domingo, 12 de junio de 2011
El Trofeo
Seguro de que se trataba de una broma regresé a mi sillón y pensé en quién podía haberme hecho caer en una burla tan original. Revisé nuevamente la presea en busca de alguna cámara o micrófono oculto, pero parecía genuino. Regresé a mi sillón, pero la situación me dejó intranquilo. Entonces me asaltó un pensamiento catastrófico. ¿Y si el concurso era real? ¡Dios mío! ¿Quién era ese hombre? Me puse los tenis y salí corriendo esperando alcanzar al hombre misterioso. Lo vi doblando la esquina y corrí tras él. Subió a un auto y arrancó. Entré en pánico. Afortunadamente un taxi pasó por el lugar. Le pedí que siguiera al auto. El hombre de gris viajó hacia el sur por más de media hora. Dio vuelta por un sinfín de callejuelas y finalmente se detuvo en una tienda de renta de videos. Bajó del automóvil, entró al establecimiento y se sentó detrás del mostrador. Debe de ser su empleo, pensé. Pasados diez minutos, se puso de pie, cerró la tienda y se marchó caminando. Lo seguí unas cuantas cuadras hasta que entró a un edificio. Con que aquí vive, me dije. Sintiéndome un poco ridículo, escalé un poste de luz frente al edificio y ubiqué el departamento donde vivía este hombre que me perturbaba cada vez más a medida que pasaba el tiempo. Se preparó un café, se sentó frente a su computadora, entrelazó las manos detrás de su cabeza y, reclinándose hacia atrás, aguardó unos minutos. Seguramente estará escribiendo algo importante, una novela tal vez. Pasaron los minutos. Mis manos sudaban contra el frío acero del poste de luz. Finalmente, dio un sorbo a su café, apagó la máquina, tomó el gabán y salió del departamento. En la esquina tomó el tranvía y tres estaciones después bajó (bajamos) frente a un cine. Compró un boleto y entró a la sala. Un poco de sano esparcimiento, deduje. Hice lo propio. En la oscuridad de la sala, encontré al individuo con los pies subidos en la butaca. La película comenzaba a interesarme cuando el tipo se levantó y abandonó la sala. Maldición. Tomó (tomamos) un taxi y, al anochecer, llegamos a un table dance. Pervertido. Preocupado por aquella situación que se salía de cualquier parámetro de normalidad, pagué el cover e ingresé al tugurio de mala muerte. Dos pistas de baile, cada una con su respectivo tubo. El sórdido ambiente no ayudó a aquietar el perturbado estado en el que mi mente se encontraba para entonces. El hombre de gris ocupó un taburete, pidió un drink, compró una ficha, encendió un cigarro. Justo cuando una mujer semidesnuda se aproximaba a cobrar la ficha, él pidió la cuenta, pagó en efectivo y despreocupadamente salió a la noche tibia y sin estrellas. De regreso a su departamento, el nefasto y bucólico individuo encendió el televisor. La cabeza me reventaba en una confusión de ira y contradicción. No existía nada en ese hombre, ni en sus facciones, manera de hablar, andar o actuar, que me hiciera parecido a él. No había podido determinar en sus acciones de ese día algo que pudiera relacionarnos o volvernos colegas o espíritus afines. ¡El tipo era pelirrojo, por amor de Dios! Quería enfrentarlo, arrojarlo contra la pared y sacudirle la verdad a patadas. Harto de sentirme así, entré al edificio, subí las escaleras hasta el tercer piso y llamé a su puerta. En segundos apareció. Podrán adivinar su sorpresa al verme ahí, frente a él, sintiéndose descubierto en su charada. “El trofeo,” comencé. “¿Cómo te atreves a decir que soy parecido a ti? Trabajaste menos de diez minutos. No escribiste nada en tu computadora. Malgastaste dinero en una buena película que no terminaste de ver. Estuviste catorce minutos en un lugar de perdición y ni siquiera acabaste tu trago. ¡Cómo pude ganar ese concurso! ¡Desperdiciaste un día entero haciendo nada!” El hombre sonrió. Colocando una mano en mi hombro dijo: “Precisamente. Y espero verte en las finales del próximo año."
Recién enontré este cuento en mi otro blog.
sábado, 14 de mayo de 2011
No puedo con el puto dolor
abrazándome a mis rodillas
viendo cómo nadie se detiene a ver
No soporto las noches
cuando ni siquiera soy yo el que llora,
pues yo ya no estoy ahí
¿Cómo chingados recupero
lo que perdí
lo que me mantenía erguido,
eso que me hacía reír?
