miércoles, 28 de enero de 2015

La Dama y el Ladrillo

Para @ivanecia y @scientek , 
con cariño.

Sé lo que están pensando. Son tan transparentes que sus gestos delatan sus juicios sobre mí. Pero es tan fácil tildarme de loco, especialmente para quienes no conocen la historia, o más bien, el funesto hecho que la desató y que es lo que me tiene pendiente de las paredes de este hospital. Si prestaran atención, en lugar de ver a un desquiciado apreciarían al alma atormentada, al hombre deshecho. No estoy loco. Y estoy dispuesto a apostar las pocas posesiones que me quedan a que ustedes, de haber presenciado lo que yo, actuarían de la misma manera. ¿Acaso no es ya una leyenda de horror en el pueblo? ¿No han parodiado hasta el absurdo lo que aconteció en la casa del viejo, el penoso dilema de la dama, el infierno que debió vivir y que la mantiene en el delirio? Si en las siguientes líneas intento explicar el terror sobrenatural que experimenté, el crimen que debía ser esclarecido, es en parte para granjearme un poco de su compasión; pero sobretodo, para convencerme a mí mismo. Sí, ojalá.
                Aquel domingo una lluvia helada golpeaba con toda su fuerza las ventanas de la comisaría. Sólo el sargento y yo ocupábamos el primer piso del edificio. Debo mencionar que, sin importar la hora del día, aquel edificio de tres pisos con sus muebles empolvados, sus rincones húmedos y oscuros, y sus oficinas fantasmagóricas inundadas de chillidos indeliberados, siempre me ha provocado escalofríos. Sin duda yo trabajaba en el edificio más espeluznante del pueblo, que si bien cuenta con la usual casa embrujada y sus inexplicables apariciones en el cementerio de las afueras, ninguno se compara con la comisaría y su colección de incómodas vibraciones que, sin importar la hora del día, ponen a cualquiera en un continuo estado de paroxismo. Baste recordar el curioso caso de Albert Duncan, el antiguo sargento de McCook. Fue mucho antes de mi tiempo, pero la historia aún permea en las conversaciones de los sábados en Donna’s, así como en el patio de la escuela primaria. Duncan era un tipo callado y sereno que había logrado mantener el orden durante los últimos quince años. Todos los pleitos se resolvían gracias a él de manera local, sin la necesidad de recurrir a la alcaldía de Mission. Se dice que en esos quince años nadie nunca lo vio desenfundar su arma, excepto una vez. Fue un domingo como éste, misma lluvia, misma soledad. Después de asistir a misa en Saint Mary, entró a la comisaría para atender a unos querellantes que no lograban ponerse de acuerdo sobre un tema por demás irrelevante. Entonces, Duncan sugirió una pausa. Ofreció café a los implicados, pero al darse cuenta de que no había agua en el enfriador, rompió a llorar. Quiero decir, el hombre literalmente se deshizo en llanto, cayendo de cuclillas y escupiendo moco por todas partes. Asustados ante la terrible escena, nadie acertaba a preguntarle el motivo de su dolor. De pronto, poniéndose nuevamente de pie, sacó su arma y se disparó en la cabeza, rociando la pared con sus propios sesos. De esto ya pasó un tiempo; aún así, la oficina donde Duncan se mató sigue vacía. Incluso, algunos aseguran que por las noches todavía puede escucharse el eco de la detonación. Por mi parte, al ser oriundo de McAllen, descartaba esa y otras historias lóbregas tildándolas de supersticiones provincianas. Después de todo, qué es un pueblo de 97 habitantes sin un par de leyendas que les den identidad.
                Tampoco voy a negar que las veces que me correspondió hacer guardia nocturna, ciertas visiones me perturbaran, hombres colgados por el cuello o niños sin ojos, mismas que se esfumaban apenas enfocaba la mirada sobre ellas. ¿Que por qué  nunca mencioné nada de esto? ¿Lo habrían hecho ustedes? ¿Volverían a confiar su tranquilidad a un oficial de la ley que asegura ser perseguido por alucinaciones? Como ven, locura no es lo que me afecta, sino un extremo sentido de la prudencia.
                De cualquier manera, aquel domingo todo parecía indicar que el día se iría quieto, hasta que la puerta se abrió con un estruendo.
                El primero en reaccionar fue el sargento, quien de un respingo se puso de pie tirando por el suelo su café tibio. Al ver al anciano, pálido como la cal, con la piel transparente y la mirada confinada por el terror, gritando por ayuda al interior de las oficinas vacías, permaneció de pie, en silencio, intentando decidir si el hombre se hallaba en auténtico peligro o si se trataba de un extraño caso de rabiosa locura. Yo me mantuve en calma, aunque debo de confesar que llevé mi mano a la chistera cuando vi al viejo correr hacia mi escritorio.
- ¡Está demoliendo mi casa! – gritaba el viejo Flagg, aturdido.
- ¿Quién? – pregunté. En el cuello de la camisa noté manchas de sangre frescas.
- ¡La señora! ¡Está loca! ¡Tienen que ayudarme!
                Sin levantarme de mi asiento, le pedí al viejo que se tranquilizara y me explicara racionalmente los hechos a los que se refería con tanto ímpetu. Su piel albanene me recordaba el capullo putrefacto de una oruga y no pude evitar sentir un espasmo de asco. Sus dientes amarillentos, las desagradables cuencas alrededor de los pómulos protuberantes, la escasa cabellera ceniza que brotaba del cráneo: aquel hombre encarnaba al heraldo de las pesadillas. Deseé que se marchara. En vez de eso, con terrible precisión narró aquello que lo tenía en estado de perturbación. Sus gesticulaciones y aspavientos comenzaron a aturdirme. Debió darse cuenta, pues justo a la mitad de su asombrosa narración, más enfadado que atormentado dijo: - Le exijo que me acompañe. Esa mujer está destruyendo mi casa.
                De reojo vi al sargento asentir; era obvio que no vendría conmigo.

