jueves, 3 de octubre de 2013

Signo Vital Cero






Para Aliza,


ידידות היא בית נפש יחיד בשני גופות.


1
                La sensación de objetos puntiagudos rasgándole la piel fue lo que lo despertó. Al abrir los ojos contempló con horror una tribu de ratas hambrientas que recorrían su cuerpo con ánimo salvaje, al tiempo que clavaban sus feroces colmillos en su carne. Decenas de ratas que mordían sus muslos, antebrazos, cuello, paseando sus largas colas por el contenedor. Más por reflejo que por el dolor que debía sentir, Daniel se estremeció violentamente y, sacudiéndoselas, salió a la noche. Cayó del enorme contendor de basura dolorosamente. Algunos roedores saltaban sobre él con la intención evidente de no dejar escapar la cena. Una a una, las tomó del lomo arrojándolas contra la pared de un edificio, pensando que la tibia sensación de su pelaje le provocaría náusea, pero para su sorpresa fue como arrancarse un animal disecado e inofensivo. En el cielo, la luna brillaba como un mesías agonizante y menor: ajena, impersonal y desentendida, como una amante desdeñada por el cielo protector. Entre calles húmedas y solitarias, Daniel caminó.

                Entró a la sala de urgencias y en el reloj de pared vio que eran las 3:46 AM. Apenas mostró su rostro tras el cristal de la recepción, la enfermera en turno se puso de pie de un salto y corrió a buscar al doctor de guardia. Daniel tomó asiento entre la turba de ancianos, moribundos y achacosos que habitaban la sala de espera en esa hora donde el mundo se ha vaciado y sólo los desposeídos permanecen. Yo no soy ellos, pensaba Daniel, a quien para entonces le costaba recordar cómo había llegado al interior del contenedor de basura. Segundos después apareció un hombre de lentes y bata blanca.

- Venga por favor.

                Daniel lo siguió al interior de un consultorio de leprosas paredes y muebles desvencijados. Una enfermera lo sentó en un banco giratorio, y pidiéndole que se quitara el gabán destazado, le arremangó la camisa. El asco que le provocaba su proximidad se evidenció en la mueca torcida que apagó el rostro de la mujer. Mirándolo de reojo, el doctor metió una hoja blanca en el rodillo de una máquina de escribir.

- ¿Nombre? – preguntó.

                Daniel dictó su nombre completo, dirección, teléfono, antecedentes médicos, alergias, adicciones. Las palabras salían mecánicamente, sin emoción, la semblanza de alguien más que por casualidades del destino portaba su mismo nombre y vivía en la misma casa. Fue entonces que se percató del deplorable estado que presentaban sus ropas. Los jeans eran girones desiguales de mezclilla rasguñada por un ejército de colmillos, lo mismo que su camisa, despedazada por el pecho y la espalda. El gabán presentaba las mismas laceraciones. Los hoyos en las suelas de sus zapatos de gamuza dejaban ver unos calcetines de color oscuro. No recuerdo habérmelos puesto. En la bolsa del gabán, Daniel encontró su billetera y una corbata azul.

- Muy bien – dijo el doctor - ¿Recuerda usted cómo llegó aquí?

- Estaba perdido. Vi el hospital y entré.

- ¿Le había ocurrido esto antes?

- No lo recuerdo.

                Notó también las heridas en sus brazos, ¿no deberían de estar sangrando?

                Haciendo un pobre esfuerzo por ocultar la repulsión que le provocaba acercársele, la enfermera colocó el baumanómetro en su brazo. Presionó la bombilla y aguardó a que las agujas volvieran despacio al punto de partida. Para su sorpresa, las agujas cayeron estrepitosamente. Frunciendo el ceño, la enfermera colocó ahora el estetoscopio en el pecho de Daniel.

- ¿Tiene problemas con estupefacientes?

- No.

- ¿Alcohol?

                Daniel meneó la cabeza.

- A ver – dijo la enfermera asustada – Tosa.

                Daniel obedeció.

- ¿Estuvo en algún altercado, alguna pelea en algún bar?

- No. No lo sé – rectificó Daniel.

- Doctor, venga a ver esto.

                El doctor revisó los latidos de su corazón. Una mosca revoloteaba alrededor de un foco.

- Esto no está bien – exclamó el doctor mirando con susto evidente a la enfermera.

- ¿Qué pasa? – quiso saber Daniel.

- ¿Hay alguien a quien podamos llamar en caso de emergencia?

- Sí, mi esposa. Pero ¿qué pasa? – Daniel se percató entonces que lo que debió escucharse como una firme exigencia salió de su garganta como una tímida petición.

El hombre de la bata blanca procedió a tomarle nuevamente la presión, al tiempo que exclamaba ¡esto es imposible! y ordenaba a la enfermera llame al Doctor Álvarez.

- ¡Qué pasa! – gritó Daniel.

                Mirándolo fijamente a los ojos, el doctor le respondió:

- Sus signos vitales... no existen.

- ¿Qué? ¿Qué significa eso?

- Sabes perfectamente lo que significa – aseveró el doctor regresando a su máquina de escribir – Quiere decir que estás muerto.

                Daniel hizo un estoico esfuerzo por asimilar rápidamente la noticia de su nueva condición. Acariciando desentendidamente la seda de su corbata, murmuró:

- Clarissa González. Con certeza la encuentran en casa de su mamá.


2

                El consultorio hervía de actividad. Un enjambre de enfermeras entraba y salía cubriéndose con pañuelos perfumados, llevando aparejos, revisando anotaciones en blocks y repitiendo en voz alta los mismos datos una y otra vez. Alguien conectó los nodos de un ECG directamente a su pecho, pero en la pantalla, en lugar de los brincos y caídas que el punto de luz fluorescente debía pronunciar, aparecía una perfecta línea recta acompañada de un constante y monótono sonido. El Doctor Álvarez, Director del hospital, entró una sola vez para corroborar lo que sus subalternos le habían advertido, y con un simple hmmmm, echó por tierra la esperanza de Daniel de poder contarse aún entre los vivos. Lo que necesitaba ahora con urgencia era un rostro familiar, una mano en su hombro, un abrazo que le asegurara que todo estaría bien. Daniel deseó estar en casa. Un espasmo de terror se apoderó de él cuando, al buscar en su memoria su rincón favorito, se dio cuenta de que no podía recordar cómo era el interior de su recámara, ni su estudio. Cerró los ojos y, como las ondas del agua en la tina o como las razones de la lejanía, la imagen de la cocina se alejó hasta desvanecerse.

                Para las 5:37 AM la mosca en el foco se había multiplicado por cien, y todas revoloteaban encima de él, dejando huevecillos en el interior de las heridas, ahí donde la sangre siempre fue un coágulo inconcluso.

- Quiero irme de aquí – exclamó sin emoción.

                Nadie respondió. Daniel se puso de pie. Arrancó los nodos de su pecho y caminó hacia la puerta del consultorio. Con evidente molestia, como si de un ultraje hacia su dignidad se tratara, una de las mujeres de cofia dijo:

- ¿Adónde cree que va?

- A mi casa – respondió él inocentemente.

                Con un chasquido, la enfermera consiguió que dos hombres corpulentos lo detuvieran, amarrándolo al banco giratorio. Cuando conectaron de nuevo el ECG, la línea verde apareció junto con el agudo chillido de la máquina. Justo en ese momento apareció Clarissa. Su rostro de mármol blanco reflejaba una tristeza superficial que Daniel no pudo de inmediato descifrar.

- Mi amor – exclamó él tratando sonar coherente con su intolerable situación – Por favor diles que esto es un error, que estoy vivo. Explícales que tú y yo tenemos una casa, una vida, que esto que me está pasando es absurdo.

                Clarissa permaneció callada. Durante algunos segundos lo único que hizo fue mirar hacia el suelo.

- Daniel, no tengo nada que reprocharte. Tampoco estoy diciendo que nada de esto sea tu culpa, pero por algo pasan las cosas. Tal vez… no sé… tal vez esto sea una oportunidad para que nos replanteemos nuestra relación, definir qué es lo que queremos el uno del otro.

                Las miradas de los presentes se anclaron sobre un Daniel diminuto.

- ¿Nuestra relación? ¡Eres mi esposa!