Las paredes se contorsionan
Puñetazos de rabia
Sólo veo traición, abandono, decepción
Un hombre desgajado
Me preguntan si estoy bien
¿Qué respondes cuando el corazón
se sabe solo?
Alargo la esperanza
hasta que termine de anudarse a mi cuello
Quiero saltar
¿Cómo me mantengo firme
cuando todas las puertas que he abierto en mi vida
me han llevado a este oscuro abismo?
Desesperado busco las respuestas
como si mi falta de yo
pudiera sumarse o dividirse
o cuadricularse
Para irse a la mierda
no hay matemática que cumpla
Nada que comprender
Fuiste lo mismo:
un montón de palabras
que no te cansas de repetir
Te escucho
porque soy tan imbécil que pienso
que la reconstrucción viene de fuera
Permaneceré aquí, sentado
hasta que la rata pusilánime
deje de sangrar
Mientras tanto sólo me queda gritarle
a quien le importe
que hoy
hoy
ahorita
no puedo con el puto dolor
lunes, 4 de abril de 2011
El otro nombre del mar
Lo cierto es que cavilaba sobre estas y otras cuestiones de poca importancia porque cuando uno sólo espera a que pase el tiempo la ansiedad desenreda hacia lugares insospechados la madeja de la imaginación. Sin emoción, el pescador murmuraba nombres.
Habían pasado días desde que había pescado sustento; eso, por no contar los charales raquíticos que se quedaban atorados en los nudillos de la red. Pero un pez de buen tamaño, un ejemplar que pudiera alimentarlo durante días y que pudiera presumir en la aldea, no había caído en quién sabe cuántos días. Por aburrimiento comenzó a tararear canciones que llegaban desde su infancia, cuando el hombre más respetado en la aldea era el que atrapaba el pez de mayor tamaño. Poco a poco, con los años, esos preciosos animales se habían ido, y resultaba ahora más difícil convencer a los demás y a uno mismo que la de pescador era la vida por la que valía la pena despertarse todos los días.
Hoy, el hombre que había sido profeta en su tierra, se disolvía como las huellas en la arena. El pescador regresaría a la aldea con las redes vacías y los hombres y mujeres hablarían en lo bajo sobre la pena que sentían por él, conteniendo la risa para conversaciones nocturnas a puerta cerrada.
Un sobresalto lo sacó de sus pensamientos y lo obligó, más por instinto que por concentración, a sujetar con fuerza su extremo de la red. La barca se ladeó al grado de casi hacerlo caer al agua. Temió, por unos segundos, que la red se hubiera enganchado a un arrecife o a una saliente rocosa, pero cuando la vio intentando alejarse, supo que había atrapado un ser vivo de enorme tamaño.
Con todas sus fuerzas, el pescador jaló y jaló y muchas veces las cuerdas resbalaban por sus manos. Como si se tratara de su vida, jaló una última vez.
Lo que emergió del fondo le arrebató el aliento.
Algo más precioso que el oro y las perlas.
Un pez del tamaño de un delfín se zarandeaba dentro de la red, desesperado por liberarse, soltando coletazos que ponían la barca en peligro de voltearse. El pez cayó de nuevo al agua, y esta vez el pescador se arrojó hacia el mar con los brazos extendidos, sujetando la red con los dientes. Nunca supo cómo lo hizo, pero regresó a bordo de su lancha y pudo, tras agotador esfuerzo, trepar consigo al pez. La espuma blanca en las escamas reflejaba el sol que aplaudía con rayos dorados la proeza del pescador.
Mientras remaba de regreso a la aldea, pensaba en las exclamaciones de júbilo y envidia de sus parientes y vecinos, así como en los días de saciedad que vendrían. El pescador sintió algo que no había sentido desde hacía mucho: se sintió hombre.
En el muelle, anudó la soga de la barca y cargó al pez hasta la playa. Ahí, una mujer de tez morena y ojos de piedra hermosa se le aproximó. Él la había visto antes, en las fogatas que se organizaban los días de la Providencia, riendo con los jóvenes del pueblo. Cuando la vio de cerca, notó que ella lloraba. Al preguntarle el por qué de su tristeza, ella respondió que llevaba muchos días alimentándose de las sobras que le daban los vecinos y que estaba cansada de mendigar. Quería tomar el autobús a la ciudad para abandonar el pueblo, pero no tenía dinero. Estaba hambrienta y se sentía sola. Conmovido, el pescador le ofreció compartir el pez que acababa de atrapar. Entre los dos cargaron al animal a la casa de ella y él se despidió diciendo que quería avisar de su hazaña a los hombres del pueblo antes de que la mujer lo cocinara.