                La casa del viejo Flagg estaba hasta el otro lado del pueblo, así que tuve que subir a mi patrulla y seguirlo. Él manejaba su horrible y destartalada F-150, la cual era la burla del pueblo. Arriba, en el cielo, las nubes no daban señal de querer marcharse, lo que explicaba la parcial luminosidad a pesar de ser mediodía. Hacía varios días que no veía a Flagg. A veces pasaba por Donna´s para desayunar, o a Ed´s Tool and Supplies  para comprar herramientas de jardinería, pero de eso habían pasado muchos días. No siempre fue un hombre extraño; lo cierto es que su vida cambió a partir de la extraña desaparición de su esposa. Cinco años atrás, la Sra. Flagg se había esfumado de la faz de la Tierra rodeada de circunstancias misteriosas. Nadie en el pueblo volvió a saber de ella. Por su parte, cuando llegó la policía, el Sr. Flagg, reveló en pleno ataque de histeria una de las historias más extrañas. Aparentemente, el señor y la señora Flagg habían reñido aquella mañana. Harto de amenazas e insultos, él salió de la casa con la intención de tomar unas cervezas con Big Foot Smith, quien vive en la granja detrás de la iglesia. Se encontraba a punto de tomar el camino principal cuando descubrió que había olvidado su billetera. Al regresar a su casa, encontró a su esposa llorando amargamente en la sala. Ignorándola, entró a su recámara, tomó su billetera, y tras corroborar que tenía suficiente plata para llevar la juerga hasta la madrugada regresó a la sala. Para su sorpresa, ella ya no estaba ahí. La buscó en la cocina, en el baño y en el sótano. Preocupado porque se hubiera llevado la camioneta, salió apresuradamente de la casa, pero la Ford seguía estacionada en su lugar. Buscó entonces en los alrededores, sin suerte: la mujer sencillamente se había volatilizado. Presa del nerviosismo, regresó a su casa para llamar a la policía. Ahí fue donde la escuchó. Cuando descolgó el teléfono, en lugar de la línea escuchó una estática robótica e intermitente, un sonido parecido al que puede escucharse en la BC cuando hay interferencia. El viejo palideció de horror cuando escuchó debajo de aquel ruido infernal la voz de su esposa suplicando que la sacara de ahí. El cuerpo jamás fue encontrado y el caso se archivó como PD (Persona Desaparecida). Aún así, todos en McCook aseguran que fue el mismo Sr. Flagg quien finalmente la había asesinado.
                Es un severo caso de senilidad, me dije mientras doblaba por el camino que subía a su propiedad. Al llegar, nada parecía estar fuera de lo normal. Fue al acercarme a la puerta que escuché un martilleo frenético y constante. Con mano temblorosa, Flagg sacó las llaves y abrió la puerta. La casa, una construcción de un piso con sótano, estaba hundida en la penumbra. Intentamos el interruptor, pero nada se encendió.
- Es la señora – explicó Flagg. – Ya alcanzó la instalación eléctrica.
                Los insoportables martilleos llegaban del sótano, al que se accedía por una puerta de madera. Una fumarola de polvo blanco y cemento me golpeó la cara apenas la abrí, y tardé varios minutos en calmar el ataque de tos. No cabía duda de que alguien estaba muy ocupado demoliendo los cimientos del inmueble.
- ¿Quién es? – pregunté.
- Una señora – respondió Flagg – La encontré ayer en la carretera, dijo que iba de paso. Me pidió refugio para pasar la noche.
- ¿Cuándo empezó con los martillazos?
- Hace dos horas.
                Cautelosamente bajé los escalones. Sin embargo, nada me hubiera podido prevenir acerca de la dantesca escena que me esperaba al llegar al sótano. Una vez que mis ojos se adaptaron a la oscuridad, vi que el sembradío de siluetas desintegradas eran muebles puestos de cabeza, arrumbados contra las paredes, víctimas de un huracán humano. Una de las paredes estaba completamente despedazada, mordida literalmente, sus restos desperdigados por la pequeña estancia. Por los huecos, haces de luz se esforzaban por penetrar la densa polvareda, asignándole a cada objetos un aura tétrica. Al fondo, un televisor hecho añicos yacía al lado de un minibar.
- ¡No, no, no! – lloraba el Sr. Flagg ante la destrucción.
                Los cansados gemidos que habíamos escuchado cuando llegamos provenían de más allá. A tientas, me aproximé, tropezando con sillas, mesas y vajilla.
- ¡Ahí! – señaló el viejo con voz entrecortada.
                Delante de mí, una mujer de mediana edad golpeaba la pared que daba al oeste con un poderoso mazo. Su blusa estaba rota de los puños, y de las yagas de sus dedos escurría sangre. Obleas toscas colgaban de su cabello, cual si hubiera recibido un baño de polvo y yeso. Sus movimientos eran salvajes, casi inhumanos. Los chillidos que salían de su boca semejaban a los que uno imagina cuando lee relatos de ficción, en los que una bestia diabólica termina encadenada al fondo de un abismo.
- ¡Policía! – grité intentando contener un nuevo ataque de tos - ¡Deténgase!
                Si me escuchó o no poco le importó; la mujer continuó con su frenética actividad como si de ello dependiera su supervivencia. Acercándome un poco más, la jalé del hombro para que detuviera la destrucción. Intempestivamente, ella giró la cabeza de tal forma que pude ver en sus ojos una mirada desubicada, no la de una mujer iracunda o llena de remordimiento, sino la de una criatura hecha para un solo propósito. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y por un segundo tuve la certeza de que se echaría sobre mí con el mazo en la mano.
- Soy policía – repetí sin convicción.
                Sorpresivamente, se detuvo en seco levantando en el aire su mano libre, poniendo atención a una voz que sólo ella podía escuchar. Nosotros nos callamos, intentando escuchar lo que fuera que la tenía en vilo. Sin embargo, el único sonido era el de la lluvia que había arreciado en el exterior y el de los relámpagos que caían haciendo la tierra retumbar. Activada nuevamente por su propósito, la mujer arremetió contra la pared con frenesí, taladrando agujeros de los que brotaban arcilla y cemento. Los ladrillos comenzaron a caer como lingotes anaranjados contagiados por la lepra.
- No tengas miedo, Celina – decía – Mamá te sacará de ahí.
- Por última vez, señora. Deténgase o tendré que recurrir a la fuerza.
- ¡Ella está ahí! ¡Debo salvarla!
- ¿A quién?
- Mi hija. La casa se la tragó.
                De reojo advertí la expresión del Sr. Flagg que se constreñía presa de un terror que jamás se había ido.
                Saqué entonces las esposas y me lancé hacia la mujer con el fin de someterla, pero fui recibido por un mazazo que me golpeó directamente en la cabeza, derribándome. Tardé unos instantes en recuperar el sentido, y cuando finalmente logré ponerme de pie me encontré frente a una carriola azul con la capucha desplegada. Una cobija de colores cubría un colchón de plástico. Encima, una sonaja en forma de avecilla emitía su infantil sonido con cada costra de argamasa que caía del techo.
- ¿Por qué no me dijo que había una niña? – pregunté al Sr. Flagg acusatoriamente, al tiempo que señalaba la carriola - ¿Dónde está la niña?
                Pero él sólo negaba con la cabeza. La visibilidad en el sótano se había vuelto casi nula, y las punzadas de dolor en mi quijada iban en aumento. Sabía que pronto sufriría otro desmayo. Por todo lo demás, el aire se acababa, sofocándonos, así que pronto moriríamos asfixiados. Perturbado, estaba por lanzarme sobre la mujer cuando de pronto volvió a detenerse sin motivo aparente. Levantó la mano solicitando nuevamente nuestro silencio, pero con excepción de los fragmentos de ladrillo, plafón y tablaroca que caían indiscriminadamente, no se escuchó nada, ni un chillido, ni un lloriqueo, nada. Pensé en aprovechar su desconcierto para tumbarla, pero corrió desesperada hacia la pared norte. No pude evitar sentir lástima al verla pegando la oreja en diferentes alturas de la pared. Luego, saltó esquivando un librero que había caído y fue a buscar latidos en el interior de una columna de madera. La tolvanera era insoportable y calculé que nos quedaban unos segundos para escapar. Desenfundé mi pistola y apunté hacia ella, quien para entonces sólo repetía Celina, Celina, Celina como una invocación druídica.
- Esta es su última advertencia – dije sintiendo todavía palpitaciones de dolor en la cabeza.
- Celina, Celina, Cel…
                               