- ¿Por qué eres tan egoísta? – dijo Clarissa rompiendo a llorar - ¿Por qué no puedes pensar un segundo en mí? ¡Lo único que quiero es un matrimonio normal! Pero contigo… mírate. ¡Estás muerto, Daniel! ¿Qué crees que van a pensar mis amigas cuando se enteren que duermo con…tigo?

- Que soy tu esposo.

- Ese es tu problema. La vida no es como tú quieres verla. La vida es, y ya. Perdón, no puedo seguir aquí.

- ¡Clar…!

                A la mitad del pasillo, con el rostro cubierto de lágrimas y rímel, Clarissa concluyó:

- Hasta que la muerte nos separe, ¿te acuerdas?

                Clarissa salió por la puerta hacia la calle. Daniel corrió hacia la ventana arrastrando tras de sí enfermeros y aparatos. Lo que vio del otro lado del cristal lo detuvo en seco. En la acera, un hombre joven de ojos claros y barba cerrada abrazaba a Clarissa, primero amistosamente, pero una vez que la ayudó a subirse a un auto, la besó en los labios con dolorosa familiaridad. El automóvil arrancó y se perdió bajo el manto de la madrugada. Petrificado, Daniel preguntó más al aire que a nadie en particular:

- Dígame, ¿puede un hombre morir más de una vez?

                Por toda respuesta, el ECG emitió un solitario beep sólo para continuar un segundo después con el incesante chillido.
3


              La explicación a por qué no le permitían marcharse radicaba en el fenómeno mismo. El descubrimiento de un muerto viviente siempre daba excusa para una publicación en el ‘Scientific Journal’ o para ganar el Premio Nacional de Ciencias. A Daniel le llamaba la atención el hecho de que doctores y enfermeras por igual hablaran de su condición sin reparar en su presencia. Quizá si lo bañamos en formol, sugiero cubrirlo con plástico, preservémoslo en la morgue.
                Poco a poco los colores que antes pintaban la realidad fueron amalgamándose en el espectro de los grises. Sonidos que había podido distinguir perfectamente le llegaban ahora descompuestos, como si un filtro líquido distorsionara la cresta de los agudos. La muerte había nublado su percepción sensorial. Pero no solo eso. Las respuestas que horas antes había sido capaz de ofrecer se quedaban tartamudas en su lengua. Dejó de recordar quién era, de dónde venía, hacia dónde se dirigía. Un trasplante, sugirió un hombre que había estado manejando la teoría de que Daniel volvería a la normalidad si un motor volvía a impulsar la sangre por su sistema circulatorio. Pero nada se concretaba. Una doctora que no había visto antes entró al consultorio y repitió por enésima vez la rutina de las preguntas. No usaba cubre bocas ni el pañuelo perfumado, tampoco esgrimía aquella mirada de repulsión que endurecía los rostros de quienes lo observaban. En sus gestos y ademanes, al colocar amistosamente la mano sobre su hombro, Daniel encontró empatía. Sin embargo, no pudo contestarle nada sobre su vida anterior; ignoraba si había sido astrofísico o músico de filarmónica, si había develado el misterio de la genética de las coníferas o si en algún laboratorio se había ensuciado las manos definiendo π. ¿Jugaba con los números o con las letras? Tampoco recordaba el nombre de sus padres, si tenía hermanos, o el nombre de ningún amigo. Todas eran preguntas que debían dolerle, pero ahora simplemente se sublimaban en una vaporosa melancolía. Cenizas de keroseno, como si un puñado de fotografías de su futuro se hubieran apagado en su boca. El espeso enjambre de moscas no dejaba de posarse sobre Daniel y la doctora. Afuera del consultorio, el escándalo ardía.

- ¿Qué sientes? - preguntó ella.

- Una rencorosa apatía – respondió él tras meditarlo.

                Entonces, la doctora desanudó sus ataduras.

- Vete – dijo - Ellos no merecen que tú seas su respuesta.

Sin ser visto, Daniel caminó hacia la puerta del hospital. Cubriéndose el rostro con el cuello del abrigo, regresó clandestinamente al mundo, ahí donde el solitario mantiene su pacto inquebrantable con la madrugada.

4


              Durante las siguientes horas Daniel caminó por artríticas calles que lo detestaban, ladrándole. Buscaba en los rostros grises de quienes se topaban con él alguien que pudiera reconocerlo, sacudirlo, decirle no fue en vano. Su reflejo, al que tardó algunos minutos en acostumbrarse, lo atrapó devolviéndole una figura leprosa y vagabunda, un ceño ataviado de desconfianza, diez mil corvas en la espalda, rulos grasientos en los cabellos; dos cadavéricos pómulos resaltaban sus oscuros ojos desprovistos de luz.  Lo primero que se pierde al morir es la semiótica de uno mismo. Luego, la noción del tiempo. Llevo muerto toda mi vida. Continuó su camino apenas consciente de los perros y las ratas y las moscas que lo seguían, el Flautista ignorado por una Hamelin indiferente, meretriz y decadente.
En un callejón sombrío encontró un niño tiritando de frío. Daniel se quitó el gabán pero, antes de podérselo entregar, el pequeño se lo arrebató.

-¡Está roto! – reclamó - ¡Y apesta!

Afuera de una iglesia, sobre una escalinata de ladrillo bañado por un sol de cromo, una novia vestida de blanco lloraba sosteniendo temblorosamente una carta. En el teléfono, un hombre mayor juraba a su esposa que iba a cambiar siempre y cuando le diera otra oportunidad. A Daniel cada uno de ellos se le figuró el producto inconcluso de una madre anémica y despreciable, criaturas confeccionadas para avergonzar a la tierra que los parió. Troncos sin raíz, tallos enfermos y desnutridos. Sintiendo literalmente los huesos de su cuerpo desintegrándose, Daniel buscó refugio en el interior de un bar.

Adentro, ojos amarillentos perdidos en botellas ámbar, tubos de acero de los que deformes trapecistas desnudas giraban y pendían, meseras dejándose inquietar mientras limpiaban salivaciones deshonrosas, la otra idea del Edén. Dejándose caer sobre una silla, Daniel esperó lo peor.

- ¿Tiene para pagar? - le preguntó una mujer escotada.

Daniel se encogió de hombros, pues la quijada había dejado de responder por él. Acto seguido, un vaso sudoroso apareció sobre una servilleta. Enfrente, una pareja discutía acaloradamente; él suplicante, ella… lo de siempre. Por la puerta, la doctora que le había ayudado a escapar apareció. Miradas lobunas la siguieron hasta la mesa donde él se encontraba intentando rescatar el sabor de su bebida.

- Ni siquiera el hielo me escuece - dijo.

- Yo sé - respondió ella.

- ¿Cómo me encontraste?

- ¿Estás bromeando?

Por la ventana podían verse las centenas de animales que habían sido convocados por la tremenda peste.

- Dejaste una gran conmoción en el hospital, se les escapó su premio Nobel.

Pero él sólo meneaba los hielos. Ella lo miraba nerviosamente, ahuyentando con sus dedos decrépitos a las moscas que la habían seguido al interior. Entonces, en medio del funesto estropicio, acercó resueltamente sus labios e intentó besarlo. Echándose hacia atrás, Daniel la rechazó tajantemente dejándola con los ojos cerrados y la cabeza reclinada en el aire.

- Es el truco más vulgar - mencionó con voz neutra - Pretender que volveré a ser tu maldito experimento solo porque te atreves a besar a un cadáver. Por ti me llevo la imagen de una humanidad indecente y pagana.

Daniel intentó ponerse de pie. Sin embargo, sus atrofiados huesos no pudieron con el peso de su cuerpo putrefacto. ¡Qué grandioso espectáculo debo de ser que no te atreves a largarte! Entonces, sin dejar de mirarlo, inmersa en toda aquella vulgaridad, ella desabotonó su blusa y dejó asomar en su pecho un boquete del tamaño de un puño, justo ahí donde debería encontrarse su corazón.

- Tampoco recuerdo quién soy - exclamó.

A Daniel se le murieron las palabras. Durante algunos minutos lo único que pudo escucharse en el bar fue el taladrante zumbido de las moscas. Finalmente, dijo:

- Ojalá tuviera un corazón.

