros que lo separaban de su objetivo, se percató que aquella distancia podía naturalmente dividirse por la mitad. La mitad de dos es uno.
-- ¿Qué harías si pudieras contemplar la eternidad? -- preguntó él.
-- Me asustaría -- respondió ella.
-- Cierra los ojos.
Ella obedeció. Cuando los ojos azules quedaron cubiertos por los delicados párpados de la mujer, él partió la nueva distancia por la mitad. Un metro partido por la mitad es medio metro.
-- ¿Qué ves?
-- Sólo lo que recuerdan mis ojos -- respondió ella.
-- Ábrelos.
            A su alrededor, las personas en el mesón conversaban, se movían, reían, comían como lo habían estado haciendo segundos antes; todo seguía igual, pero distinto. Cada uno de ellos se veía diferente, como si pertenecieran a otro tiempo, o mejor dicho, a un instante en medio del tiempo. La mesera limpiaba los fragmentos de cristal roto en el suelo como si una niña de seis años se encontrara atrapada en el cuerpo de una mujer de veintiséis. El gordo de la caja cobraba las notas con la ligereza de un gimnasta; y el novio atlético semejaba a un viejo de noventa, decrépito y falto de energía vital. Le costaba mover el cubierto, le dolía masticar. Pero no era lo único. La trasgresión del tiempo natural ocasionaba que las cuerdas cuánticas produjeran un sonido parecido al de un flautín. De pronto, la atmósfera se llenó de una hermosísima música invisible. La joven miraba hacia todas partes, fascinada, con los vellos erizándosele en los brazos. Frente a ella, el científico temblaba mientras descubría lo inevitable. La distancia que resultaba de dividir cualquier número entre dos podía dividirse a su vez por la mitad, así sucesivamente. ¿Cuántas veces podía dividirse la distancia que los separaba? La respuesta sonó en su mente onírica y terrible: interminablemente. ¿Cuánto tiempo le tomaría entonces alcanzar los labios de aquella joven?
El científico sintió desmayarse, pues mientras ella danzaba con la música de la eternidad, él caía víctima de los caprichos del infinito.
-- ¡No se dan cuenta! -- exclamó ella maravillada mientras atestiguaba la extraña coreografía a su alrededor. -- ¿Hace esto siempre el tiempo?
-- Siempre es una palabra inasible. Prefiero decir constantemente.
-- A mí me gusta más siempre – dijo ella sin dejar de observar.
-- ¿Quieres hacer trampa? – preguntó él.
-- Sí.
-- Cierra otra vez los ojos. Dime, ¿qué ves ahora?
-- Veo jóvenes convertidos en viejos, y viejos que ahora son niños.
-- ¿Qué más?
           Temiendo que aquella nueva burla del tiempo lo dejara miserable y exánime por el resto de sus días, aprovechó la distracción de la joven para encontrar una solución a su dilema. Probablemente, para vencer la distancia en el universo real, esa sábana de espacio-tiempo que sujetaba las fibras más ínfimas y delicadas y que sostenía al resto de los universos posibles, tendría que moverse más rápido que la luz. Fue así que el hombre viejo apostó el resto de su vida en un viaje que físicamente lo despedazaría. Depositó todas sus fuerzas en las piernas, y con toda la determinación de que era capaz, dio ese salto cuántico. En menos de un segundo, claramente vio las vertientes del universo reduciéndose hasta el punto de origen. Sin embargo, para su propio horror, cada centímetro que sobrevolaba en dirección a los labios de la joven volvía a partirse en dos, y luego en dos, y más tarde en dos, de igual forma cada vez. Constantemente una mitad que recorrer.
-- Veo criaturas que estuvieron en este mismo lugar muchos siglos atrás, y bestias humanoides que estarán en años por venir. ¿Usted puede verlos?
-- No -- respondió él acercándose más y más, dividiendo tiempo y distancia, su mente un laberinto en el que complejos diferenciales e integrales se rendían ante la inclemente sencillez de lo inexorable. -- Mi tiempo está invirtiéndose en otro asunto.
           A un lado suyo vio pasar la historia no contada de la humanidad, versiones de sí mismo que irremediablemente desembocaban en ese mismo escenario. Envejeció y volvió a nacer. Avanzó aún más rápido, la piel incinerándole los huesos. Finalmente, la distancia cedió. Convertida en polvo, permitió al científico aproximarse a la joven más y más y más. Inclinando levemente la cabeza, el viejo sintió la proximidad de sus labios, la sombra de la sombra, hasta que…
            El joven atleta golpeó su mesa. Intempestivamente, la muchacha abrió los ojos. Su mirada mostraba la sorpresa que la invadía.
-- ¿Qué diablos te pasa? – preguntó el muchacho. -- Queremos irnos desde hace horas y tú aquí perdiendo el tiempo.
            De pie, justo a la mitad entre su silla y la de la joven, el científico se sintió ridículo. Adentro, en su pecho, el corazón se contraía bajo el peso del tiempo y la presión, el diamante volviendo a ser ceniza.
-- Hasta luego, profesor -- dijo ella levantándose para seguir al joven.
-- Espera -- dijo el científico -- Aún no me has dicho cómo te llamas.
            Ella se detuvo. El científico esbozó entonces una leve sonrisa de triunfo. Reclinándose en su silla, aguardó agradecido la eternidad que le tomaría mencionar su nombre.


Para la mamá de Begoña
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