                Entonces el infierno cayó del cielo. Una de las vigas que sostenía el techo cedió ante el vapuleo de las paredes bombardeadas cayendo encima de mí y haciéndome soltar el arma. Acto seguido, una segunda viga cedió también, provocando un diluvio de alambre, yeso y concreto que nos enterró momentáneamente, al mismo tiempo que una explosión de polvo nos cegaba por completo.
- ¡Salga de aquí! – grité al Sr. Flagg.
                Yo me abalancé sobre la mujer, arrastrándola hacia las escaleras. Histérica, mordió mi brazo hasta arrancar un pedazo de carne. No podía dejarla ahí, con la casa entera cayéndose a pedazos sobre nosotros. Liberando mi brazo, la tomé por las caderas y la arrastré escaleras arriba, hacia la superficie.
- ¡Suélteme! ¡Mi hija está allá abajo! ¡Suélteme!
                Afuera, la tormenta había convertido el terreno en un lodazal. A unos metros pude ver al viejo Flagg hincado, implorando con amargura mientras la casa en la que había vivido toda su vida se colapsaba.
                Soltándose de mi abrazo, la señora regresó gateando a la casa, pero la cantidad de escombro que se había formado le impidió abrirse paso. Ante nuestros ojos, la casa fue tragada por la tierra. Mientras viva, jamás olvidaré aquel cuerpo postrado, como tampoco olvidaré su llanto que aún resuena como arañazos en el alma.
- Perdóname Celina… perdóname, mi amor.