- ¿Y ser como ellos?

                Él la vio. Se encontró con un cabello rubio pajizo que se rehusaba a entiesarse, una tez de casablanca que repelía las sombras y una bella y tenue sonrisa de paciente aceptación. Los ojos, cada uno un grial verde radiante y rabioso, transformaban la perspectiva de una muerte horrenda y solitaria en la posibilidad de un último suspiro digno y tranquilo. Como él, ella estaba muerta, pero en aquella muerte él encontró significado. Haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, tomándola de la mano la llevó a la calle, lejos del bar, lejos de los hombres, afuera de la ciudad.

                En un baldío se desplomaron. Recargaron sus cuerpos contra el tronco seco de un árbol. Abrazados, rogaron en silenciosa comunión por el paso de una erosión que los llevara lejos. Pero seguían ahí. El tránsito del viento delos siguientes días los empujaba cada vez más el uno hacia el otro, hasta que la sombra de su respiración desplazó la memoria de otras caricias. De sus cuerpos abrazados brotó moho y pasto, y en el milagro había propósito. Con elegante obediencia ambos aceptaron convertirse en una escultura de hojarasca. Con el paso de los años aun los perros y las moscas se olvidaron de ellos. El peso de hojas secas que caían, la hiedra que los anudaba y el reptar de insectos invertebrados terminaron por aproximar sus labios. La gravedad se encargó del resto. Invisiblemente, él se deslizaba sobre ella; imperceptiblemente, ella decía sí. Sin haber perdido del todo la consciencia, sintieron aquel beso perpetuarse más allá del tiempo que tanto habían temido. Ahora sólo quedaba comprender que detrás de cada acción, de cada olvido, de cada ¿por qué?, había designio.
Juntos alimentaron la tierra.