Cuando el pescador regresó a la casa de la mujer, se encontró con que un grupo de jóvenes reían acaloradamente, masticando con la boca llena, agradeciendo vulgarmente el gesto bondadoso de la mujer al haberles invitado aquel festín. Sobre el suelo terroso de la casa arrojaban espinas, escupían piel escamosa y pateaban una aleta dorsal. La columna del pescado yacía rota debajo de una mesa de madera.
Del formidable animal que había abarrotado la barca no quedaba más que desperdicios.
La alegría y el orgullo que el pescador experimentara minutos antes quedó sustituida por pena e indignación. Acercándose a la mujer, le reclamó: ¿acaso no prometiste que esperarías a mi regreso para cocinar el pez? ¿Qué haré ahora para alimentarme mañana y los días que le sigan?
Riendo, la mujer le dijo: hoy en la mañana pensaba marcharme de aquí porque mis amigos me habían dado la espalda. Ahora, mis amigos han vuelto a fijarse en mí. Mañana tú podrás treparte a tu lancha y atrapar otro pez. ¿Ves? Tu reclamo no tiene sentido.
Con el corazón roto, el pescador salió de la casa de la mujer.
Pasadas las horas, hartos de tanto comer, los amigos de la mujer fueron abandonando su casa. Al salir el último, ella contempló horrorizada lo que la multitud había hecho con su casa. Pero lo que más le afligió fue darse cuenta de que ninguno de ellos se había quedado a hacerle compañía.
A la mañana siguiente, la mujer tuvo hambre. Buscó entre los retazos de pez algún bocado pero sólo encontró espinas. Salió a la calle y, tragándose el orgullo, llamó de casa en casa preguntando si podrían darle de comer.
Al llegar al muelle, observó, a lo lejos, al pescador echando redes al mar. El viento arrastraba los murmullos del hombre, frases que ella no pudo completar. Era como si mencionara nombres… nombres que ella no había escuchado jamás.
Ayer Denise y yo hablamos de una palabra que yo tenía extraviada.
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sábado, 8 de enero de 2011
Navidad en Tacubaya
En la madrugada, antes de comenzar, pidió permiso a los cuatro rumbos del Universo y a Téotl para sonar las ayacaxtli y la tlapitzalli, que con su ventoso sonido característico resonaba con más rudeza que la tibia flauta de los extraños europeos. Danzaba con furia, perdido en éxtasis, ignorado por transeúntes que atravesaban la calle con prisa, pensando en nieve, trineos y noches de paz, pero que, a diferencia de él, ignoraban la grandeza de su procedencia. Nadie lo veía. Nadie regalaba monedas. Nadie le ofrecía ni a él ni a su familia una mirada condescendiente.
A media tarde, cansado de dar vueltas y sonar cascabeles, el danzante tomó un descanso en el camellón. Su esposa lo miró con una tristeza que le agrietaba los ojos por tantos años de siempre lo mismo. En su reboso, un recién nacido dormía, respirando en espasmos, soltando a segundos burbujitas de baba que de inmediato se secaban por el calor de invernadero.
“Sigue enfermo,” exclamó ella en un idioma milenario desprovisto de emoción. “Respira como si ya no hubiera aire.”
Entonces el conchero se puso de pie, y sintiendo su corazón punzándole las piernas y la cadera y en las costras de sus pies, arremetió contra su suerte maldiciéndola con brincos y vueltas que no provocaron la compasión de los dioses ni de nadie. Gemía con la tlapitzalli, y más fuerte aún cuando los automovilistas acallaban su reclamo con un vulgar concierto de claxons y gritos y peticiones humillantes para que se hiciera a un lado. Hombres como él ensucian la ciudad. Una patrulla se acercó y le pidió su cuota. El poco dinero se le fue en el alquiler de diez metros de concreto.
Entrada la noche, volvió al camellón. Se asomó al interior del reboso y vio que su hijo no se movía.
“Murió en la tarde,” exclamó ella.
El conchero musitó algo en una lengua que sólo comprenden quienes se sienten impotentes para proteger a los suyos y, poniéndose nuevamente de pie, tomó a su hijo recién nacido y atravesó la calle seguido de su esposa.