                En la comisaría, la mujer, cuyo nombre prefiero no revelar, declaró que aquel domingo en la mañana, habiendo terminado de alimentar a su hija de un año de edad, entró al baño para lavar el biberón, labor que tomó menos de un minuto. Cuando salió, la niña había desaparecido de la carriola. Desesperada, comenzó a buscarla por todas partes; incluso, subió despavorida temiendo que su benefactor hubiera podido sustraerla con el fin de lastimarla. Pero el viejo dormía, y la puerta de la casa estaba cerrada por dentro. Así que ni él ni nadie pudieron habérsela llevado.  Estaba por salir a la calle y pedir ayuda, cuando comenzó a escuchar el llanto de su hija proveniente del interior de las paredes.
                Por su parte, en su testimonio, el Sr. Flagg aseguró que la señora a la que dio asilo por una noche había llegado sola, sin la bebé que supuestamente fue engullida por la casa. Lo que llamó la atención fue el hecho de que negara haber visto la carriola azul que yo le había señalado.
- Ahí estaba, sargento – dije – Lo juro. El viejo está mintiendo.
                Nadie me creyó. Ni el sargento, ni mis compañeros. Mucho menos las demás personas que fueron llamadas en calidad de testigos. Para ellos, la mujer estaba en un sitio más allá de la locura. Y de no haber sido lo que vi más tarde, seguramente yo me habría convencido de lo mismo. ¡Hay tanto loco deambulando por los caminos!
                Las indagatorias se prolongaron hasta muy tarde. Se decidió entonces que la mujer permanecería en la celda hasta el día siguiente que sería trasladada al manicomio de Big Spring.
- ¿Cómo pudiste permitir que esto ocurriera? – preguntó el sargento. Yo sabía lo que él y los otros pensaban de mí. Era la desgracia del pueblo - ¿Dónde está tu arma?