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viernes, 7 de junio de 2013

El Tiempo y Natalia




Fue su teoría sobre el tiempo lo que lo destruyó. Alguna vez había sido joven y muchos habían augurado para él horizontes sin límite. El científico más brillante de su generación, respetado por sus colegas, distinguido por los dirigentes de la ciudad, alabado por los comunes. Sus ideas habían cambiado la manera en la que se percibía el universo, y sus leyes cuánticas ayudaron al hombre a comprender las mecánicas que gobernaban a los mundos dentro de los mundos. Tenía reconocimiento, fama y fortuna. Pero el tiempo se lo había arrebatado.
Una mañana, después de un encierro de más de seis años que tuvo a la ciudad entera en vilo, apareció en la Sala de Gobierno meneando histéricamente un fajo de hojas repletas de números, y preso de una misterioso terror proclamó que nada de lo que se conocía o llegara a conocerse podría jamás ser posible.
-- ¡Absolutamente todo es una mentira! – gritaba. – Nuestras leyes, paradigmas, teorías, hipótesis. Nos hemos engañado durante siglos.
En su angustiosa explicación, a los azorados presentes dijo que ni siquiera podían catalogarse como mentiras las conclusiones a las que los sabios habían llegado, pues una mentira sólo puede probarse con una verdad y la verdad había dejado de existir.
-- Lo que perciben nuestros sentidos no es real – dijo. – Incluso dudo de la presencia de cada uno de ustedes, dudo de los efectos de mi propia voz. Después de haber abordado el problema científicamente, puedo asegurar que la única verdad irrefutable es que vivimos en un sueño.
            Poco a poco, primero con disimulada discreción y luego con vulgar desparpajo, las risas de sus pares y de los príncipes de la ciudad inundaron la galería. Desesperado, el joven científico intentó explicar que el tiempo era un concepto que debía descartarse por engañoso y que, contrario al saber humano que aseguraba que podía medirse e incluso manipularse, actuaba a capricho.
-- ¿No fuiste tú quien aseguró que pronto tendrías el conocimiento para viajar en el tiempo? – preguntaron sus colegas sin dejar de reír.
-- Me equivoqué. El tiempo es una substancia inteligente y debe tratársele como tal.
-- ¿Y qué propones que hagamos? – le preguntaron.
-- Entrar en contacto con él – respondió tajantemente el científico. – Después de todo, somos sus propias creaciones.
            La reputación del científico se desintegró casi al instante. Tildándolo de loco, por decreto real fue expulsado de la Academia de Ciencias y en las calles de la ciudad las personas lo miraban, señalándolo. Los teatros y restaurantes en los que antes era bienvenido ahora le cerraban las puertas y en los congresos de matemática y física se contaban chistes a costa suya. Sin embargo, no era haber perdido la fama y el dinero lo que le arrugaba el corazón, sino el saber que había dedicado su vida y su genio a una falacia.
            Así, del calendario se desprendieron las hojas de muchos meses. El escarnio del que había sido víctima se evaporó con el tiempo y poco a poco los habitantes de la ciudad lo fueron olvidando. Ya siendo un viejo, apenas pudo encontrar un pequeño establecimiento cerca de la muralla norte donde el sol del mediodía calentara sus huesos y los transeúntes pasaran de largo sin dedicarle un guiño.
Sentado en una mesa al final de la posada, el científico era irreconocible. Su piel ajada mostraba ahora el óxido que se impregnaba en el acero de los navíos una vez que la sal del mar ha producido su efecto corrosivo. Una capa gris cubría su cabellera y de vez en cuando retiraba los bifocales que descansaban sobre su alargada nariz para sobar sus párpados. Aunque tiempo y edad carecían de significado para él, era evidente que la juventud se había escurrido como arena en un reloj. Invisible a los demás, escribía lentamente, como si con la muerte hubiese pactado una tregua secreta y el último de sus días no tuviera prisa en llegar. Con mano temblorosa garabateaba en un cuaderno fórmulas matemáticas, ecuaciones, exponentes, factoriales y algoritmos con el único objeto de probar la hipótesis que seguía mortificándolo. En su mente rondaba la sospecha de que habiendo sido él quien descubriera las trampas del tiempo, ahora, vengativo, el tiempo lo mantendría vivo indefinidamente, vivo y lejos de la redención.
Esa tarde, harto de garabatos y sinrazones, decidió darse por vencido. Cerró el cuaderno consciente de que la vida era un sofisma, un vicioso silogismo que pretendía hacer pasar por día lo que en realidad eran tinieblas, y como ciencia lo que era sólo un malabar. Justo en ese instante (sincronías que jamás podrían probarse en un laboratorio), por la puerta apareció una mujer a la que no tardó en reconocer. Ya antes había estado ella en el mesón, pero por alguna razón que escapaba a su raciocinio, aquella tarde en sus ojos la mujer cobró relevancia. Era joven, de pequeña estatura, cabello rizado y ondulado, y labios color rosado prestos a reír a la primera provocación. Se movía con gracia, como electrones que zigzaguean seducidos por la gravedad indetectable del mercurio. Resultaba embarazosa la forma en que el científico buscaba pretextos para ojearla, pues para su mente lógica y pragmática subjetividades como atracción, belleza y perfección pertenecían al mundo de lo efímero e inservible. La única belleza del mundo estaba en lo cuantificable, en las ecuaciones que la naturaleza redactaba sobre sí misma en partículas infinitesimales o en macroscópicas galaxias. La miraba de soslayo, la palidez de su piel, las finas facciones de su rostro, el azul de sus ojos atrayéndolo igual que un agujero de gusano atrae la luz de las más distantes estrellas. Defendiéndose de aquella sensación desconocida, inmediatamente la descompuso en elementos que pudiera comprender y catalogar. Aquellos enormes ojos azules no fueron entonces más que el producto de una rara mutación genética en la que el estroma se interponía en el camino de la luz cuando ésta era reflejada por el epitelio del iris hacia el exterior. Un error de la naturaleza. La nívea pigmentación de su piel era otro discurso genético involuntario, posiblemente producido por falta de proteínas de la madre. Al dividirla en módulos, el profesor tranquilizaba el absurdo redoble que sentía en el pecho.
Aquella tarde, la joven entró acompañada de un grupo de jóvenes ruidosos y altaneros. Al verlo solo en el rincón, uno de ellos lo reconoció y comenzó a susurrar su nombre, señalándolo. En un segundo, el grupo miraba al científico como un chacal atisba a una cebra. La sensación de sentirse objeto de mofa recorrió su viejo cuerpo como un torrente de electricidad fría y fatal. Un joven alto y de complexión atlética, se acercó a la mujer y, abrazándola cariñosamente, le murmuró al oído frases que la hicieron sonrojarse. Ella miró al científico negando con la cabeza. El atleta insistió, besándola en el cuello.
-- ¿Por qué no vas tú? – reía ella.
-- Hazlo por mí. Te premiaré – dijo él.
Aceptando el reto, ella se acercó al científico con renuencia. Su ejercicio de descomposición dejó de surtir efecto. El nerviosismo en su interior lo hizo palidecer. Pretendiendo ignorarla, el científico mantenía la cabeza sobre la taza de café.
-- Disculpe, ¿no impartía usted la clase de mecánica aplicada en la universidad?
-- Sí -- respondió el científico con una mueca de enfado – Pero eso fue hace mucho tiempo.
            La muchacha miró de reojo hacia la mesa donde se encontraban sus amigos.
-- Mis amigos quieren saber si es cierto lo que se dice de usted.
-- ¿Y qué se dice de mí? – preguntó él con un gruñido.
-- Que viajó en el tiempo.
-- Si son ellos los que quieren saber hubieras dejado que ellos hicieran el ridículo.
            La sonrisa en la mujer desapareció. El científico esperó que eso fuera suficiente para que ella diera media vuelta y se marchara.
-- Yo quiero saber – dijo ella abandonando el tono infantil. -- ¿Es verdad que se puede viajar en el tiempo?
            El científico la miró por algunos segundos.
-- Sólo un estúpido podría pensar que yo dije eso.
-- ¿Se puede?
-- No. Lo que dije fue que el tiempo puede viajar por nosotros.
            Presa de la curiosidad, la joven inclinó la cabeza. Acariciándose los ojos, el científico explicó:
-- Nos gusta imaginar al tiempo como una constante lineal, elíptica o, en el mejor de los casos, relativa. En todos los casos el hombre es el viajero. Y en todos los casos viaja hacia adelante. Yo propuse que, en el entramado del universo, es el tiempo quien decide viajar a través del hombre.
-- Eso es imposible -- rebatió ella con genuino interés. -- El tiempo siempre sigue su cauce. Nadie puede detenerlo. Usted no sería…
-- ¿Viejo?
-- Disculpe. No quise…
            Desde la otra mesa llegó el sonido de un silbido. El joven deportista se estaba impacientando. Tal parecía que la broma que buscaban perpetrarle no estaba saliendo como lo habían planeado.
-- ¿Qué ves aquí? -- El científico señaló la montaña de cenizas que colmaba el cenicero en el centro de su mesa.
-- Cenizas -- dijo ella.
            El viejo tomó la servilleta de tela que descansaba en sus piernas y, cubriendo el cenicero, preguntó: ¿estás segura?
-- Apostaría el tiempo que me queda esta tarde.
            Haciendo un gran esfuerzo que se notó en su rostro, el científico cerró el puño con todas sus fuerzas. Abrió entonces el puño y, retirando la servilleta, dejó caer el contenido sobre el recipiente. La mujer no podía dar crédito a lo que apareció frente a ella. Las cenizas que antes rebosaran en el cenicero de cristal se habían convertido en polvo de diamante, fino y refulgente bajo la luz del atardecer.
-- ¿Cómo hizo eso? -- exclamó ella.
-- Tiempo y presión -- respondió el científico. -- Yo ejercí la presión, pero dejé que el tiempo viajara a través de las cenizas.
           La mujer tomó una silla y se sentó. A unos metros, el atlético joven golpeó frustrado la mesa con la palma de la mano, haciendo que dos vasos cayeran sobre el suelo, rompiéndose.
-- ¿Puede entonces detenerse el tiempo? -- preguntó ella sin prestar atención al berrinche de su novio.
-- No, pero podemos detenernos nosotros.
-- Hágalo.
            Entonces ocurrió el milagro. Sin apartar la mirada del rostro de la hermosa joven, el científico sintió una descarga de energía que atravesó su cuerpo; le pareció que desde su nacimiento hasta aquel preciso instante, el transcurso de su vida entera podría medirse en un nanosegundo volátil y olvidable, pero que al mismo tiempo esa breve charla podía extenderse más allá de las manecillas del reloj. La atracción que sintió era innegable. Los ojos azules dejaron de ser elementos dispersos que se reagruparon instantáneamente en un solo significante, y cuyo resultado fue algo inesperado: la más absoluta elegancia. Brillaban incandescentes, como fuegos beduinos que incendiaban una esfera de antimateria. Sintió una peculiar y desconocida opresión en algún lugar de su espalda, o su pecho, o su nuca, dolor que se transformó en compasión por él mismo. Tanta vida dedicada a encontrar la verdad en los números, cuando la suma de todos ellos jamás podría descifrar la belleza que ahora se encontraba sentada en su mesa. Impregnado por la necesidad de sublimarse en ese dogma recién descubierto, comprendió que su existencia carecería de significado si le permitía marcharse sin decirle, sin tocarla. Aquí está mi redención, pensó, en ella está lo que el tiempo me debe. De todas las rutas críticas posibles para conseguir que ella comprendiera su dilema, el científico escogió la más simple: optó por besarla.
-- Por favor, haga que el tiempo se detenga – pidió ella.
            El científico la ignoró, como ignoró también la reacción que el atleta tendría ante su atrevimiento. Sin embargo, su aplomo quedó reducido a polvo cuando descubrió la nueva trampa en que había caído. Calculando los metros que lo separaban de su objetivo, se percató que aquella distancia podía naturalmente dividirse por la mitad. La mitad de dos es uno.
-- ¿Qué harías si pudieras contemplar la eternidad? -- preguntó él.
-- Me asustaría -- respondió ella.
-- Cierra los ojos.
Ella obedeció. Cuando los ojos azules quedaron cubiertos por los delicados párpados de la mujer, él partió la nueva distancia por la mitad. Un metro partido por la mitad es medio metro.
-- ¿Qué ves?
-- Sólo lo que recuerdan mis ojos -- respondió ella.
-- Ábrelos.
            A su alrededor, las personas en el mesón conversaban, se movían, reían, comían como lo habían estado haciendo segundos antes; todo seguía igual, pero distinto. Cada uno de ellos se veía diferente, como si pertenecieran a otro tiempo, o mejor dicho, a un instante en medio del tiempo. La mesera limpiaba los fragmentos de cristal roto en el suelo como si una niña de seis años se encontrara atrapada en el cuerpo de una mujer de veintiséis. El gordo de la caja cobraba las notas con la ligereza de un gimnasta; y el novio atlético semejaba a un viejo de noventa, decrépito y falto de energía vital. Le costaba mover el cubierto, le dolía masticar. Pero no era lo único. La trasgresión del tiempo natural ocasionaba que las cuerdas cuánticas produjeran un sonido parecido al de un flautín. De pronto, la atmósfera se llenó de una hermosísima música invisible. La joven miraba hacia todas partes, fascinada, con los vellos erizándosele en los brazos. Frente a ella, el científico temblaba mientras descubría lo inevitable. La distancia que resultaba de dividir cualquier número entre dos podía dividirse a su vez por la mitad, así sucesivamente. ¿Cuántas veces podía dividirse la distancia que los separaba? La respuesta sonó en su mente onírica y terrible: interminablemente. ¿Cuánto tiempo le tomaría entonces alcanzar los labios de aquella joven?
El científico sintió desmayarse, pues mientras ella danzaba con la música de la eternidad, él caía víctima de los caprichos del infinito.
-- ¡No se dan cuenta! -- exclamó ella maravillada mientras atestiguaba la extraña coreografía a su alrededor. -- ¿Hace esto siempre el tiempo?
-- Siempre es una palabra inasible. Prefiero decir constantemente.
-- A mí me gusta más siempre – dijo ella sin dejar de observar.
-- ¿Quieres hacer trampa? – preguntó él.
-- Sí.
-- Cierra otra vez los ojos. Dime, ¿qué ves ahora?
-- Veo jóvenes convertidos en viejos, y viejos que ahora son niños.
-- ¿Qué más?
           Temiendo que aquella nueva burla del tiempo lo dejara miserable y exánime por el resto de sus días, aprovechó la distracción de la joven para encontrar una solución a su dilema. Probablemente, para vencer la distancia en el universo real, esa sábana de espacio-tiempo que sujetaba las fibras más ínfimas y delicadas y que sostenía al resto de los universos posibles, tendría que moverse más rápido que la luz. Fue así que el hombre viejo apostó el resto de su vida en un viaje que físicamente lo despedazaría. Depositó todas sus fuerzas en las piernas, y con toda la determinación de que era capaz, dio ese salto cuántico. En menos de un segundo, claramente vio las vertientes del universo reduciéndose hasta el punto de origen. Sin embargo, para su propio horror, cada centímetro que sobrevolaba en dirección a los labios de la joven volvía a partirse en dos, y luego en dos, y más tarde en dos, de igual forma cada vez. Constantemente una mitad que recorrer.
-- Veo criaturas que estuvieron en este mismo lugar muchos siglos atrás, y bestias humanoides que estarán en años por venir. ¿Usted puede verlos?
-- No -- respondió él acercándose más y más, dividiendo tiempo y distancia, su mente un laberinto en el que complejos diferenciales e integrales se rendían ante la inclemente sencillez de lo inexorable. -- Mi tiempo está invirtiéndose en otro asunto.
           A un lado suyo vio pasar la historia no contada de la humanidad, versiones de sí mismo que irremediablemente desembocaban en ese mismo escenario. Envejeció y volvió a nacer. Avanzó aún más rápido, la piel incinerándole los huesos. Finalmente, la distancia cedió. Convertida en polvo, permitió al científico aproximarse a la joven más y más y más. Inclinando levemente la cabeza, el viejo sintió la proximidad de sus labios, la sombra de la sombra, hasta que…
            El joven atleta golpeó su mesa. Intempestivamente, la muchacha abrió los ojos. Su mirada mostraba la sorpresa que la invadía.
-- ¿Qué diablos te pasa? – preguntó el muchacho. -- Queremos irnos desde hace horas y tú aquí perdiendo el tiempo.
            De pie, justo a la mitad entre su silla y la de la joven, el científico se sintió ridículo. Adentro, en su pecho, el corazón se contraía bajo el peso del tiempo y la presión, el diamante volviendo a ser ceniza.
-- Hasta luego, profesor -- dijo ella levantándose para seguir al joven.
-- Espera -- dijo el científico -- Aún no me has dicho cómo te llamas.
            Ella se detuvo. El científico esbozó entonces una leve sonrisa de triunfo. Reclinándose en su silla, aguardó agradecido la eternidad que le tomaría mencionar su nombre.