Entraron a una iglesia. Sintiéndose indignos de acercarse al altar, permanecieron en silencio en la parte posterior. Él abrazaba a su hijo contra su pecho semidesnudo. Las personas, ataviadas con abrigos negros que llegaban hasta las rodillas, escuchaban a un sacerdote hablar de un niño que, hacía dos mil años, había nacido en el más humilde de los lugares, olvidado del mundo, acompañado únicamente de sus padres y de animales de establo. Ese niño moriría después preguntando por qué Dios lo había abandonado. Pero llegaría un día en el que el mundo entero se hincaría delante de él y lo llamaría Rey.
Volviéndose hacia su mujer, el conchero exclamó: “Mira, está hablando de nuestro hijo.”
Ella asintió.
Los tres salieron a la calle, de regreso a una ciudad que, sin importar fecha ni horario, jamás tendría tiempo para mirar al interior de su propio corazón.
Prometí no olvidar
lunes, 20 de diciembre de 2010
La Maquinaria de la Guerra
A @FinisimaPersona y a mis hermanos de Planeta Paulina
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jueves, 25 de noviembre de 2010
Carta abierta a un corazón cerrado
Es noche y estoy solo. Cursor parpadeando. Pretendo concentrarme en decenas de historias que debo finalizar pero resulta casi imposible cuando las palabras que entre nosotros quedaron pendientes se atropellan para salir, inflamadas por no verte hace tanto, por no tocarte. La ciudad amurallada querrá detenerlas; sólo se abrirá la puerta una vez, para verlas salir. La luna entona su canción desgarrada. Lo que inocentemente llamo lo nuestro empezó con un beso pero, he de confesarte, empezó antes de aquel. Cubas y perlas a las diez de la mañana, ¿te acuerdas? Conversación sin sentido. No sé si fue el alcohol a esas horas o la manera que tienes de menear el cabello cuando sueñas hablando. Hablabas de tus sueños infantiles, de las propuestas que tenías para conquistar el mundo, y yo presionando mute para callar el ruido de fondo, vasos y cubiertos chocando, risas, la vida de los otros. Mis manos repletas de sangre como si sostuvieran mi corazón lobuno, mis pulmones a reventar. Jamás pensé que entre tú y yo, bueno, la fortuna jamás me había sonreído así. Y mientras decías no sé qué del futuro, yo pensaba hermosa, hermosa, hermosa, hermosa. Y tu nombre. ¿Me atreveré?, pensé. El ruido pudo más y cambiamos de sede. Supuse todo bajo control, pero admitámoslo, soy el más incompetente para mantener la compostura cuando me inoculas con la mirada tuya. Tu auto hacia un lugar oscuro. Cuántos secretos guarda la Roma. En el trayecto, tus insinuaciones. Yo observándote al tiempo que te metías donde sabíamos que no debías, yo perdido en tu pelo, yo erigiendo el monumento a los cobardes del verano. ¿Me atreveré? Más alcohol en el tugurio aquel. Ahora era yo quien no paraba de hablar, manoteos que escondían el nerviosismo. Y tu nombre. ¿Cuántas veces lo habré dicho? Cientos de interrupciones de tu parte cuando yo sólo quería decirte perfecta, perfecta, perfecta. ¡Tus labios! ¡Cómo no rendirme ante la arqueología de la seducción! De pronto, un relámpago de valor. Me atreví. El corazón se me hincha al recordar el beso que marcó la demolición del hombre seguro, del hombre apático que no dedicaba un segundo a la cosecha de las emociones. Atestigüé con ojos cerrados que por besos como ese se construyen catedrales, se curan agorafobias, se desciende al Purgatorio. Focos reventando en el techo, alarmas de autos sonando al mismo tiempo, la Atlántida descubierta. En segundos escribí el libro que siempre había querido escribir. El miedo de sentirme descubierto me orilló a fingir que aquel accidente no tendría repercusiones. Pedimos la cuenta y pensé así termina un día más en mi extraña vida. ¡Quién me lo hubiera advertido! Caminamos bajo la noche. Miraba tu reflejo en los vitrales apagados de las tiendas. Un ángel sobre el pavimento, un suave huracán de flores preciosas; tú, la imagen misma del cielo; yo, como dice la canción, lobo recién salvado de la extinción. Sonreías tu travesura sujetando mi fotografía como el mayor trofeo a la picardía, sabías que ese día no se repetiría jamás. Qué bello es recontar, aunque el recuento duele cuando se conoce el final. Nos despedimos pero jamás dije adiós. El embrujo estaba echado. Desde aquel día pintaste mis paredes con tu nombre y muchas noches fueron de rabia al no saber si te vería, si tus besos habían sido promesa o parte de un anecdotario que con el tiempo tendría que incinerarse. Se escuchará vulgar, pero me enamoré. Se escuchará inapropiado, pero no es de cada noche que este hombre con sus brazos envuelva el firmamento. Se escuchará meloso, pero creí.Te me escapaste por primera vez.