                Por la noche, subí a la patrulla y regresé a casa del Sr. Flagg para recuperar mi pistola. Sería una labor difícil de realizar, pues se encontraba sepultada bajo una tonelada de escombro. El terror que había sentido aquella mañana volvió a apoderarse de mí cuando, al subir por el camino que llevaba a la casa vi la pequeña carriola azul avanzando hacia mí. No sé explicar si simplemente se deslizaba o si era empujada por alguna mano invisible: lo que fuera, ahí estaba, sus llantitas de plástico girando sobre el lodo, dejando huellas que provenían desde el lugar donde antes hubo una casa.
                Al bajar de mi patrulla me abrí paso entre polines despedazados y muros cercenados. Alambres y clavos rasguñaban mi piel. Encontrar la pistola sería imposible. En el cielo, un potente relámpago anunció el regreso de la lluvia. Lo mejor sería esperar a que los bulldozers levantaran el cascajo en la mañana. Decidí volver al camino y subir la carriola a la cajuela, de esta forma habría una prueba de la posible existencia de Celina. Entonces la escuché. Primero como un hilo quejumbroso que fue creciendo hasta convertirse en el maullido de un gato moribundo. Era el inconfundible gemido de un bebé. Su llanto agudo y filoso me encrespó los vellos, paralizándome momentáneamente. Con una angustia que no había sentido jamás comencé a apartar los materiales y el escombro, gritando su nombre para tranquilizarla. Pero a medida que arrojaba un tubo o la puerta de un closet, el llanto acrecentaba en ritmo y volumen hasta ser insufrible.
- ¡Celina! ¡Celina!
                Removí lo más que me permitieron mis propias fuerzas. Tendría que pedir ayuda. Así me dispuse a hacerlo hasta que descubrí que el llanto no venía ya de la casa, sino cerca de mi auto. Busqué afanosamente por todas partes, pero no hallé rastro alguno de Celina. Agachándome por última vez, divisé parte del escombro que había arrojado anteriormente. Casi a punto de perder la cordura, tomé los materiales y regresé a la comisaría. Durante el trayecto, los estridente aullidos de la niña me desquiciaban al tal grado que quise estrellar la patrulla en la casa abandonada que está en la intersección.
- ¡Déjame pasar! – dije al joven policía encargado de la guardia nocturna, quien se extrañó al verme llegar con una bolsa llena de papeles, ladrillos, tubos y varilla.
- El sargento ordenó que nadie entrara en la celda.
- ¡Apártate!
                La exasperación que para entonces controlaba mis reacciones y movimientos me hizo temer que sería capaz de matarlo si no se hacía a un lado. El muchacho debió adivinar mis pensamientos, pues sin dudarlo desenfundó su arma apuntándola hacia mí.
- ¡Imbécil! – grité.
                Salí a la calle y rodeé el edificio hasta llegar a la ventana enrejada donde se encontraba apresada la señora.
- ¡Haz que se calle! – supliqué soltando la bolsa sobre el suelo. La ventana se alzaba a unos dos metros, por lo que me era imposible verla. Pero sabía que podía escucharme. Los gritos de Celina ya estaban en mi cabeza, obligándome a tomar una de las varillas para clavarla en mis muñecas.
- ¡Por favor! ¡No puedo más!

                Debajo de mis propios alaridos, un canto maternal se inició en la noche; una voz melodiosa y tierna que venía de la celda y que poco a poco apaciguó a la niña atrapada en la bolsa. Rompí a llorar, mis nervios deshechos por la larga jornada. Lloré sin parar bajo la lluvia eterna, así como lloré irremediablemente a la salida del sol. Así me encontraron los hombres de la ambulancia, acurrucado como un feto, estrujando contra mi pecho la bolsa en la que Celina dormía apaciblemente. No tuve fuerzas para impedir que la arrancaran de mí, ni para preguntar quién cuidaría de ella. Sólo espero que en donde esté pueda escuchar el dulce canto de su madre. Yo lo escucho todos los días.

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