Para la mamá de Begoña
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jueves, 22 de noviembre de 2012

Liloo, revisitada

Como apareció en Twitter. Se lee mejor escuchando 'The Scientist'


Liloo cae del asteroide B-612. Mientras ve pasar las estrellas se va preguntando ¿por qué?

Cuando Liloo ve una gota evaporarse, llora; piensa que es todo su mar el que se ha ido.

Frecuentemente Liloo se pregunta ¿cuándo? ¿quién? ¿cómo?

Liloo, cuando sonríe, hace vibrar las cuerdas del laúd. Y por el aire saltan seis delfines. No sé, me parece que siempre han sido seis.

Cuando llora su lágrima solitaria cambia el universo. Pero Liloo no cree en mariposas, por eso no sabe del huracán al otro lado del mundo.

Liloo no es muy buena sintiendo como los humanos. Todavía confunde anhelo con envidia, amor con estropajo, y almohada con alfombra mágica.

Todavía no se inventa la estación en la que puedan marchitarse los pétalos que brillan en la piel de Liloo.

Pero para Liloo las palabras carecen de peso o consecuencia. No así las ausencias, reales o ficticias.

Para Liloo el romance es una anécdota, una frase en su diario de viaje, una línea de gis en el pavimento.

Tengo miedo de besarla. Sería desafortunado que en la selva de mis labios Liloo sintiera nostalgia por su pequeño asteroide y muriera por regresar.

Encuentra más sentido en la perfecta redondez de una burbuja que en todo lo que pueda yo decirle. Liloo ama las preguntas que no llevan a ningún lado.

Su mayor temor es mirar hacia adentro. Liloo cree que silencio es vacío.

Como un cuanto bajo un microscopio, Liloo se incomoda si te percatas de ella. Muta. Se desvanece.

Hace unos días abracé a Liloo. Al mismo tiempo zumbaba sobre la luna un colibrí.

A veces, mientras la observo, me pregunto si Liloo refulge por la magia de mi tinta, o si son mis palabras las que tiemblan debido a Liloo.

LILOO #002

Hoy Liloo se sentó sobre la barda que construí para aislarme del mundo. Me miró con ojos pardos y dijo: a veces quisiera saber qué pasa por tu cabeza.

Liloo pregunta cómo es que al tocarnos los humanos no nos desintegramos. Mientras le hablo del bosón de Higgs ella dibuja en la arena un caracol.

“¿Qué haces?”, me pregunta Liloo con picardía mientras me mira labrando con mi cincel sobre una lámina de oro. “Es para ti” “Sí, ¿pero qué es?” Y le respondo: “Una posibilidad.”

A Liloo le parece curioso que algunas serpientes se coman a sí mismas. “Debe ser que no confían en el alimento que viene de otra parte.”

A Liloo le gusta el amargo sabor de la mostaza, pero le incomoda cuando le hablan de amor; no de amoríos, de amor.

Aunque durante días me pierdo en la superficie de un lago, en la facción perdida de la Esfinge o en el círculo que deja la taza de café, siempre regreso a Liloo. Es tan hermosa.

Liloo ató un cordón a la posibilidad. Aguardó el tiempo preciso y jugando con ella dejó que la elevara el viento. Con las alas pegadas al suelo, mi corazón.

A veces nos quedamos quietos sin decirnos nada. Pienso que si la abrazo jamás la dejaría ir. Liloo piensa en lo que soñarán los perros cuando duermen.

“¿Te gustó tu posibilidad?”, le pregunto. “Tal vez“. Entonces tomo mi cincel y me aboco a labrarle una más grande. Liloo se sienta en la barda y mira hacia el cielo.

Liloo cree que los continentes surgieron de la nada, cuando en realidad se levantaron sólo para verla.

LILOO 3d3

Con el canto de adoración de los nibelungos, Liloo flota hasta el Estigia, donde le prometen la inmortalidad.

Cuando Liloo descubre que puede vivir hasta siempre y un día más, se pregunta si hay amores que puedan perdurar lo mismo. Y se entristece.

Para siempre y un día más es mucho tiempo, piensa Liloo, especialmente cuando esperanza y promesa se escriben con plumas diferentes.

Sólo puede pensar así quien no pertenece a la Tierra. Es por ello que la muerte de Liloo no fue motivo de sorpresa.

Quiso besar, deseó ser tocada, comprendida, en fin, colmar su corazón, así que dejó de ser quien era e imitó lo que envidiaba. Liloo fue humano.

Dejó de ver colores nuevos y le dio peso a las palabras. Los hombres la besaron y por un instante Liloo sintió dicha.

En el paladar de mis párpados Liloo dejó de estar.

Ayer Liloo se sentó sobre la barda que no quiero demoler. Me vio empacando y un enojo muy grande se apoderó de su voz.

Ya no miraba al cielo, y sus ojos pesaban como dos ladrillos de sal. Liloo cambió las preguntas por respuestas.

"Voy a buscarte en el día de ayer", le dije. "El pasado es infinito y ahí siempre te tendré". Liloo dejó de entender esa forma de hablar.

Quiso Liloo volver a su asteroide, pero los humanos no pueden volar.

Como último acto de preservación, Liloo comenzó a comerse a sí misma. Quedó de ella el significado de su nombre: bastó para colmar el mar.

Y de ese mar los poetas escriben versos, y por esos versos los humanos aprendieron a amar. Liloo les regaló lo que pensó que nunca tuvo.