Dejé de escribir.
Muchos días me tuviste sin saber, volando a ciegas, redactando monosílabos en la red, trazando surcos en el cielo. Nunca un hombre había caído tan de prisa de rodillas ante la perfecta memoria de una mujer. Las arrugas en mis sábanas pueden contarte de los torbellinos que formé durante los mil insomnios que infligiste. Busqué tu aroma en laberintos, en templos, kioskos y cafés, y cualquiera que escuchaba que de ti me había enamorado me señalaba cruelmente con un ¡já! Ensayé tantas veces el discurso que diría cuando te volviera a ver, la forma de convencerte de intentarlo. Te extrañé como si hubiéramos compartido una vida juntos. ¿Qué llevabas en los labios esa noche que te di la llave para crear tanto estropicio? Pregunté mil veces dónde estás, déjame alcanzarte, olvidando estúpidamente que las estrellas tienen reputación de inalcanzables. Coloqué frente a mí todos los cuentos inconclusos con la certeza de que serías tú quien me ayudaría a terminarlos. Tenías otros planes. Regresaste. Aún guardo el mensaje que me decía puede ser. Te dije vamos a vernos. Por supuesto llegué tarde. Cuando te vi atravesando la puerta de tu casa comprendí que tu recuerdo, el que llevaba almacenado días enteros, no te hacía justicia. Eres tan hermosa que la calle se pandeaba sólo para que las fachadas de otras casas pudieran tener una mejor vista del espectáculo que es verte caminar. Charla superficial, primero. Luego, con aplomo confesé no he podido olvidarte, sé que es tonto que un hombre como yo... Y ahí, en medio de la nada, la sorpresa. Tu frágil sensatez te llevó a cerrar la puerta a un sueño que había durado apenas un mes. Te bastó decir que no para que el suspiro terminara en percance. Amargo viernes trece, amarga lluvia de agosto, amargo tu nombre precediendo a un ¿por qué? Oscuro el sótano al que me sentenciaste, triste cosa a la que me redujiste. Poemas de segunda deshojados, golpes a puño cerrado, lágrimas de mar salado, un gigante callado.
Es ridículo, lo sé. Quizá más ahora a la distancia.
Te me escapaste por segunda vez.
Aún no puedo explicar el por qué de mi desesperación, pues para sostener la parodia en la que estaba inmerso sólo contaba con dos besos arrebatados y el recuerdo de una posibilidad corrompida. Sin embargo, cada pío, cada graznido, cada claxon me recordaba el horror de vivir sin poderte besar de nuevo. Comencé a escribir de nuevo. ¡Lo que no te habré dicho en Times New Roman! Intenté cien veces vacunarme contra el perfume de tu pelo, contra tus tiernas provocaciones que durante los días que siguieron a la tarde fatal lanzabas cuando pasaba frente a ti. Te evité lo más que pude. Créeme, quise escapar, y en algún momento juré que lo había logrado. Pero la ingenuidad no se cura con los años. ¿Cómo escapar si en el abismo de aquella locura moría por caer? La posibilidad de verte me llenaba los labios de ganas. La prudencia me gritaba vete, pero mientras más larga era la brazada, más tu nombre regresaba. Por primera vez el dolor no se saciaba con palabras y todo el tequila en Tacubaya no fue suficiente para extirparte de mi cuerpo. Y tú, con el séptimo sentido de las brujas me rondabas e inocente preguntabas si en verdad te había podido sobrevivir. Qué bien haces en llamarte mujer. En un principio te respondía por supuesto, eres la primera plana del periódico de ayer. Y las entrañas crujiendo por contarte la verdad. Algo sospechabas que no dejabas de preguntar. Rendido bajo una lápida invisible de cansancio, harto salté al abismo, decidí dejar de huir. ¿Has podido olvidarme?, volviste a preguntar.
Dije no.