Por la noche aguardo sentado bajo las estrellas, pronunciando Liloo, Liloo, Liloo; no sea que el viento me traiga de regreso mi posibilidad.

domingo, 1 de julio de 2012

Sin Nombre #sábado

Hace 70,000 años, en un rincón del universo en donde no podía atisbarse la mínima chispa de luz, dos asteroides del tamaño de un puño se estrellaron, uno contra el otro, causando una explosión equivalente a la de 243 bombas atómicas. Ambos cuerpos celestes se desintegraron al instante y los fragmentos resultantes fueron expulsados hacia lugares remotos y desconocidos. Exactamente 812 pedazos de meteoro atravesaron en parvada constelaciones que aún no aparecen en los mapas trazados por navegantes y astrónomos, y algunos de ellos podrían haberse confundido con polvo de estrellas. Avanzaban a una velocidad superior a la de la luz, y conforme lo hacían, algunos se incrustaban en la superficie de planetas o cometas vagabundos; otros, devorados por la fuerza centrífuga, se desintegraron hasta desaparecer de la memoria del universo. Algunas decenas más, simplemente fueron tragadas por hoyos negros y enviadas a dimensiones de cuya existencia ni siquiera se llegará a sospechar. Los restantes, silenciosos y expectantes, siguieron su camino a través del tiempo y el espacio. El viaje hasta nuestro sistema solar les tomó miles de años. En su recorrido divisaron la vía láctea, Alfa Centauri, el Cinturón de Orión. Sobre las gélidas montañas de Plutón aterrizaron 29. De los 67 que quedaron, 18 se mezclaron entre los anillos de Saturno y 12 laceraron la cara oculta de la luna. Así, llegaron al planeta azul. Al entrar a la atmósfera terrestre, 31 se hicieron talco, 2 sobrevolaron Europa y 3 se perdieron entre las nubes de oriente. Convertido en una partícula del tamaño de una uña, el último de los fragmentos sobrevivientes a la colisión cayó en el continente americano. Los vientos de Alaska lo arrastraron hacia el sur y, más destino que suerte, fue empujado hacia un lugar más cálido. Vio, en su último viaje, el Jardín de los Dioses, el Gran Cañón, las luces de neón que inflaman las noches de Nevada, la Sierra Tarahumara… esquivó alas de águila y gotas de tormenta; subió y bajó al capricho de vientos alicios, y, finalmente, llegó a la ciudad en donde vivo. Bajó en la penumbra, inadvertido, y colándose tímidamente por la rendija de mi ventana cayó en mi hombro derecho justo en el momento en el que me moría por besar a Marifer.

domingo, 24 de junio de 2012

Mientras regreso...

“We had a little slave boy whom we had hired from some one, there in Hannibal. He was from the Eastern Shore of Maryland, and had been brought away from his family and his friends, half way across the American continent, and sold. He was a cheery spirit, innocent and gentle, and the noisiest creature that ever was, perhaps. All day long he was singing, whistling, yelling, whooping, laughing - it was maddening, devastating, unendurable. At last, one day, I lost all my temper, and went raging to my mother, and said Sandy had been singing for an hour without a single break, and I couldn't stand it, and wouldn't she please shut him up.
The tears came into her eyes, and her lip trembled, and she said something like this - 'Poor thing, when he sings, it shows that he is not remembering, and that comforts me; but when he is still, I am afraid he is thinking, and I cannot bear it. He will never see his mother again; if he can sing, I must not hinder it, but be thankful for it. If you were older, you would understand me; then that friendless child's noise would make you glad.' It was a simple speech, and made up of small words, but it went home, and Sandy's noise was not a trouble to me any more.”
Mark Twain, The Autobiography of Mark Twain

lunes, 20 de febrero de 2012

Mulix

Debería poder hablar de esto sin que me tiemble la voz, pero la memoria en los hombres viejos nunca llega sin nostalgia. Hace mucho tuve un cuento. Sé que así comienzan las remembranzas trilladas, pero en mi caso la afirmación es legítima: tuve un cuento, un cuantioso conjunto de palabras cuya belleza sólo puede atesorarse a la distancia y que en sí mismas encerraban una verdad destinada a mí. Entonces era joven y los axiomas reventados en cátedras universitarias enajenaban mi mente con rezos que iban desde ‘verdades existen más de una’ hasta ‘en la vida todo es percepción’; mi mente estaba ansiosa por dudarlo todo, por cuestionar. Los años han pasado, y aquellas funestas ambigüedades me hacen hoy sentirme un estúpido. Hay verdades absolutas. Las hay. Pero tardé mucho en comprobarlo. En una noche de euforia, muchos años atrás, me senté en una mesa como ésta a escribir lo que sería mi opus magnum. Grandes y perturbadoras ideas gemían por salir y, dispuesto a darles rienda suelta, coloqué las dos hojas blancas en el rodillo de la máquina. Recuerdo la sensación de estupor y humildad al encontrarme perdido ante la inmensidad blanca que me devolvía la mirada con diabólica arrogancia. Sabía que me encontraba frente a un momento decisivo en mi vida. Aquella obra sería diferente; en vez de ser parida en una laptop convencional nacería de las pesadas y obesas teclas y los cadenciosos movimientos mecánicos de la Remigton Standard 2 de mi padre. Sin embargo, durante horas enteras ninguna palabra pudo ser escrita. Nadie nunca me había explicado que las guerras pueden perderse muchísimo antes de ser peleadas. Con las frustración aguándome los ojos, di mil vueltas a la mesa y me di por vencido. Encendí la laptop y escribí decenas de páginas de lo que hoy comprende el grueso de mi obra creativa. Extensos ensayos y novelas, cuentos pretenciosos y algunos incluso bien logrados; cátedras donde ahora yo ocupaba el podium, una autobiografía. Mis memorias. ¡Ah, pero de aquel que debía brotar…! La hoja no permaneció siempre en blanco. Muy de vez en cuando, la idea me obligaba a teclear palabras que después de mucho pensar formaban frases plenamente comprensibles pero cuya profundidad escapaba a mi comprensión. ‘La lluvia nos obliga a voltear hacia el cielo, por eso nunca llueve desde abajo’, y cosas así. El cuento, joven al principio, crecía sin embarnecer; su voz no enronquecía. A veces me miraba tiernamente desde el rodillo de la máquina mientras yo fingía perderme en otras historias. Pero ahí estaba, estábamos los dos. Mudos amigos inseparables. Cuando conseguía terminar una línea más, viéndolo crecer en extensión, le daba tres o cuatro palmadas, a lo que él reaccionaba con esa sonrisa blanca y complaciente que demuestran sólo quienes saben pagar lealtad con lealtad. Me acostumbré a mi cuento. Recuerdo muchas tardes grises en las que mi percepción opaca de la vida me amedrentaba y me llevaba a recluirme en mi casa. Mi cuento me recibía con felices y halagüeños lengüetazos, señalando con vocales y consonantes las teclas que debían ser presionadas para darle sustancia. ‘Ahora no’, le decía. Y al verlo agachar las orejas le recriminaba: ‘No me veas así, es que tú no entiendes cómo es el mundo allá afuera.’ Entonces mi cuento adquiría el tamaño de mi espíritu y se encogía. Los demás cuentos y novelas en la laptop aprendieron a quererlo como al hermano sabio. Una noche los cacé haciéndose bromas entre sí, delatados unos por el parpadeo del cursor y el otro por el rechinido del rodillo de la Remington. Así fueron los primeros años con mi cuento joven. Constantemente, después de noches de juerga en las que, soliviantado por el alcohol y los efluvios de literatura contagiada, corría de regreso a casa con la certeza de que finalmente había encontrado las palabras correctas para que el cuento fluyera y viviera. Abría la puerta y sentándome frente a la máquina, en medio de risotadas le contaba lo que planeaba hacer. Alebrestado, mi cuento daba vueltas, movía la cola y aguardaba pacientemente a que lo dejara libre. Pero nada ocurría. Mi semblante iba entonces apagándose como una vela en el quicio de la ventana, o como el cabello rojo de aquella muchacha que ha dejado de creer. Brotaban apenas unas líneas y en mi mente las ideas se desvanecían. El cuento crecía, pero nunca como lo esperé. Así, pasaron los años. Muchas palabras salieron, muchas páginas, pero de mi pequeño y fiel cuento… La ruina se dejó caer una mañana fría, cuando por vez primera noté los estragos del tiempo en mi viejo amigo. Las gruesas letras negras sobre la misma hoja blanca se veían amarillas, con un polvo de óxido proveniente del ático que nos aguarda a todos los mortales. Le hablé con ternura de los planes que tenía para los dos; en lugar de ronronear y hacerme jugueteos como antes, ahora simplemente sonreía a medio vapor, un cuento cansado, un cuento sin fuerzas para cargar con los sueños de los dos. ¡Ay, amigo! Cuántas veces te dije tú no sabes cómo es el mundo allá afuera, los monstruos, los abismos. Pero era yo el que no podía entender lo que siempre quisiste decir. El mundo estaba acá adentro, con nosotros. No eran las palabras, sino saber que estabas, y que hay cuentos que nacieron para jamás despegar. Mientras más envejecías más difícil se volvía rescatarte del fondo del rodillo. Te avergonzaba que te encontrara en esa posición, reducido en fuerza y tamaño, tu pelambre oxidado, tu lengua reseca, tus letras quietas. Hasta que finalmente un día me atreví a sacar la hoja de la máquina. Todavía vive en mis dedos la sensación del papel evaporándose en el aire y mi deseo infantil de atraparte. Lo que salvé no te hacía justicia. Un amigo que había pasado por lo mismo me dijo al saber de nuestra tragedia ‘habrá que ponerlo a dormir’. Pero, ¿cómo se pone un cuento a dormir? ¿Cómo se lanzan al mar cenizas que provienen de un fuego que no debía extinguirse jamás? Mi amigo sonrió. ‘Entonces el cuento hizo su labor’, murmuró. ‘De los cuentos que escribiste y que vieron la luz en otros ojos poca vida queda, pero de ese cuento, del que aprendiste entrega y fidelidad, de ese cuento hablarás por siempre. ¿Cuál es su nombre?’ Respondí, y con una sonrisa en los labios mi cuento soltó un último latido.
Hoy soy viejo pero no soy sabio. Es tan poco lo que sé, pero tan vasto. Con su último aliento mi cuento me regaló lo que siempre tuve. Creo que para eso son los amigos.