No es que fuera yo valiente, es que ante el naufragio un hombre no tiene nada que perder. Entonces, con el diablo pisándome los talones, le confesé a tu ego que durante semanas me tuviste deshaciendo de mi cama cada orilla, con la vida dividida entre adorarte eternamente u olvidar. Te dije que por tus ojos reinventé el alfabeto. Te dije eres el olor a café por las mañanas, el cometa que aún no tiene nombre, fruta que todavía no se inventa; eres todos los fuegos, mi fuego; el polvo en el lomo de ese libro que no me cansaré de releer, el bordón en mis noches de batalla. Eres el sabor dulce de Las Uvas de la Ira, la lágrima al final de Matar a un Ruiseñor. Ante tu mirada extasiada de sorpresa y triunfo quise ser un caballero. Te ofrecí un camino tranquilo en la noche, una hoja de papel pautado, una mano que jamás vacilaría; #tusmiedos fueron los míos. No te gustó lo que escuchabas, pero cuánto lo intuías. Manoteaste sobre la mesa, tosías, argumentabas que habías jurado nunca más llorar y que veintiún cicatrices serían la única herencia si entregabas el corazón. Y mientras tanto yo muriendo por entrar bajo tu falda y escribir sobre tu espalda de nuestra historia otra versión. Eso que tanto temes se llama vida. Te dije te necesito como un anhelo secreto necesita de la oscuridad, te necesito como a la luna en noches de licantropía, como a la palabra exacta cuando estoy por darme por vencido, como la hogaza en el desierto, como la oración respondida en la zozobra; te dije tu pecho es donde mueren los poetas y por tu rostro se han compuesto sinfonías, te dije siete veces te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, chingada madre cuánto te amé, y con frases que traicionaban mi cordura te adoré hasta que mi vida dejó de tener sentido. Bajé todas mis defensas, opté por dejarme derrotar para que creyeras en mí, para que supieras lo que hay en mí, que cada gramo de mi cuerpo estaba programado para no lastimarte jamás.
Respondiste tal vez.
Tu primer y único error.
Dejándote llevar por la curiosidad le diste entrada a mi locura. Pensé así que esto es ser feliz. Las horas que pasamos juntos las guardo en la bóveda de objetos preciosos. Las canciones que me cantaste, las letras que me dedicaste, los conciertos que me diste. Por tu culpa me enamoré del pop en español. Tu voz se volvió indispensable. No recuerdo a la fecha que alguien me haya hecho sentir invulnerable como tú durante esas horas. Fui, por decreto tuyo, nuevamente un gigante. Sentirse amado por la mujer más bella del mundo te vuelve inmune ante los defectos de la Tierra. ¿Cómo agradecerte esa sensación que hoy acaricio en el recuerdo? ¿Cómo convencerte de que ese apartado rincón de mi casa donde siempre pega el sol se parece tanto a ti? Vivo de las palabras, así que entenderás que sería para mí un crimen devaluarlas. ¿Comprendes ahora el peso de ellas cuando te decía por Dios, cuánto te adoro? ¡Cuánta verdad! ¿Sabías del hechizo que se cocinaba en mi interior? Por primera vez en mi vida no me avergonzaba aceptar mi debilidad. ¿Sentiste miedo al escuchar lo que este hombre podría hacer por una caricia tuya? Ahora sé que mientras me veías palidecer bajo tu sombra, tú planeabas una furtiva escapatoria. Hábil, seguías sin comprometerte; hábil, me recordabas ese tal vez. En cuestión de sentimientos, amiga, no existe obligación, pero sí responsabilidad. En casa, tenías a este hombre rendido. Se me hacía tarde por salir del trabajo y provocar excusas para encontrarte. Te acercabas lo suficiente pero jamás lo suficiente. Me dedicabas un par de horas. Pero horas no son lo mismo que días.
Te fuiste por tercera vez.
Pero esta vez ya no importó.
¿Te importó que me alejara? ¿Te diste cuenta de mi valor o fue que mi indiferencia golpeó tu ego? Me buscaste. Te pregunté ¿debo creerte? Dijiste sí. Lo que antes se dio de forma natural fue ahora algo que me obligué a sentir. Hiciste lo mejor que pudiste, lo sé. Pero lo tuyo es escapar. Con cada argucia que inventabas para verme sólo unos minutos construías la muralla, me devolvías a mi anterior estado de insensibilidad. ¿Fui para ti el pequeño divertimento para tus noches de aburrición? Por eso las llamadas los lunes, por eso los besos de los lunes, de ahí tus desapariciones el resto de la semana. Tantas largas, tantos quizás, tantos yo también quisiera verte pero… ¿cuánto crees que iba a durar? ¿Qué no sabes todavía, amiga, que el mejor afrodisíaco para este hombre es ser correspondido? Tu última desaparición facturó el milagro y la realidad me despertó con el amargo olor de la decepción. Este amor, épico sólo en mi mente, llegaba a su absurdo final. ¿Cómo saber que para ti el amor no era una opción? Me inventaste personalidades que no tengo, amoríos con mujeres que no existen, todo para congratularte por no haberte dejado convencer por este hombre que, seguramente, te mintió desde el principio. ¿No te ha quedado claro quién soy? ¡Cómo no reír de ironía si desde mi primera confesión no ha pasado por mis labios mujer alguna, y entre mis brazos sólo han estado las ganas de ti! No existe nadie que pueda compararse contigo, ni que alimente mi imaginación como lo hacías tú. Pero me pediste a gritos que me alejara, me educaste para olvidarte y mis palabras se sienten huecas de significado. En esta dolorosa estepa eres un brumoso recuerdo.
Ahora es de noche y estoy solo. Si quieres una última verdad te diré que extraño la grandeza que jamás tuvimos. No jugaste, hoy lo entiendo. Nadie puede fingir el sudor helado en las manos ni las risas cómplices pasada la media noche. Tuviste miedo de mí. Quizá debí lanzar mis sentimientos a cuentagotas. En realidad lo siento, no sé ser de otra manera. Y en esta noche de soledad rabiosa me pregunto ¿sabrás lo que tuvimos y desperdiciamos, planeaste desde el principio que lo nuestro terminara así? ¿Qué haremos si nos volvemos a ver? ¿Agacharemos la mirada o nos reiremos como todas esas noches en las que rogaba que no dijeras hasta mañana? Si escribo esto es porque no quiero olvidar; si lo publico es porque lo más hermoso que viví este año lo he bautizado con tu nombre. Si escribo es porque duele, por la maldita injusticia. Soy yo quien se retira. No murmuré una palabra que no sintiera, jamás te busqué si no para abrazarte, no te besé sin desear que cada beso durara para siempre. Me devolviste la vida, y cada vez que intente olvidarte será con una bendición y un gracias, porque de todos los infiernos que pude haber escogido para despedazarme el alma, tus labios fueron el más hermoso y tus ojos lo más glorioso, aunque de ellos queden frustración y cenizas.
Ojalá no hubiera terminado así
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domingo, 14 de noviembre de 2010
Todas las respuestas
En tu adolescencia seguirás siendo tímido, con dificultad para hacer amigos, pero los pocos que hagas serán para toda la vida. Te enamorarás por primera vez. Alguna noche sabrás lo que es irte a dormir con el corazón roto. Escribirás un cuento o dos que no lograrán salir del cajón. En la Universidad envidiarás a los atletas, a quienes sí se atreven a proponer travesuras indecentes a las populares de la generación. Aquí se encargarán de convencerte de que una marca es más poderosa que tu apellido, que las drogas son sólo un juego y que la religión es el opio de los ancianos.
Vas a crecer. Con la edad las preguntas se volverán más grandes, las respuestas más confusas. Amistad, interés, amor y conveniencia, éxito y felicidad desfilarán frente a ti con rostros deformes y querrás saber cuál de todos los caminos que se te presentarán es el correcto. Te obligarán a decidir. Buscarás un empleo por el salario y el prestigio. Eres inteligente y capaz. Ascenderás a puestos importantes y harás lo posible por ganar la aprobación y el respeto de personas que no serán dignas del tuyo. Tus jefes comprobarán tu lealtad en la medida que cuides sus intereses, a pesar de tus valores. Poco a poco dejarás la timidez. Serás más hombre mientras más mujeres pasen por tu cama, cuidarás de jamás dar tu opinión a menos que sea socialmente aceptable. Juzgarás a los demás si estás en terreno seguro, criticarás lo que te resulte ajeno y extraño. Aprenderás a no comprometerte. La belleza externa, el dinero y la comodidad serán tu moneda de cambio. Aprenderás de autos, deportes y mujeres para sentirte parte del grupo, y para no tener que hablar de religión o de los valores que aprendiste en casa. No admirarás a la persona, sino a su tarjeta de presentación. Por las noches rezarás a Dios tan sólo para negarlo al día siguiente con tus acciones. De vez en cuando las preguntas que te aterraban te visitarán y entonces subirás el volumen a la canción de moda. Te casarás siempre y cuando matrimonio no signifique compromiso, mientras el amor tenga fecha de caducidad; los hijos serán una simple causalidad, un tierno estorbo, una foto en tu billetera. Serás infiel sin remordimiento. Cuidarás de no arriesgar tu reputación por una causa noble, evitarás el esfuerzo extra a menos que sea visto y reconocido. La beneficencia será un banquete. Los domingos serán para jugar golf. Tus amigos, esos que se negaban a jugar contigo, te señalarán con envidia y pedirán tu consejo. Tus hijos te preguntarán si eres feliz y, señalando el amplio comedor, el auto en la cochera y los diplomas en la pared, les echarás encima una carcajada. Esa noche abrirás el cajón y encontrarás los cuentos que escribiste. Te mirarás al espejo. Habrás tomado el camino correcto, uno que no requerirá respuestas porque habrán pasado años desde que olvidaras las preguntas que te atormentaban. Serás un hombre exitoso.