Para Ery.

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domingo, 4 de septiembre de 2011

Querida Liloo

Septiembre 25

Querida Liloo,

No vas a creer lo que me ocurrió ayer. La cosa más sorprendente. Me disponía, como es costumbre cada tarde, a llevarte la carta que te escribí, cuando, al abrir la puerta de la casa me encontré a Thierry. ¿Lo recuerdas? El protagonista de la novela que nunca quisiste leer. Sentado en la acera de enfrente, tenía los ojos húmedos como charcos negros, la piel violácea y contrita debajo de los ojos, el semblante caído. Se le veía deshojado, como a los restos de un barco que nunca sobrevivió a un tifón. Llevaba puesto un gabán gris que le llegaba a las rodillas. Con franqueza puedo decirte, amor, lo vi más acabado que como lo describí la última vez en mis cuadernos. Se aproximó al verme, y a manera de saludo dijo que una enorme tristeza lo aquejaba, que tras descubrir la traición de Sylvie el corazón se le había hecho añicos, que por las noches la ansiedad le goteaba por los poros y la desesperación conjuraba insomnios de muerte. No tenía que decirlo. La palidez en su piel, casi transparente, daba cuenta de la zozobra. “¿Cómo pudo hacerme esto?,” repetía una y otra vez mesándose los cabellos nerviosamente con las manos. Su aliento olía a noches de furia. Debo confesarte, Liloo, que por ese hombre sentí algo desagradable. Thierry debía despedazar bestias con las manos. Viéndolo en la puerta de mi casa, encorvado, escuálido, perdido, nervioso, me pregunté si había hecho bien en dejar el destino del reino en un ser pusilánime como aquel. Quise decirle cómo lidiaba yo con tu abandono -- ¡con aplomo, por supuesto! --, pero decidí callar. Enterró en mí esos ojos profundos y me preguntó por qué había tomado la decisión de que ella se fuera con otro, dejándolo a él vacío como un tarro de mostaza. Alcé los hombros: “existen historias que no pueden ser contadas de otra manera.” Me contó de los arranques de celos que le sobrevenían al saberla tocada por otro hombre, de la desesperación que arañaba su pecho al imaginarla en la cama de alguien que no era él. Viéndome incorruptible en mi decisión, me pidió un último favor, la cosa más extraña. Al escuchar su pedimento, me rehusé. Su falla de carácter, expliqué, podía ser corregida. “¿Podrías vivir el resto de tu vida con un estilete rasgándote el alma a cada segundo?,” me preguntó. Entendí lo que quiso decir. Cerré la puerta. Regresé a mi escritorio, abrí mi cuaderno y con la goma del lápiz concienzudamente borré lo tocante a su persona, primero su nombre, luego sus características físicas. En la calle, Thierry caminaba hacia el puerto. Bajo la luz de las farolas, ante la vista de los peatones, comenzó a desmoronarse dejando polvo de Thierry en cada esquina. Por último, borré sus sentimientos. No está bien que los sentimientos de un hombre le sobrevivan.

Ojalá estuvieras aquí.

Siempre, Max

Octubre 14

Adorada Liloo,

Anoche sólo di vueltas en la cama. Mi mente no deja de preguntar por qué tomaste la decisión de marcharte. ¿Por qué me dejaste, Liloo? ¿Por qué te fuiste? Ayer todo lo que vi en el día careció de significado. No vas a creer lo que ocurrió. Los dirigentes del Partido detuvieron el tren y metieron a los hijos de los inmigrantes en sus vagones. Entraban a las casas y les arrebataban a sus hijos. Los gemidos de las mujeres y sus hombres interrumpieron mi concentración, así que salí y me encontré al señor Garrick, ¿te acuerdas de él? Un cuarentón apergaminado que se ganaba la vida contando chistes en la Plaza de la Libertad, o haciendo bromas y malabares. Siempre reías de sus sarcasmos, aunque a mí me parecían vulgares y hasta sosos. Los del Partido entraron a su casa y tomaron a sus tres hijos, quienes se habían escondido debajo de sus camas. El mayor, de diez años, hizo lo que pudo por defender a sus hermanitos, arrojándoles floreros y vasijas, incluso juguetes. ¿Por qué te fuiste, Liloo? Cuando le avisaron, el señor Garrick llegó corriendo desde la plaza. Suplicó invocando los tres pilares de la República: justicia, equidad y creo que justicia otra vez. Apiadándose de él, yo creo que por ver cómo el sudor arruinaba su maquillaje, el militante encargado de la operación le propuso un trato: “Cuéntame un chiste por cada uno de tus hijos. Si logras hacerme reír, dejaré que permanezcan contigo un año más.” Si hubieras podido ver en ese momento al señor Garrick, amor, te habrías convencido de que no soy el hombre peor vestido de la ciudad. Frotándose las manos, cerró los ojos y habló. Ignoro hasta ahora qué fue lo que le hacía tartamudear, tal vez fuera el sol, que a esas horas producía un calor calcinante, o la concurrencia de mujeres lloronas, que como chacales aguardaban a que el pobre hombre lograra el milagro de salvar a sus propios hijos para que multiplicara los chascos en aras de salvar a los ajenos. Pero él no estaba en sus mejores momentos. Las pausas innecesarias entre palabras restaban efecto, y cuando terminó de contar el primer chiste, el militante negó con la cabeza. De inmediato, dos miembros del partido tomaron al menor de los tres hijos, Jacobo, y lo arrojaron al interior de uno de los vagones ante la mirada horrorizada del señor Garrick. ¿No me decías, Liloo, que jamás me abandonarías? El militante miró su reloj y el cuentachistes recitó aprisa y sin gracia una anécdota que, reconozco, hubiese resultado graciosa en otras circunstancias. Pero ahí, con los adoquines ardientes quemándole las plantas de los pies, fue como si pronunciara el contenido de un frasco de conservas. Al terminar, de la turba surgieron algunas risas y una chispa de esperanza iluminó el rostro del arlequín. Por toda respuesta, sin embargo, el militante del Partido miró al cielo emitiendo un contagioso bostezo. El bufón tembló. Sabía que su fracaso condenaba a la oscuridad del último furgón a Sumya, la niña de ocho años. Garrick gimió “perdón, perdóname hijita, perdón…” ¿De eso se trata tu ausencia, Liloo? ¿Debo suplicar por tu perdón para que vuelvas? Anunciando la hora de partir, el silbato del tren estremeció a la muchedumbre que para entonces se hallaba sumida en un pavoroso embotamiento. Las lágrimas del hombre se evaporaban apenas tocaban el suelo y cuando se atrevió finalmente a contar el tercer chiste, la represa en sus ojos había cedido a un lloriqueo frenético. Delante de mí y de decenas de personas, dijo palabras sin sentirlas que se escuchaban afónicas debido al llanto atrapado en su garganta. Con ambas manos arrancaba los mocos de su nariz. Una fuerza invisible le obligó a doblar las rodillas y, sobre el suelo, guardó silencio. Todos callamos. Recuerdo que podía escucharse el aleteo de las palomas despegando del campanario. Levanté la mirada para ver a los gendarmes arrastrar al mayor de los hijos, Cyska, hacia el tren, cuando un sonido inesperado los hizo detenerse. Era la risa del militante del Partido quien, señalando burlonamente el cuerpo compungido de Garrick, no paraba de reír. La miseria del desafortunado payaso significaba una placentera pausa en el ajetreado día del militar. Contagiados por la alegría de su superior, los gendarmes soltaron al muchacho que corrió a abrazar a su padre. El silbato sonó por segunda y última ocasión. Poniéndose en marcha, el tren abandonó la ciudad perseguido por hombres y mujeres que suplicaban y lanzaban conjuras contra los villanos que les robaban a sus niños. La calle quedó vacía, salvo por la ruina que era el señor Garrick y su hijo mayor, quienes, amalgamados en un abrazo, semejaban un monumento al naufragio. Cuando quise enviarte la carta que te escribí la noche anterior, la oficina postal estaba cerrada. Todos perdimos algo el día de ayer.