Tal vez no vayas a la Universidad, o la dejes inconclusa. Las preguntas serán más grandes que el conocimiento que pudieras obtener de un recinto de concreto con nombre respetable. Sordo a los gritos y consejos y amenazas de los que te quieren, buscarás respuestas por tu cuenta, en viajes interminables, en reflexiones escritas en cuadernos, en brazos de mujeres de paso. Poco a poco dejarás de ser tímido, pero protegerás tu soledad como secreto de Estado. Usarás y serás usado, al principio. Negarás y serás negado. Mentirás hasta la ebriedad. Sabrás de traición por tu propia mano. Harás de todo con tal de encontrar las respuestas. Maldecirás tu pobre genética, que te dotó de sensibilidad en vez de habilidad. Aprenderás que la mejor inversión que puedes hacer es un amigo. Y toda la experiencia te obligará un día a despertar: el día más amargo de tu vida. Vomitarás tu pasado, te desharás del lastre, incendiarás tu casa y guardarás en una maleta lo que sobreviva al fuego. Regresarás al mundo, mundo pequeño. Aquí escucharás que vale más el traje que la persona, que pesa más la tinta y el puesto en una tarjeta de cartón que la persona que lo detenta, que el dinero otorga poder. Encogerás los hombros y sonreirás al recordar el día en que tú también llegaste a pensar lo mismo. Buscarás un trabajo por la satisfacción, por la pasión; te dirán: ya estás grande para perseguir caminos imposibles, lo que buscas no existe. Personas que amarás te abandonarán. Te seguirá costando hacer amigos. Las personas que ocupan altos puestos en empresas de enormes letras te observarán como al idioma extinto de una tribu de ficción. Más de una vez dudarás si has tomado la decisión correcta, tal vez confort y cobardía son sinónimos, tal vez te rendiste demasiado rápido, te preguntarás dónde está la felicidad. Muchos te harán a un lado porque expresarás tus opiniones sin importar a quién importunen: La injusticia, la falta de caridad y la ausencia de Dios calarán tu cuerpo. Tu alma y tu dignidad serán tu moneda de cambio, y muy pocos estarán a la altura. Tu código será que a tu casa sólo entrarán los imprescindibles y en tu cama besarás la espalda de la mujer que no querrás olvidar. Nunca más un amor de uso. Escucharás que cada vez que haces el amor sin amor adquieres una deuda con la humanidad, y te hará sentido. No dirás un te amo que no sientas. Respetarás y te harás respetar. Te llamarán estúpido por casarte diciendo para siempre, aunque para siempre, para otros, signifique tener los días contados. Las preguntas seguirán atormentándote, pero no buscarás acallarlas. En tus caídas, los amigos que hiciste en el trayecto te acompañarán. Comprenderás la importancia de darte permiso para fallar. Darás lo mejor de ti aunque tu esfuerzo pase desapercibido. Te revolverá el estómago saber lo que el mundo seguirá haciendo con sus niños y harás algo al respecto. Evitarás juzgar a los demás, pero defenderás a quien no pueda defenderse. No te avergonzará hablar de Dios. Tal vez tengas hijos. El universo entero se detendrá cada vez que ellos te digan papá. Un sábado por la tarde les enseñarás la hermosura que yace en soñar despierto, y cuando soñar con los ojos abiertos sea un regaño en su libreta de tareas los abrazarás y sentirás por ellos el mismo orgullo que siento por ti. Te preguntarán si eres feliz, y tú les contarás de las noches azules en las que un par de cuentos que escribiste en tu adolescencia se multiplicaron por diez, por cien, por mil. Justo en ese momento descubrirás que cada caída, cada abrazo, cada suicidio, cada miedo, cada temblor, cada epifanía, cada palabra, cada error, cada traición, cada beso, cada beso, cada beso, era una respuesta. Te mirarás al espejo y recordarás lo que te dije alguna vez: El tuyo será un camino de furia que conduce al amor.
Para cuando cumplas 18.