Max


Diciembre 18

Adorada Liloo,

No tenerte me ha convertido en una sombra desdibujada y sonámbula. Emprendo de noche largas caminatas en las que pretendo imaginar el lugar en dónde estás, con quién estás. Las piedras de río que colman las veredas de este pueblo, que bien pudieran ser islas o países extraños, me han escuchado maldecirte una y otra y otra vez, pero lo cierto es que si al doblar la esquina de pronto te encontrara, me sujetaría a ti con todas mis extremidades para nunca más dejarte ir. En esas caminatas me ocurren las cosas más extrañas. No me lo vas a creer. Anoche, sintiendo la brisa del océano invadiéndome los poros, llegó una música triste que rebotaba en las paredes y en las tejas, subía y bajaba, despacio, enredándose en las ramas, para después girar alrededor de las farolas y las ventanas entreabiertas de casas oscuras. Hubiera podido asegurar que provenía de la luna cesante, pero al llegar al atrio de la vieja iglesia me encontré con un viejo que tocaba una flauta. Apenas tenía cabello y la piel de sus brazos y rostro le colgaba como un traje que le viniera grande. De su instrumento brotaba esa negra melancolía, cuyo canto endémico no le daba tregua a mi alma, más bien parecía invitarla a hundirse olvidándose de todo propósito. Al verme, dejó de tocar. “Algo estoy haciendo mal,” dijo. “He tocado y tocado durante noches enteras y no consigo que el fantasma de mi primera esposa deje de importunarme. Me platica mientras labro el campo y se me aparece en la casa a todas horas. ¡Mírala! ¡Se ríe de mí! Lo peor es que mi segunda esposa ha amenazado con dejarme si no lo ahuyento de una vez por todas. Dime tú, que con tu arte has apaciguado a hechiceras y lagartos, ¿qué hace falta para convencer a su espíritu de cruzar irrevocablemente el umbral hacia el otro mundo dejándonos a los vivos disfrutar el poco tiempo que nos queda?” ¿Cómo explicarle al viejo, Liloo, que si la suma de todas mis palabras no te convencieron de quedarte, menos podría convencer a un alma necia de marcharse? ¿Serviría mostrarle mis cuadernos baldíos como alas rotas, mi léxico malogrado y estéril, la tinta impaciente y caduca? “Supongo que la más bella de las artes podría mostrarle el camino al lugar al que pertenece,” expliqué. “Debes convertir tus notas en vocablos, sólo así las puertas al inframundo se abrirán, dejándola entrar.” El viejo meneó la cabeza. “Únicamente sé de música. Si me ayudas en la transmutación te estaré por siempre agradecido.” Me extendió una hoja blanca y una minilla de carbón. Escribí entonces, Liloo, las palabras que en noches rabiosas te grito a puño y sangre rogándote que vuelvas, que me toques con tus ojos, que finalices con los labios esta escultura que dejaste inconclusa, que tu abrazo me salve del estrago. Palabras que conocen sólo quienes han bebido la savia de mil troncos ajados. Con mano temblorosa escribí nuestro alfabeto, el código simplista que nos hacía reír, esas tres palabras que todavía espero bajo mi almohada y que ya no te atreves a decir. Y mientras preparábamos pequeños rollos de papel para insertarlos en la flauta, se me ocurrió que tal vez no vuelves porque no encuentras el camino a casa, que tu extravío se debe a una ceguera del alma, que te encuentras desolada, como yo, cuando te rodeas de silencio. Con anhelo radiante, el viejo sopló por la boquilla de su instrumento produciendo un sonido sordo y torpe, un carraspeo que no conmovió a nadie. Lo intentó de nuevo. Nada. Otra vez. Lo mismo. El fantasma de la mujer permanecía de pie. Marchándome del lugar, apenas atisbé cómo arrojaba el viejo, gruñendo en frustración, la flauta al fuego. Muchos pasos después, casi llegando a casa, noté que por encima de los tejados un vaho escarlata que llegaba de la iglesia se deslizaba acarreando un murmullo. Afinando el oído, reconocí la música del viejo, pero diferente. Por debajo de las notas percibí un susurro tenue procedente de las entrañas, desde ese punto que los médicos no se atreven a tocar y que los poetas no saben qué nombre darle. Ocurrió entonces la cosa más extraña. ¡No me lo vas a creer! En un segundo, las puertas y ventanas de casas aledañas se abrieron una por una, y a través de ellas vi hombres y mujeres corriendo a escobazos a los fantasmas de sus antepasados, quienes, perversos, habían vuelto desde el más allá para contarles que la vida es una tonada interpretada por un insensato a la que bailan idiotas y vacuos por igual. Me eché en cuclillas sobre nuestro jardín. ¿No lo sabes, Liloo? Ácaros rebosan donde alguna vez sembraste orquídeas.

Regresa,

Max

Exhausto de ánimo, Max cerró el cuaderno. Cubriéndose los hombros con el abrigo, salió a la calle y echó a andar hacia la tienda de antigüedades. Recogió un envoltorio y subió por el camino que lleva a la casa de los padres de Liloo. Tiró de la cuerda y siete cascabeles anunciaron su llegada. Tras unos segundos, una mujer entrada en años apareció.
“Traigo un regalo para Liloo,” dijo Max extendiendo el envoltorio. Con ojos vidriosos, la madre abrió el paquete.
“Es una aguja imantada,” explicó él. “La punta negra siempre apunta hacia donde me encuentro yo. Así sabrá ella cómo encontrarme.”
Una lágrima cayó sobre el regalo inútil.
“Max, ¿qué no lo entiendes? Cada carta que envías, cada vez que nos visitas, es una daga que nos traspasa el corazón. Han pasado diez años desde la muerte de Liloo, y con tus palabras nos recuerdas la terrible soledad que siguió a su muerte y la tristeza de saberla ida. Te lo suplico, no escribas más, no vuelvas. Permite a lo irreparable continuar su curso natural.”
Dicho esto, la madre de Liloo cerró la puerta de un golpe, dejando a Max respirando una ausencia que jamás dejaría de pesarle. Volvió a su casa, dejó el abrigo caer sobre el suelo. Abrió su cuaderno y con mano firme comenzó:

Febrero 13

Querida Liloo,

No vas a creer lo que acaba de ocurrirme. La cosa más extraña…

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